El historiador Carlos Gregorio López Bernal deconstruye la interpretación ideológica de la revuelta de los indios nonualcos de 1832, demostrando que el movimiento de Anastasio Aquino buscaba retornar al orden colonial y no impulsar una revolución.
El historiador Carlos Gregorio López Bernal deconstruye la interpretación ideológica de la revuelta de los indios nonualcos de 1832, demostrando que el movimiento de Anastasio Aquino buscaba retornar al orden colonial y no impulsar una revolución.

La historiografía política y los movimientos de izquierda en El Salvador convirtieron la revuelta de los indios nonualcos de 1832-1833 en un suceso refundacional.
Durante décadas, la figura de Anastasio Aquino fue moldeada como la de un líder proletario, un precursor ideológico del levantamiento campesino de 1932 y de la insurgencia armada del final del siglo XX.
Sin embargo, la investigación histórica contemporánea ofrece una lectura alejada de los argumentos partidarios.
En su estudio El levantamiento de los indios nonualcos en 1832. Hacia una nueva interpretación, publicado en la edición uno de la revista electrónica Hacer Historia en El Salvador, el historiador de la Universidad de El Salvador (UES), Carlos Gregorio López Bernal, desmonta el mito de Aquino como revolucionario y resitúa el conflicto dentro de las presiones institucionales del Antiguo Régimen colonial.

El argumento central de López Bernal radica en el origen de los reclamos indígenas. Lejos de proyectar una transformación radical de las estructuras socioeconómicas, la insurrección de los nonualcos constituyó más bien en una reacción ante la vulnerabilidad provocada a los pueblos originarios, por el surgimiento del Estado republicano liberal en Centroamérica.
Durante la dominación española, las comunidades indígenas, aunque sujetas a la explotación colonial, contaban con un estatus social legítimo, acceso a tierras comunales y mecanismos de amparo legal otorgados por la Corona, a través de las Leyes de Indias.
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La independencia de 1821 rompió este esquema «protector». Los nuevos gobiernos republicanos introdujeron reclutamientos militares forzosos, gravámenes fiscales y presiones sobre la tenencia de la tierra. Asimismo, la igualdad jurídica consagrada por el liberalismo privó a los indígenas de su fuero especial, favoreciendo la expansión política y económica de los ladinos.
Fueron precisamente los ladinos (personas hispanohablantes que no pertenecían a la élite española ni a las comunidades indígenas originarias), quienes más se vieron beneficiados con la Independencia. Y las principales víctimas de este sector social fueron los indígenas.

Bajo esta perspectiva, las acciones del caudillo nonualco respondían a la lógica de los motines tradicionales de la época hispánica. El objetivo no era derrocar al gobierno central ni alterar la jerarquía de clases, sino exigir la restitución de las garantías colectivas arrebatadas tras la Independencia.
El análisis de López Bernal destaca episodios simbólicos que la narrativa de izquierda omitió o interpretó de forma forzada. Uno de ellos es el momento en que Aquino, tras ocupar la ciudad de San Vicente en 1833, se hizo coronar «Rey de los Nonualcos», utilizando la corona de un santo tomada de la iglesia de El Pilar.
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Mientras algunos autores de izquierda vieron en este gesto una profanación contestataria y antirreligiosa, la investigación histórica demuestra que la coronación reflejaba la nostalgia por la figura arbitral del rey español. Ante la desprotección estatal, Aquino se asumió como la autoridad legítima capaz de restaurar el orden tradicional.
De igual manera, el desenlace del conflicto evidencia la pervivencia de prácticas punitivas coloniales. Tras su captura y ejecución en julio de 1833, la cabeza de Aquino fue decapitada y exhibida en una jaula en la Cuesta de Monteros con el rótulo «Ejemplo de revoltosos».

Este espectáculo del castigo, propio de la justicia borbónica, muestra cómo las autoridades estatales de la época tampoco operaban bajo la modernidad ilustrada que se atribuían, sino bajo esquemas de escarmiento público.
La relectura de López Bernal desmitifica también la figura del héroe individual para poner el foco en la resistencia colectiva de las comunidades indígenas. El fin de la revuelta y la muerte de Aquino no significaron la pacificación ni la subordinación de los nonualcos.
Durante las décadas posteriores, las poblaciones de San Pedro, Santiago y San Juan Nonualco mantuvieron una notable capacidad de negociación y presión sobre las facciones políticas que se disputaban el control del país.
Los grupos subalternos del siglo XIX entablaron alianzas temporales con caudillos militares y gobiernos locales para defender sus límites territoriales y exenciones fiscales. Esta dinámica demuestra que los pueblos originarios no actuaron como peones pasivos ni como células revolucionarias ideologizadas, sino como corporaciones pragmáticas conscientes de su peso político.
El trabajo de López Bernal despoja a la rebelión de 1832 de las tergiversaciones doctrinales y devuelve a la historia nacional un análisis riguroso sustentado en dinámicas sociales del siglo XIX.
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