Las naciones europeas, ante una Rusia agresiva y una inestabilidad persistente en Oriente Medio y el Ártico, buscan tanto tranquilizar a Washington como sentar las bases para una defensa más autónoma
Las naciones europeas, ante una Rusia agresiva y una inestabilidad persistente en Oriente Medio y el Ártico, buscan tanto tranquilizar a Washington como sentar las bases para una defensa más autónoma

Este 7 y 8 de julio de 2026, los jefes de Estado y de Gobierno de los 32 países miembros de la OTAN se reúnen en Ankara (Turquía) para celebrar una cumbre que promete ser una de las más decisivas en la historia reciente de la Alianza Atlántica.
La reunión, en el Complejo Presidencial de Beştepe, se desarrolla en un contexto de creciente tensión geopolítica: la guerra en Ucrania entra en su quinto año; las repercusiones del reciente conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán siguen pesando considerablemente sobre las relaciones transatlánticas; y el presidente Donald Trump critica con frecuencia a la organización, llegando a calificarla en ocasiones de «mal negocio» para Estados Unidos. Impulsadas por el secretario general Mark Rutte, las prioridades declaradas se centran en aumentar el gasto en defensa hasta alcanzar el ambicioso objetivo del 5 % del PIB, fortalecer la base industrial de defensa transatlántica y mantener el apoyo a Ucrania.

Imagen de archivo del presidente estadounidense Donald J. Trump con el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, en la cumbre de jefes de estado de la OTAN celebrada en Bruselas en 2018. EFE
Sin embargo, más allá de estas cuestiones técnicas, la cumbre pone de manifiesto profundas divisiones en el seno de la Alianza: el deseo de Estados Unidos de que Europa asuma una mayor responsabilidad en su propia seguridad; las dudas persistentes sobre la credibilidad del artículo 5 del Tratado, que estipula que una agresión externa contra un miembro desencadena automáticamente una respuesta de defensa colectiva por parte de los demás; y la necesidad de mantener una postura de disuasión creíble frente a Rusia, considerada la amenaza principal y directa para la seguridad euroatlántica.
Las implicaciones políticas para los vínculos con Estados Unidos y las relaciones con Moscú parecen cruciales, ya que determinan no solo el futuro inmediato de la OTAN, sino también el equilibrio estratégico global en un mundo cada vez más multipolar. La Alianza Atlántica, fundada en abril de 1949 mientras se configuraba la relación Este-Oeste, ha superado numerosas crisis a lo largo de las décadas; sin embargo, rara vez su unidad interna se ha visto tan directamente puesta a prueba por su principal socio.
El regreso de Trump a la Casa Blanca ha reavivado tensiones que ya eran evidentes durante su primer mandato. El presidente estadounidense ha cuestionado públicamente el compromiso de los aliados europeos, exigiendo que aumenten su gasto militar hasta el 5 % de su PIB, un umbral que supera con creces el objetivo del 2 % fijado en la Cumbre de Gales de 2014, meta que todos los miembros habían alcanzado o superado para 2025. Asimismo, ha expresado su frustración por la falta de apoyo europeo a las operaciones de Estados Unidos e Israel contra Irán a principios de 2026, especialmente en lo relativo a la protección de las rutas marítimas en el estrecho de Ormuz. Se han anunciado o contemplado reducciones en los efectivos estadounidenses desplegados en Europa, lo que implica ajustes destinados a transferir la responsabilidad principal de la defensa convencional del continente a los propios europeos, manteniendo al mismo tiempo el paraguas nuclear de Estados Unidos. Estas posturas han suscitado inquietud entre los aliados europeos, que temen que se socave implícitamente el artículo 5 o que se produzca una retirada gradual del compromiso estadounidense si sus esfuerzos se consideran insuficientes.
El secretario general, Mark Rutte, intentó rebajar la tensión promoviendo el concepto de «OTAN 3.0»: una Europa más fuerte dentro de una OTAN más fuerte, menos dependiente de Estados Unidos en cuanto a capacidades convencionales, pero con Estados Unidos firmemente vinculado a la Alianza, particularmente en lo referente a la disuasión nuclear y al liderazgo estratégico global.
Conscientes de estas presiones, las naciones europeas han enviado numerosas señales positivas de cara a la cumbre. Desde la invasión rusa de Ucrania en 2022, el gasto en defensa de los aliados europeos y de Canadá ha aumentado drásticamente, sumando más de 1,2 billones de dólares en inversiones adicionales a lo largo de la década y un incremento de 139.000 millones de dólares tan solo en 2025.
Países como Polonia, los Estados bálticos y Alemania han alcanzado, o están a punto de alcanzar, niveles elevados de gasto; de hecho, las naciones más comprometidas del flanco oriental de Europa destinan a la defensa el 3,5 % o más de su PIB. Asimismo, la cumbre celebrada en junio de 2025 en La Haya respaldó un nuevo plan que fija como objetivo alcanzar el 5 % del PIB para 2035, desglosado en un 3,5 % para capacidades de defensa fundamentales y un 1,5 % para gastos conexos, incluida la ayuda a Ucrania. Se espera que, en Ankara, los aliados presenten planes de implementación concretos —especialmente en lo relativo a la producción industrial de defensa— centrados en municiones, sistemas de defensa aérea y antimisiles, y armamento de largo alcance, ya que el conflicto en Ucrania ha puesto de manifiesto graves deficiencias en estos ámbitos. Paralelamente, el 7 de julio se celebrará un evento específico del sector: el Foro de la Industria de Defensa de la Cumbre de la OTAN, con el fin de fomentar la cooperación transatlántica, fortalecer las cadenas de suministro y facilitar la adquisición conjunta. Estas iniciativas están diseñadas explícitamente para demostrar a Estados Unidos que Europa está asumiendo su parte de la carga, preservando así el compromiso estadounidense y evitando una crisis existencial para la Alianza.

