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El Día del Padre: la única fiesta donde el homenajeado llega a pedir disculpas

Tal vez este año podríamos intentar algo revolucionario: dedicar el Día del Padre a los padres. No a los malos, no a los ausentes. A los que sí estuvieron, a los que llevaron a sus hijos al colegio, a los que estuvieron en los hospitales, en las graduaciones, en los fracasos y en las victorias.

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Hay una tradición moderna que me parece digna de estudio antropológico. Llega el Día del Padre, un hijo sube una foto con su papá, dos hombres sonriendo frente a una parrillada. Todo normal hasta que internet hace lo suyo.

Aparece alguien en los comentarios para recordar que su papá fue irresponsable. Luego aparece otra persona para explicar que las verdaderas heroínas son las madres que fueron padre y madre a la vez. Después llega un tercero para señalar que muchos hombres no pagan pensión. Y para cuando termina la conversación, nadie está hablando del padre de la fotografía.


Bienvenidos al Día del Padre, la única celebración donde el homenajeado tiene que pedir perdón por pertenecer al grupo demográfico que está siendo celebrado. Imaginen que aplicáramos la misma lógica al resto del calendario. “Feliz Día de la Madre.”—¿Y las madres abusivas? “Feliz Día del Maestro.”—¿Y los profesores que arruinaron mi autoestima en séptimo grado? “Feliz Día de los Médicos.” —¿Y los que me hicieron esperar tres horas en la sala de emergencias?

Ridículo, ¿verdad? Pues exactamente eso hacemos cada año con los padres y lo hacemos con una naturalidad asombrosa. Porque aparentemente la sociedad llegó a la conclusión de que los buenos padres son una excepción estadística que debe ser tratada con sospecha.

Si un hombre abandona a sus hijos, se convierte en prueba de que existe una crisis de paternidad. Si un hombre dedica treinta años a criarlos, alimentarlos, educarlos, protegerlos y acompañarlos, se convierte en lo mínimo esperado. Nada genera menos reconocimiento social que un hombre haciendo correctamente su trabajo como padre. Es como el WiFi… solo se habla de él cuando deja de funcionar.

Y sí, existen madres que han sacado adelante a sus hijos completamente solas. Merecen admiración y mucha. Pero si alguien publica una foto felicitando a su padre, ¿de verdad es necesario convertirlo en un homenaje alternativo a todas las madres del planeta? Es como llegar a una boda y decir: “Sí, felicidades por casarse, pero también quiero aprovechar para reconocer a toda la gente que se divorció”.

Sin embargo, internet parece incapaz de tolerar una celebración que no venga acompañada de una auditoría moral. El problema es que hemos confundido reconocimiento con competencia. Si alguien felicita a un padre, inmediatamente aparece una patrulla emocional para recordarnos que existen padres malos. También existen políticos corruptos, dentistas negligentes y conductores que no usan direccionales. La noticia de que algunos seres humanos son irresponsables no debería impedir que reconozcamos a quienes sí cumplen.

Pero hay algo aún más interesante. La sociedad lleva décadas diciendo que necesitamos más hombres involucrados en la crianza. Más presentes. Más afectuosos. Más comprometidos. Perfecto. Pero cuando esos hombres aparecen, la recompensa consiste en explicarles por qué el día que supuestamente los celebra en realidad no se trata de ellos. Es como organizar una ceremonia para premiar a los bomberos y dedicar el evento completo a discutir incendios.

Hay una razón por la que tanta gente siente que el Día del Padre tiene un tono extraño. Porque no es una celebración, es un juicio público con decoración festiva. Un día en el que algunos hombres reciben una taza que dice “Mejor Papá del Mundo” mientras simultáneamente otros hombres son recordados porque fueron un desastre.

Y así llegamos a la paradoja definitiva. Los padres ausentes se han vuelto tan protagonistas de la conversación que terminan robándose el Día del Padre. Ni siquiera están presentes y aun así logran monopolizar.

Tal vez este año podríamos intentar algo revolucionario: dedicar el Día del Padre a los padres. No a los malos, no a los ausentes. A los que sí estuvieron, a los que llevaron a sus hijos al colegio, a los que estuvieron en los hospitales, en las graduaciones, en los fracasos y en las victorias.

Porque resulta que reconocer a un buen padre no es una agresión contra nadie. Y porque, francamente, si un hombre logra criar a sus hijos durante décadas y todavía tiene que compartir su celebración, quizá el problema ya no sea la paternidad. Quizá el problema sea nuestra incapacidad de dejar que alguien reciba un aplauso sin convertirlo en un debate.

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