Tal vez el mayor desierto de nuestra generación no sea la ausencia de recursos materiales, sino la escasez de misericordia.
Tal vez el mayor desierto de nuestra generación no sea la ausencia de recursos materiales, sino la escasez de misericordia.

Vivimos en una época extraordinariamente avanzada en tecnología, comunicación y conocimiento, pero profundamente empobrecida en humanidad. Nunca antes la información había viajado tan rápido y, sin embargo, pocas veces el sufrimiento ajeno había sido recibido con tanta indiferencia. Nos hemos acostumbrado a ver el dolor como una noticia más, la tragedia como un video que se desliza con el dedo y la necesidad del prójimo como un problema que pertenece a alguien más. Hemos aprendido a convivir con la injusticia sin que ésta nos quite el sueño; con la pobreza sin que nos conmueva; con la soledad sin que nos preocupe; con la violencia sin que nos escandalice.
Poco a poco, el corazón humano ha ido levantando muros invisibles que lo aíslan de la compasión. En medio de ese panorama resuena una voz antigua que jamás ha perdido actualidad. Es la voz de Juan el Bautista, aquella que el Evangelio describe diciendo: «Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas» (Lucas 3:4). Muchos imaginan que aquel desierto era únicamente un lugar geográfico, una región árida donde predicaba un hombre vestido con pelo de camello y un cinto de cuero. Sin embargo, el verdadero desierto nunca fue únicamente de arena.
El desierto más peligroso siempre ha sido el que habita dentro del ser humano: un corazón seco, incapaz de amar, de compartir, de perdonar y de reconocer la necesidad del otro.
Juan apareció cuando la sociedad también atravesaba una profunda crisis moral. Había religiosidad, pero faltaba conversión. Había ceremonias, pero escaseaba la misericordia. Había abundancia para algunos y desesperación para muchos otros. Las diferencias sociales eran enormes y la corrupción moral contaminaba prácticamente todos los sectores de la vida cotidiana. En ese escenario no levantó una bandera política ni convocó una revolución armada.
Hizo algo mucho más difícil: llamó a cada individuo a examinar su propio corazón. Su mensaje comenzaba con una palabra incómoda: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mateo 3:2). Hoy esa palabra casi ha desaparecido de nuestro vocabulario porque preferimos justificar nuestros errores antes que reconocerlos. Vivimos en una cultura donde siempre existe un culpable distinto de nosotros mismos. Si fracasamos, culpamos al sistema; si herimos, culpamos al pasado; si actuamos con egoísmo, culpamos al estrés; si somos indiferentes, culpamos al exceso de trabajo.
Nos hemos convertido en expertos en explicar nuestras acciones, pero muy poco en corregirlas. El individualismo moderno ha convencido a millones de personas de que la felicidad consiste en acumular para uno mismo. Se nos enseña a competir antes que colaborar, a destacar antes que servir, a consumir antes que compartir. Poco a poco dejamos de preguntar «¿cómo estás?» para preguntar «¿qué tienes?». El valor de una persona comienza a medirse por lo que posee, por la marca que viste, por el automóvil que conduce o por la cantidad de seguidores que acumula en las redes sociales. Mientras tanto, miles de personas viven rodeadas de gente y, al mismo tiempo, completamente solas.
Cuando las multitudes preguntaron a Juan qué debían hacer, él respondió con una sencillez que sigue desarmando cualquier excusa: «Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo» (Lucas 3:11). No pidió actos heroicos ni sacrificios imposibles. No habló de construir monumentos ni de realizar grandes campañas religiosas. Simplemente recordó que la verdadera espiritualidad comienza cuando el sufrimiento del otro deja de sernos indiferente. Quizá nunca habíamos tenido tantas oportunidades para ayudar y, paradójicamente, nunca habíamos encontrado tantas excusas para no hacerlo.
Esperamos que sea el Estado, una organización, una iglesia o cualquier otra institución quien resuelva los problemas sociales, mientras nosotros continuamos nuestra vida convencidos de que nuestra responsabilidad termina al cerrar la puerta de nuestra casa. Sin embargo, ninguna sociedad puede transformarse únicamente mediante leyes si el corazón permanece endurecido. Las normas regulan la conducta; únicamente la conciencia transformada por Dios cambia verdaderamente al ser humano. El Evangelio también relata que los soldados romanos se acercaron a Juan preguntándole qué debían hacer.