Escudo policial durante una protesta contra la OTAN en Ankara este 7 de julio.EFE
Sin embargo, estos avances no ocultan las divisiones persistentes ni los desafíos estructurales. Algunos países, como España, Italia y el Reino Unido, todavía tienen dificultades para trazar vías claras hacia los nuevos objetivos, mientras que otros, como Hungría y la República Checa, corren el riesgo de no alcanzar siquiera el umbral del 2 %. Las capacidades industriales europeas siguen fragmentadas, caracterizadas por plazos de producción excesivos y reservas insuficientes. La OTAN estima, por ejemplo, que es necesario cuadruplicar las capacidades de defensa aérea. En el plano político, la presencia de Donald Trump en Ankara genera inquietud y, al mismo tiempo, impulsa una estrategia de acomodación entre los europeos. El secretario general de la OTAN ha optado por un enfoque conciliador, elogiando al presidente estadounidense y destacando los beneficios económicos para la industria de defensa de EE. UU., además de subrayar la unidad de la Alianza.
Es precisamente en este contexto donde los vínculos con Rusia han adquirido una importancia estratégica fundamental. Desde 2022, la OTAN ha calificado formalmente a Rusia como «la amenaza más significativa y directa» para la seguridad euroatlántica, adoptando un Concepto Estratégico actualizado y planes de defensa que figuran entre los más exhaustivos desde el fin de la Guerra Fría. Se espera que la cumbre de Ankara reafirme esta postura de disuasión y defensa avanzada en el flanco oriental, lo que implica mantener y reforzar los grupos de combate multinacionales y las iniciativas de vigilancia como «Baltic Sentry», destinada a prevenir el sabotaje de cables submarinos, y «Eastern Sentry», diseñada para proteger el espacio aéreo. La guerra en Ucrania sigue ocupando un lugar central en las deliberaciones: los aliados se comprometen a continuar e institucionalizar la ayuda militar mediante mecanismos como la NSATU (Asistencia de Seguridad y Formación de la OTAN para Ucrania) y la iniciativa PURL para coordinar la adquisición de equipamiento.
El objetivo es permitir que Ucrania se defienda a largo plazo, enviando al mismo tiempo una señal clara a Moscú de que cualquier nueva agresión territorial conllevará un alto coste. Voces europeas, especialmente en Polonia y los Estados bálticos, abogan por una hoja de ruta más definida hacia la adhesión a la OTAN, aunque la mayoría de los miembros, incluido Estados Unidos, consideran que tal perspectiva sigue siendo inviable mientras persista el conflicto. Para la OTAN, lo que está en juego es delicado: apoyar a Ucrania sin cerrar la puerta a una desescalada, al tiempo que se mantiene una postura de firmeza que disuada a Rusia de seguir poniendo a prueba los límites de la Alianza. Moscú, por su parte, sigue de cerca las divisiones transatlánticas, con la esperanza de que una alianza debilitada o fragmentada le otorgue mayor margen de maniobra, ya sea en Ucrania, en el Ártico o mediante amenazas híbridas.
Paralelamente, cobra relevancia la dimensión ártica, marcada por la reciente creación de la iniciativa «Arctic Sentry» para contrarrestar las ambiciones rusas y chinas en la región, así como por la creciente integración de Finlandia y Suecia en las estructuras de la OTAN.
Turquía, en calidad de anfitriona, encarna las ambigüedades inherentes y los complejos equilibrios de la Alianza. Miembro desde 1952, acoge una cumbre por segunda vez, tras la celebrada en Estambul en 2004. Bajo el liderazgo de Erdoğan, Ankara sigue una política exterior independiente, desenvolviéndose entre sus compromisos con la OTAN, las tensiones con ciertos aliados en cuestiones como las relativas a Suecia y Grecia, y el diálogo continuo con Rusia, especialmente en materia de energía y en relación con Siria.
La cumbre ofrece a Turquía una plataforma para destacar su papel como posible mediador y fortalecer sus vínculos de defensa con Estados Unidos, todo ello mientras equilibra las expectativas de la Alianza con sus propios intereses estratégicos. Más allá de las declaraciones finales y los comunicados, la cuestión fundamental en juego para Ankara es la capacidad de la Alianza para conciliar visiones a veces divergentes sobre la seguridad transatlántica. Bajo la administración Trump, Estados Unidos parece inclinarse por un enfoque transaccional y un cambio de prioridades hacia las amenazas chinas y las del hemisferio, manteniendo al mismo tiempo un compromiso selectivo en Europa.
Las naciones europeas, ante una Rusia agresiva y una inestabilidad persistente en Oriente Medio y el Ártico, buscan tanto tranquilizar a Washington como sentar las bases para una defensa más autónoma. Entretanto, Rusia sigue poniendo a prueba los límites de la Alianza, con la esperanza de explotar las debilidades internas para socavar el orden de seguridad europeo. En este complejo triángulo, la cumbre de 2026 podría fortalecer los lazos transatlánticos adaptándolos a la realidad actual o bien revelar fracturas irreversibles que alterarían permanentemente la arquitectura de seguridad del continente.
Politólogo francés y especialista en temas internacionales.
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