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¿Qué está pasando en Alemania? IV

Alemania necesita nuevamente inversión, tecnología, inteligencia artificial, baterías y nuevas capacidades productivas.

De Made in Germany a Made for Germany

Durante las últimas semanas hemos venido siguiendo las malas noticias que llegan de Alemania: cierres de empresas, insolvencias, reducción de plantillas, dificultades de proveedores y los enormes problemas que enfrentan Volkswagen y buena parte de la industria alemana.

La piedra cayó en el estanque y las ondas se fueron extendiendo. Primero fue la gran industria. Después, los proveedores. Luego comenzaron a aparecer problemas en sectores mucho más cercanos al consumidor: alimentación, moda, comercio y hasta tiendas de productos económicos.

Y cuando las personas comienzan a temer por su puesto de trabajo, aunque todavía no lo hayan perdido, ocurre algo muy sencillo: dejan de gastar.

Posponen la compra del automóvil, los muebles, la ropa o las vacaciones.

Pero ahora comienza a aparecer otra noticia.

Alemania está reaccionando. Y eso es precisamente lo que debemos observar.

El Gobierno de Friedrich Merz está impulsando inversiones de enorme magnitud en infraestructura, digitalización, inteligencia artificial y modernización industrial.

A esto se suma la alianza entre Siemens y NVIDIA, que apunta directamente hacia la fábrica del futuro: inteligencia artificial aplicada a los procesos productivos, gemelos digitales, automatización y fábricas más rápidas, flexibles y productivas.

Alemania parece haber comprendido que no basta con salvar las industrias que tiene.

Tiene que construir también las industrias que pagarán los salarios del futuro.

Las empresas también comienzan a moverse

La reacción no viene solamente del Gobierno. Las propias empresas están reorganizando sus estructuras.

Bosch, uno de los mayores fabricantes mundiales de componentes para automóviles, acaba de anunciar una reorganización de sus actividades en Alemania para hacerlas más ágiles y competitivas.

Audi también está modificando su dirección para China ante la enorme presión de los fabricantes locales.

Volkswagen continúa reduciendo costes y reorganizando su enorme estructura para adaptarse a un mercado diferente.

Pueden parecer movimientos independientes, pero juntos transmiten un mensaje:

Alemania ya no solamente está recortando. Está reorganizando.

Volkswagen cambia. Audi cambia. Bosch cambia. Y el Gobierno intenta cambiar las condiciones en las que tendrán que competir.

Volver a competir

También las grandes marcas alemanas parecen estar redescubriendo algo que durante décadas conocieron muy bien:

Calidad. Seguridad. Confiabilidad. Comodidad.

Mercedes, Audi y Volkswagen están reforzando nuevamente esos valores que construyeron su prestigio mundial.

Y Volkswagen demuestra, además, que todavía existe un mercado importante para tecnologías maduras. Un reciente ensayo de uno de sus modelos diésel mostró una autonomía cercana a los 865 kilómetros.

No todos los consumidores están preparados para comprar mañana un automóvil eléctrico.

Existe todavía un mercado para motores de combustión modernos, eficientes y probados, especialmente cuando la infraestructura para utilizarlos está disponible prácticamente en cualquier lugar.

La transición tecnológica continuará.

Pero quizá tenga que ser más pragmática de lo que inicialmente se pensó.

De Made in Germany a Made for Germany

Y aquí aparece, en mi opinión, uno de los cambios más interesantes.

Durante más de un siglo, Made in Germany se convirtió en una de las marcas industriales más poderosas del mundo.

Significaba ingeniería, precisión, calidad y confiabilidad.

Pero ahora ha comenzado a utilizarse otro concepto:

Made for Germany.

Parece un simple cambio de preposición.

No lo es.

Made in Germany nos dice dónde fue fabricado un producto.

Made for Germany plantea una pregunta diferente:

¿Qué inversiones necesitamos para fortalecer Alemania?

Y eso significa abrir las puertas al capital, la tecnología y el conocimiento procedentes de otros países cuando contribuyan a crear fábricas, innovación, proveedores y puestos de trabajo en Alemania.