Resulta significativo que Juan no les ordenara abandonar su profesión. Tampoco los condenó por portar armas ni por ejercer autoridad. Su respuesta fue profundamente ética: «También le preguntaron unos soldados, diciendo: Y nosotros, ¿qué haremos? Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario» (Lucas 3:14). En otras palabras, les recordó que toda autoridad encuentra su verdadera legitimidad cuando actúa con integridad, justicia y respeto por la dignidad humana. El problema nunca ha sido la existencia de responsabilidades o posiciones de autoridad.
El verdadero peligro aparece cuando el poder desplaza a la conciencia y cuando la fuerza sustituye a la rectitud. Ese mismo principio continúa siendo válido para cualquier persona, sin importar cuál sea su ocupación. El mal comerciante que engaña al cliente; el profesional deshonesto que cobra por un trabajo que nunca realizó; el mal empresario que explota al trabajador; el mal empleado que roba tiempo a la empresa; el padre irresponsable que abandona a sus hijos; el hijo rebelde que olvida a sus padres; el vecino contumaz que disfruta el fracaso ajeno; el cristiano desobligado que ora mucho, pero jamás ayuda a quien tiene hambre.
Todos ellos necesitan escuchar nuevamente aquella voz que sigue clamando en medio del desierto. Vivimos en una sociedad donde con frecuencia celebramos el éxito sin preguntarnos cómo fue alcanzado. Admiramos la riqueza, aunque ignoremos su origen. Aplaudimos la fama, aunque haya sido construida sobre la mentira. Confundimos influencia con autoridad moral. Se ha vuelto más importante parecer bueno que ser bueno. Nos preocupamos más por limpiar nuestra imagen pública que por limpiar nuestra conciencia. Mientras tanto, el sufrimiento continúa caminando silenciosamente entre nosotros. Está en el anciano que nadie visita porque sus hijos siempre están ocupados.
Está en la madre que lucha sola por alimentar a sus hijos. Está en el enfermo que necesita una llamada más que un medicamento. Está en el joven que sonríe en las fotografías mientras por dentro libra una batalla contra la depresión. Está en quien perdió su empleo y finge tranquilidad para no preocupar a su familia. Muchas veces el dolor no hace ruido. Precisamente por eso necesita personas capaces de mirar con los ojos del corazón. La falta de empatía quizá sea una de las enfermedades morales más graves de nuestro tiempo. Nos hemos acostumbrado tanto al dolor que dejamos de sentirlo.
Incluso la desgracia ajena comienza a convertirse en entretenimiento. Se graban accidentes antes que auxiliar a las víctimas. Se comparte un video antes que extender una mano. Se escribe una crítica antes que ofrecer una palabra de consuelo. La tecnología nos ha conectado mediante pantallas, pero en muchos casos nos ha desconectado del sufrimiento humano. Por eso la voz de Juan continúa siendo necesaria. No porque el mundo necesite más discursos, sino porque necesita más conciencia. No porque falten opiniones, sino porque escasean los corazones sensibles. No porque existan pocas iglesias, sino porque hacen falta más personas dispuestas a vivir aquello que predican.
Tal vez el mayor desierto de nuestra generación no sea la ausencia de recursos materiales, sino la escasez de misericordia. Hay hogares donde nunca falta alimento, pero hace años desapareció el cariño. Hay empresas con enormes ganancias donde nadie conoce el nombre del trabajador que limpia los pasillos. Hay ciudades llenas de edificios modernos donde miles de personas mueren lentamente de abandono emocional. El progreso pierde su verdadero significado cuando olvida al ser humano.
Juan terminó decapitado, pero su voz jamás fue silenciada. Los verdugos pudieron cortar su cabeza, pero nunca pudieron apagar el mensaje que Dios había puesto en sus labios. Dos mil años después, esa voz sigue atravesando los desiertos de la conciencia humana, recordándonos que el problema más grave del mundo no es la falta de riqueza, de tecnología o de poder. El verdadero drama de la humanidad sigue siendo un corazón que ha aprendido a vivir sin misericordia.
Abogado y teólogo.
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