Es siempre sano desconfiar de quien tiene todas las respuestas. Por eso, también, es siempre más real tener un puñado de preguntas sin resolver, que un limitado conjunto de respuestas que contestan las grandes interrogantes
Es siempre sano desconfiar de quien tiene todas las respuestas. Por eso, también, es siempre más real tener un puñado de preguntas sin resolver, que un limitado conjunto de respuestas que contestan las grandes interrogantes
Antes de los filósofos el mundo se explicaba con historias. Y después de los filósofos, también. Se hablaba de dioses y héroes, batallas celestiales, divinos arrebatos, caprichosas deidades, traiciones humanas. Se explicaban las cosas con mitos: narraciones fantásticas de alto contenido simbólico.
Era la manera de enfrentarse a los misterios del mundo. Hoy día, las historias siguen, pero no las narran ni los juglares, ni los trovadores, ni los cronistas. En los tiempos que corren ese papel recae en los medios de comunicación, los influencers, los políticos, los directores de entrevistas transmitidas por Internet… por hablar de lo más reciente, un puñado de “sabios” sin título que ocupa el papel que hace pocos años tenía el arte, la religión, la ciencia, la filosofía.
Cuando las distintas poblaciones, culturas, civilizaciones, comenzaron a mezclarse (a conquistarse unas a otras sería quizá más exacto decir), sus dioses, mitos, explicaciones, cosmogénesis, etc., empezaron a fusionarse y a chocar entre sí, pues cada pueblo tenía los propios. Por esto, como no todos los mitos podían ser verdaderos al mismo tiempo, debía existir otra forma para explicar la misma realidad, el mismo mundo, que todos compartían.
Entonces alguien, no sabemos quién pues si hubiera dejado por escrito sus reflexiones tendríamos constancia de ellas, se preguntó ¿y si los dioses no tuvieran nada que ver con el principio, y por lo mismo, con el mundo tal cual lo conocemos?
Otro pensador apartó definitivamente a los dioses del panorama y confió más en el pensamiento humano, en la razón, que en la capacidad de creer lo que se le decía, para entender el mundo. Y aunque él mismo, Sócrates, no llegara a escribir sus teorías, sí que lo hizo Platón, discípulo aventajado que superó a su maestro en el campo del razonar. Aunque, como es conocido, no llegara a superar del todo el mito como núcleo de sus explicaciones.
Desde la Ilustración, cuando se intentó de manera generalizada confiar más en la razón y en la observación para encontrar respuesta a los interrogantes más profundos, ha llovido mucho. Lo paradójico, hoy día, es que después de grandes esfuerzos para situar en el centro del conocimiento a la razón (la ciencia experimental está allí para atestiguarlo); quizá por el miedo (¿o la pereza…?) que da pensar, quizá porque la reflexión es actividad ardua y porque a veces no da resultados placenteros, quizá porque es de la naturaleza humana deslumbrarse y aceptar lo que se nos dice más por sus brillos que por sus razones, quizá por la condición gregaria del ser humano, por lo que sea, seguimos sujetos a mitos y fantasías; y por lo mismo, a charlatanes y patrañas.
Como sea… la explicación del universo, la de nosotros mismos, sigue siendo preguntas más que respuestas, interrogantes que no terminan y que nos seguimos haciendo hoy día, como se las han hecho los hombres de todos los tiempos.
En tiempos pasados se preguntaba por el origen de todo, por ese principio que daría explicación de todo; hoy día nos seguimos cuestionando, pues no nos bastan respuestas que nos hablen de bienestar, ciencia, libertad, dios, algoritmos… del mismo modo como no nos basta que haya quienes quieran proporcionarnos respuestas que habrá que hacer propias, como si de ropa de grandes almacenes, esa que se compra y se usa, se tratara.
Por eso es siempre sano desconfiar de quien tiene todas las respuestas. Por eso, también, es siempre más real tener un puñado de preguntas sin resolver, que un limitado conjunto de respuestas que contestan las grandes interrogantes. Siempre y cuando las preguntas sean nuestras y las respuestas también. Aunque, como debe ser, nunca nos satisfagan completamente.
No en balde Fernando Savater, pensador contemporáneo, nos define, apuntando: «¿Qué es el hombre sino el animal que pregunta y que seguirá preguntando más allá de cualquier respuesta inimaginable?».
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