Aunque nos hagan correr detrás de ellos más de una vez, hay algo profundamente hermoso en esa segunda adolescencia.
Aunque nos hagan correr detrás de ellos más de una vez, hay algo profundamente hermoso en esa segunda adolescencia.

La diferencia entre un adolescente de 15 años y un adulto mayor de 75 es que el de 75 tiene carro, dinero y nadie puede castigarlo.
Estoy convencida de que alguien debería financiar una investigación seria sobre esta teoría. No para ganar un premio científico, sino para que los hijos de adultos mayores dejemos de sentir que estamos perdiendo la cordura.
Porque llega un momento en la vida en el que uno descubre que los papás no solo envejecen. También recuperan ese espíritu adolescente que creíamos haber sobrevivido décadas atrás. La diferencia es que esta vez son mucho más difíciles de controlar.
Un adolescente sale sin avisar porque no quiere que lo regañen. Un adulto mayor sale sin avisar porque, sinceramente, no entiende por qué tendría que avisar.
Y ahí empieza todo. ¿Dónde está? Nadie sabe. Dos horas después aparece con una bolsa de pan, medio mercado, un destornillador que “estaba en oferta”, una planta que nadie pidió y la historia completísima de un señor que conoció haciendo fila en el banco. Lo único que nunca cuenta es el dato importante: que iba a tardar tres horas. Después viene el teléfono.
Durante nuestra adolescencia nos enseñaron que no contestar una llamada era casi un delito familiar. A la tercera llamada, prácticamente había operativo de búsqueda.
Hoy la situación se invirtió. Uno llama, nada. Vuelve a llamar, nada. Empieza a preguntarse si será prudente llamar a un hospital o esperar otros cinco minutos. Cuarenta minutos después llega un mensaje: “¿Qué pasó?”
Pero hay algo todavía más fascinante: la noción del tiempo. Un adolescente dice “ya voy” y aparece una hora después. Un adulto mayor dice exactamente lo mismo. Solo que, además, en el camino decidió pasar al supermercado, visitar a un amigo, pagar un recibo, tomarse un café, comprar tomates porque estaban baratos y resolver un problema que ni siquiera era suyo.
También desarrollan una confianza entrañable en los desconocidos. Nosotros crecimos escuchando: “No hablés con extraños.” Ellos parecen haber interpretado que esa regla vencía al cumplir cierta edad.
Conversan con el taxista, con la cajera, con el jardinero, con la señora del pan, con el señor del pan, con el que iba pasando por el pan… y cuando regresan ya conocen la historia clínica, los hijos y hasta el nombre del perro de todos.
Otra característica de esta segunda adolescencia es que las recomendaciones funcionan exactamente igual que con un joven de quince años. Llevate una chaqueta: “No hace frío”. Media hora después llaman porque “sí estaba fresco”. Mandá un mensaje cuando llegués: “Sí, sí”. Por supuesto, jamás llega el mensaje.
Y entonces ocurre el fenómeno más extraño de todos: sin darte cuenta, empiezas a hablar igual que ellos. “¿Ya comió?”. “No se le olviden las medicinas”. “No salga sin el celular”. “Avise cuando llegue».
Pero el verdadero desafío no es recordarles las medicinas ni convencerlos de contestar el teléfono. Es hacerles entender que hay comentarios que ya no se pueden hacer. Uno termina desarrollando reflejos de guardaespaldas diplomático. Ellos abren la boca, uno contiene la respiración. Empiezan una frase con “En mis tiempos…”. Y uno ya está buscando la forma más elegante de cambiar de tema antes de que alguien se ofenda.
Lo curioso es que ellos hicieron exactamente lo mismo con nosotros cuando éramos niños y preguntábamos, en plena reunión familiar, por qué alguien era calvo o tenía un bigote tan raro. Al final, quizá la vida nunca dejó de ser un intercambio de papeles.
Ellos nos enseñaron a caminar, a cruzar la calle y a mirar para ambos lados. Ahora nosotros les recordamos dónde dejaron los lentes… qué llevan puestos, les explicamos por quinta vez cómo funciona una aplicación que mañana volverán a olvidar y les pedimos que, por favor, avisen si van a desaparecer toda la tarde.
Y aunque nos hagan correr detrás de ellos más de una vez, hay algo profundamente hermoso en esa segunda adolescencia.
Porque significa que todavía están aquí, convencidos de que el mundo sigue siendo un lugar para explorar, que cualquier conversación merece cinco minutos más y que un mandado puede convertirse en toda una aventura.
Eso sí, si la aventura dura más de tres horas… manden un mensaje.
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