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Cuando la realidad de la jubilación llega

Los millennials deberían comenzar a pensar seriamente en su longevidad financiera y personal alrededor de los cuarenta o cuarenta y cinco años, aunque parezca prematuro.

En El Salvador nos hemos acostumbrado a pensar que el consumo es una señal de progreso. Todos buscamos comprarnos una casa más grande, cambiar de vehículo con frecuencia, adquirir el último dispositivo tecnológico o viajar a destinos exóticos. Por supuesto, esto no tiene nada de malo si podemos hacerlo con la comodidad que nos proporcionan nuestros dividendos. El problema es que gran parte de este consumo se está financiando con capital, con ingresos o, peor aún, con deuda. Vivimos en una sociedad profundamente orientada al consumo, que diariamente nos invita a gastar más, disfrutar más y preocuparnos menos por el mañana. El problema es que el tiempo no negocia. Llega un momento en que la capacidad de generar ingresos disminuye, mientras que las necesidades económicas permanecen o incluso aumentan.

La pregunta es incómoda, pero sencilla: ¿qué ocurrirá cuando millones de salvadoreños alcancen la edad de jubilación sin haber planificado adecuadamente esa etapa? La conversación sobre la jubilación suele reducirse al dinero o a la pensión y, por eso, se toman decisiones absurdas cuando los ingresos merman, tales como vender bienes —la casa o los vehículos— o vaciar los certificados y las cuentas. Sin embargo, la jubilación no debe verse únicamente como un evento financiero; es una transformación completa del estilo de vida y, muchas veces, nos rehusamos precisamente a asumirla.

Una persona puede llegar a los sesenta años con ciertos ahorros o patrimonio y, aun así, sentirse perdida porque nunca planificó cómo utilizará su tiempo, qué propósito dará a sus días, cómo mantendrá su salud, cuál será su red de apoyo o cómo enfrentará los cambios inevitables de la edad. Y eso, aunque no lo parezca, genera gastos: las famosas compras impulsivas de los jubilados o el mal uso del dinero disponible, por no hablar de las ideas infladas sobre nuestra capacidad financiera.

Hace unos días, le recomendé a una persona que se inscribiera como cotizante independiente en el ISSS, pues nunca trabajó, vivió de los dividendos que le proporcionaban sus padres y no tiene pensión propia, ni siquiera la universal, algo muy común en El Salvador y en todos los estratos sociales. Se puede criticar muchísimo al ISSS, pero, cuando se termina la cobertura del seguro de salud, es allí donde queremos buscar atención.

Le expliqué a esta persona que, de no contar con el ISSS, tendría que ser trasladada a un hospital nacional, pues no posee los ingresos ni los recursos suficientes para cubrir una estancia de más de diez días en una unidad de cuidados intensivos (UCI) privada. ¿Su respuesta? «Pero siempre se pueden pignorar certificados para cubrir mis gastos». Los certificados ni siquiera son de ella, sino de su madre, perteneciente a la generación baby boomer. Sin embargo, esto no pareció hacerla reconsiderar su decisión de no invertir 42 dólares mensuales para afiliarse.

Este ejemplo tipifica a gran parte de la generación X. Tristemente, la solución no es prever, sino terminarse lo poco o mucho que se tiene cuando llega el momento de la angustia. Lo peor es que, cuando ese momento llega y hay que tomar decisiones difíciles, siempre está la pariente que arma el drama y la sociedad que lo compra y lo comenta, pero que no utiliza esa experiencia para pensar: «Esto me podría ocurrir a mí», y prever a su vez.

Es preocupante que se vea mal que una persona planifique atenderse en el ISSS. Nunca he oído a un europeo pensar que vale menos por utilizar el servicio de salud universal. Pero somos tan consumistas que hasta nuestra salud se convierte en una cuestión de estatus.

Es por eso que la planificación estratégica de la segunda mitad de la vida se está convirtiendo en una necesidad cada vez más urgente. Mientras aumenta la esperanza de vida, muchas personas vivirán veinte o treinta años después de retirarse de su empleo principal. Esto equivale a una segunda adultez completa.

Sin embargo, es frecuente —y frustrante— encontrar personas que dedican más tiempo a planificar unas vacaciones de una semana que a diseñar las próximas tres décadas de su existencia.

Hace unos días, unos conocidos me preguntaron cómo invertir una determinada cantidad de dinero. Les mencioné varias opciones de inversión y, posteriormente, me enteré de que utilizaron ese dinero para comprarse tres vehículos. La lógica fue la siguiente: los rendimientos de un certificado eran muy bajos y un vehículo se podía vender y utilizar al mismo tiempo.

Este tema de comprar vehículos, muebles, joyas y artículos de lujo «como inversión» es una noción muy arraigada en la generación X, y la he bautizado como el «Síndrome de la Inversión Instantánea Generado por la Guerra».

Gran parte de quienes ahora nos estamos jubilando vivimos el conflicto armado, que limitó nuestros recursos y el acceso a ciertos lujos durante años. Por ejemplo, tener vehículos nuevos durante la guerra era un lujo; de ahí surgió la idea de que eran una inversión.