Incluso si algún día parte de ese capital procede de China.

Deng Xiaoping y el gato

Hace varias décadas, China se encontró ante otro enorme desafío.

Necesitaba modernizarse, atraer capital, adquirir tecnología y crear millones de puestos de trabajo.

Deng Xiaoping entendió que, para conseguirlo, era necesario ser pragmático.

Se hizo famosa aquella frase:

«No importa el color del gato; lo importante es que cace ratones».

China abrió sus puertas.

Llegaron Volkswagen, Mercedes, Siemens y cientos de empresas occidentales.

China recibió inversión y tecnología. Aprendió. Desarrolló proveedores. Formó ingenieros. Construyó fábricas. Y finalmente comenzó a competir con quienes originalmente habían llegado para aprovechar el enorme mercado chino.

Hoy encontramos una curiosa vuelta de la historia.

Alemania necesita nuevamente inversión, tecnología, inteligencia artificial, baterías y nuevas capacidades productivas.

¿Importará tanto el pasaporte del inversionista si una empresa instala una fábrica, crea puestos de trabajo, desarrolla proveedores y produce en Alemania?

Quizá Alemania esté comenzando a responder como Deng Xiaoping:

Lo importante es que el gato cace ratones.

Naturalmente, con una condición fundamental: abrirse al capital extranjero no debe significar crear nuevas dependencias ni entregar tecnologías estratégicas.

Porque Alemania ya aprendió una lección muy costosa:

La solución de hoy puede convertirse en el problema de mañana.

Durante muchos años, China fue una extraordinaria solución para la industria alemana.

Hoy es uno de sus mayores competidores.

Y mañana, paradójicamente, podría convertirse nuevamente en parte de la solución mediante inversiones y alianzas industriales dentro de Alemania.

¿Y qué podemos aprender en El Salvador?

Todo esto sucede a más de nueve mil kilómetros de nosotros, pero sería un error pensar que no tenemos nada que aprender.

El Salvador no puede copiar a Alemania. Somos países completamente diferentes en tamaño, recursos, historia y desarrollo industrial.

Pero podemos aprender de su reacción.

La primera lección es sencilla:

Los países no pueden dormirse sobre sus éxitos.

Alemania perdió tiempo mientras China aprendía, invertía y avanzaba. Recuperar el terreno perdido siempre resulta más difícil que conservarlo.

La segunda lección puede ser todavía más importante para nosotros.

El Salvador debe crear condiciones para atraer inversión independientemente del pasaporte del inversionista, siempre que esa inversión contribuya realmente al desarrollo del país.

Podríamos incluso adaptar el concepto:

Made for El Salvador.

Que una empresa sea salvadoreña, estadounidense, alemana, japonesa, coreana o china debería ser menos importante que preguntarnos:

¿Cuántos puestos de trabajo crea?

¿Cuántos salvadoreños capacita?

¿Cuántos proveedores nacionales desarrolla?

¿Cuánto conocimiento y tecnología deja en el país?

¿Y cuánto puede exportar desde El Salvador hacia el mundo?

No debemos conformarnos con atraer dinero.

Cada inversión debería dejar algo permanente: personas mejor capacitadas, empresas más productivas, nuevas tecnologías y mejores puestos de trabajo.

Volver a lo básico

Después de hablar de inteligencia artificial, baterías, aranceles, subvenciones, miles de millones de euros, estrategias financieras y complicadas cadenas internacionales de suministro, quizá la solución pueda explicarse de una manera mucho más sencilla:

Crear buenos productos.

Fabricarlos competitivamente.

Invertir en tecnología.

Capacitar a las personas.

Generar puestos de trabajo.

Y conseguir que el mundo quiera comprar lo que producimos.

No importa demasiado de qué color sea el gato.

Lo importante es que cace ratones.

Alemania está intentando transformar una crisis en una oportunidad para reinventarse.

El Salvador no necesita esperar una crisis para comenzar a hacerlo.

Pedro Roque

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