Jesús vivió en el Siglo Primero de nuestra era bajo la dominación del Imperio Romano. El emperador centralizaba una campaña que utilizaba un lenguaje oficial de comunicación y legitimación política. Se trataba de un sistema amplio de propaganda que lo presentaba como benefactor de los territorios conquistados. Uno de los elementos que usaba esa propaganda era la expresión felicitas, que designaba la felicidad o dicha producidas por el favor divino. Su función política consistía en presentar al emperador como el gobernante escogido por los dioses para garantizar el bienestar.
Uno de los recursos del sistema de propaganda era el de las inscripciones en las monedas, que circulaban por las provincias y servían para hacer presente al emperador ante personas que nunca lo verían y para comunicar sus victorias, virtudes y supuestos beneficios. La arqueología ha sacado a luz centenares de monedas que en el anverso poseen el rostro imperial y en el reverso, felicitas. El gobernante quedaba así relacionado con el bienestar, la seguridad y la aprobación divina. Si el emperador gobernaba, las personas podían disfrutar de dicha y felicidad.
La felicitas imperial presentaba la prosperidad como universal, aunque sus beneficios estuvieran distribuidos de manera muy desigual. La abundancia de Roma dependía de impuestos, apropiación de tierras, trabajo esclavo, tributos provinciales y fuerza militar. La propaganda transformaba los privilegios de las élites y las victorias sobre otros pueblos en señales de dicha para todo el mundo romano, aunque la realidad era que la buena vida era un privilegio de muy pocos.
En ese ambiente saturado del constante anuncio de la felicitas romana fue que Jesús tomó esa fórmula y la reasignó exactamente a las víctimas del sistema. Él dijo: «Dichosos ustedes los pobres, porque el reino de Dios les pertenece. Dichosos ustedes que ahora pasan hambre, porque serán saciados. Dichosos ustedes que ahora lloran, porque luego habrán de reír» (Lucas 6:20-21). Jesús proclamó como verdaderos felices a quienes el orden imperial consideraba fracasados y pronunció advertencias contra quienes disfrutaban de sus beneficios sin responder al sufrimiento ajeno: «¡Ay de ustedes los ricos, porque ya han recibido su consuelo! ¡Ay de ustedes los que ahora están saciados, porque sabrán lo que es pasar hambre! ¡Ay de ustedes los que ahora ríen, porque sabrán lo que es derramar lágrimas!» (v. 24-25).
En el mundo romano riqueza, abundancia, prestigio y reconocimiento público solían interpretarse como señales de felicidad. Las élites celebraban esos valores elogiando a gobernantes y benefactores. Pero Jesús invirtió esa valoración: los pobres no han sido olvidados por Dios, los hambrientos tienen prometida satisfacción, el llanto de los oprimidos no será permanente. Los ricos y satisfechos no deben confundir privilegio presente con aprobación divina.
Jesús no mencionó directamente al emperador ni a la explotación imperial, pero, si se tiene en cuenta el contexto económico, para sus oyentes era más que evidente que estaba planteando dos órdenes diferentes: mientras el imperio concentraba recursos y privilegios, el Reino de Dios reconocía al pobre y exigía relaciones de justicia. Mientras el imperio llamaba dichosos a los poderosos, Jesús declaraba dichosos a quienes padecían las consecuencias del sistema. De esa manera, sus palabras funcionaban como un contradiscurso frente a una sociedad excluyente y extractora.
La propaganda de la felicitas no desapareció con Roma; solo cambió de soporte. Ya no viaja en monedas de bronce sino en pantallas, y ya no proclama al emperador sino a otros rostros, pero el mensaje de fondo es notablemente parecido: la buena vida se reconoce en la abundancia, el éxito visible es señal del favor divino y quien no lo alcanza algo habrá hecho mal. Es una teología que no necesita templos para difundirse, porque circula sola. Pero Jesús nos llama a una conversión de la mirada, de las lealtades y también de la manera de utilizar nuestros recursos.
La fidelidad cristiana se hace visible cuando el hambriento encuentra alimento, quien llora recibe consuelo, el pobre recupera dignidad y los recursos se convierten en instrumentos de justicia. Que no nos encontremos entre los satisfechos que han aprendido a no ver. Que nuestras iglesias anuncien con palabras y acciones que la verdadera dicha no nace de acumular poder, sino de participar en el Reino donde Dios levanta a quienes el mundo ha dejado atrás.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.