Cuando la guerra terminó, de pronto fuimos bombardeados por todo aquello que no teníamos, desde la ropa importada hasta los viajes. A esto se añadió el hecho de que crecimos con colones, pero vivimos nuestra adultez en dólares, lo que hizo que perdiéramos la noción del valor real del dinero.

La dura realidad es que los carros se deprecian y que, en El Salvador, ni las joyas ni los artículos de lujo suelen venderse por el precio al que se compraron. Al ver anuncios en las redes sociales, me duele en el alma encontrar verdaderas joyas antiguas que se venden por una fracción de su valor, simplemente porque no hay mercado para ellas.

El comedor de cedro de la bisabuela tiene más valor sentimental que valor comercial, simplemente porque culturalmente se prefieren los muebles nuevos y, además, hay pocas viviendas donde pueda caber un mueble tan voluminoso. Pero, para la persona adulta mayor que necesita 800 dólares, ese comedor puede ser su única fuente inmediata de ingresos.

La consecuencia de la falta de preparación mental y financiera es visible en numerosas familias, y las víctimas suelen ser las mujeres. Hay personas que llegan a los sesenta y cinco o setenta años obligadas a seguir trabajando, no porque lo deseen, sino porque no tienen otra alternativa.

Mujeres que dependieron económicamente de sus padres o esposos durante toda su vida se dan cuenta de que la división patrimonial con la que contaban para su vejez las deja con menos dinero que antes, porque no es lo mismo lo que se puede generar con 300,000 dólares que con 100,000.

Mujeres que dedicaron gran parte de su vida al cuidado de su hogar y de sus hijos descubren, demasiado tarde, que nadie les enseñó a construir independencia económica para su vejez y que están completamente perdidas, no solo en temas financieros, sino también ante la digitalización que ha transformado los servicios bancarios.

Estas situaciones no aparecen de un día para otro; son el producto de años de vivir simplemente el día a día, sin pensar en el mañana.

La realidad es que la comodidad durante los sesenta y setenta años se define, en gran medida, durante los cinco años posteriores a la jubilación. Ese período representa una ventana estratégica crítica. Las decisiones que se toman durante esos primeros años pueden determinar si una persona disfrutará de una etapa de libertad y bienestar o si enfrentará décadas de incertidumbre.

Por eso, es importante invertir en orientación profesional para planificar los años dorados, pues es el momento de reorganizar los recursos financieros, redefinir el propósito personal, ajustar los hábitos de salud y construir una nueva rutina de vida.

Quienes atraviesan la transición a la jubilación sin un plan suelen reaccionar a los problemas conforme aparecen. Esto tiene un costo financiero y emocional enorme, además de multiplicar las probabilidades de fracasar en emprendimientos o inversiones realizados bajo la presión de sobrevivir. Quienes llegan preparados pueden anticiparse a los problemas y gestionarlos con mayor tranquilidad.

La diferencia entre ambos escenarios rara vez tiene que ver con la suerte; tiene mucho más que ver con la planificación estratégica a mediano plazo.

Sin embargo, esperar hasta la jubilación para comenzar a planificar es cada vez más riesgoso.

Las generaciones más jóvenes enfrentan una realidad distinta de la de sus padres y abuelos. Los costos de vida aumentan, los mercados laborales son más volátiles y las estructuras familiares han cambiado. Confiar exclusivamente en los sistemas tradicionales de pensiones podría no ser suficiente para garantizar la calidad de vida deseada.

Por ello, los millennials deberían comenzar a pensar seriamente en su longevidad financiera y personal alrededor de los cuarenta o cuarenta y cinco años, aunque parezca prematuro.

A los cuarenta y cinco años todavía hay tiempo para corregir decisiones financieras, fortalecer hábitos de salud, desarrollar nuevas competencias, diversificar las fuentes de ingresos y construir una visión realista del futuro. A los sesenta y cinco, muchas de esas oportunidades serán considerablemente más limitadas.

Planificar la jubilación con anticipación no significa vivir con miedo ni privarse de las cosas buenas de la vida. Significa ejercer control sobre nuestro futuro financiero. Significa reconocer que el futuro no se construye con buenas intenciones, con la esperanza de heredar un patrimonio o con la idea de emprender confiando únicamente en nuestras creencias religiosas, sino mediante acciones deliberadas, meditadas y acertadas.

La verdadera pregunta no es cuánto dinero tendrá una persona cuando deje de trabajar, sino si habrá diseñado una vida capaz de sostenerse económica, emocional y socialmente durante las décadas posteriores a la jubilación.

El Salvador está entrando en una etapa demográfica que exigirá conversaciones más profundas sobre envejecimiento, longevidad y preparación. Seguir promoviendo únicamente el consumo inmediato puede generar satisfacción momentánea, pero difícilmente resolverá los desafíos que se aproximan.

Necesitamos una nueva cultura de planificación, una cultura que permita a las personas visualizar el largo plazo sin sentir que están renunciando al presente y en la que prepararse para envejecer se considere un acto de responsabilidad.

La economía plateada que genera bienestar no comienza a los cincuenta y cinco o sesenta y cinco años, sino mucho antes.

Nadie puede predecir exactamente cómo será el futuro, pero quienes planifican estratégicamente tienen más posibilidades de llegar a la vejez con libertad financiera, dignidad y tranquilidad.

Esa es una ventaja que ningún nivel de consumo inmediato puede comprar.

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