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¿Por qué los conductores ebrios ignoran las leyes? Revelan la causa

Pese al alza de detenidos y leyes más duras, conductores ebrios siguen al volante. Miembro de Alcohólicos Anónimos explica la trampa mental tras este peligro

El Salvador endureció, en los últimos años, las leyes para prevenir que personas manejen vehículos en estado de ebriedad; pero las detenciones por dicho delito van en aumento. Foto EDH/Referencia IA

A pesar de que las leyes de tránsito son cada vez más estrictas y los controles en las vías buscan disuadir conductas de riesgo, las cifras oficiales del Observatorio Nacional de Seguridad Vial (ONASEVI) revelan una realidad preocupante en el asfalto salvadoreño: entre el 1 de enero y el 21 de octubre de 2025 se contabilizaron 1,739 personas detenidas por conducción peligrosa, una cifra que aumentó a 1,965 en el mismo período de 2026.

Este incremento en las capturas mantiene encendidas las alertas de las autoridades y plantea una interrogante ineludible: ¿qué pasa por la mente de una persona que, conociendo las sanciones y el peligro latente, decide tomar el volante tras haber ingerido bebidas alcohólicas?

Para comprender este fenómeno, es necesario mirar más allá de la infracción y adentrarse en la psicología de la adicción. 

Luis S., un miembro con 14 años de trayectoria en Alcohólicos Anónimos (AA) de El Salvador, explica que este comportamiento responde a una distorsión profunda del pensamiento.

“Uno nunca bebe para tener un problema, sino para un momento de relajación, de desestrés o de pasarla bien con los amigos”, relata Luis al recordar el inicio del consumo.

La chispa social y la falsa ilusión de control

Según la experiencia de la asociación, las personas argumentan comenzar a ingerir alcohol por distintas razones: expresión social, el deseo de sentirse parte de un grupo de amigos o la curiosidad por experimentar qué se siente estar bajo sus efectos, sin saber que ya se viene predispuesto con la enfermedad.

Sin embargo, al calor de la bebida se activa un peligroso autoengaño. 

La persona pierde el miedo, se desinhibe por completo y experimenta una falsa sensación de destreza. 

Bajo los efectos del alcohol, el conductor llega a creer que “maneja de mejor manera” o que el trágico destino es exclusivo de otros, manteniendo siempre el pensamiento de que “a mí nunca me va a pasar”.

A esto se suma una percepción profundamente distorsionada de la ley. 

En plena condición de ebriedad, el individuo no escatima en las consecuencias futuras, bajo la convicción de que si es descubierto o sufre un percance menor, las repercusiones serán efímeras:

“Si me pasa voy a salir, porque por andar borracho […] un par de días que vaya a bartolinas no me va a ocasionar absolutamente nada”, señala sobre ese razonamiento alterado.

El muro cultural y la baja cultura de ayuda voluntaria

El desafío no radica únicamente en el endurecimiento de las penas judiciales, sino en un muro cultural donde la búsqueda de ayuda preventiva sigue siendo escasa. 

Aunque los juzgados del país remiten de manera constante a infractores para que reciban orientación en la organización, la tasa de eficacia por convicción propia es sumamente baja.

En los números reales de su grupo, Luis ejemplifica que de cada diez personas enviadas por orden judicial, apenas una mínima parte decide quedarse: 

“Con mi grupo […] en esos 14 años de todos los referidos que han llegado se han logrado quedar, con mi persona, tres”. 

Muchos asisten únicamente para cumplir un requisito legal y se marchan.

El punto de quiebre: ¿Cuándo frena el conductor?

Para muchos, el verdadero freno preventivo llega demasiado tarde. 

El propio Luis reconoce que debió atravesar tres accidentes vehiculares —impactos contra cunetas y daños materiales bajo los efectos del alcohol— antes de comprender que el siguiente paso habría sido perder la vida o quitársela a alguien más.

Sin embargo, el panorama es aún más complejo. Conoce casos de personas que han protagonizado siniestros fatales donde murieron sus acompañantes y, lejos de encontrar un alto, recurren nuevamente al alcohol como un refugio destructivo para intentar olvidar el miedo y el dolor de haber provocado una tragedia. 

A ello se añade que el daño no es solo vial; repercute de manera directa en el ámbito familiar, laboral y social, atrayendo incluso a personas no alcohólicas que buscan en la asociación respuestas ante el comportamiento de un familiar enfermo.

La prevención y una puerta abierta a la ayuda

Ante este panorama, desde la organización se enfatiza que la solución al problema requiere de voluntad propia y de campañas de concientización efectivas, recordando que el primer paso indispensable es “reconocer que hay un problema, hasta aceptar pues que ya uno es un enfermo alcohólico, que ya no puede beber”.

Para quienes reconocen que atraviesan por esta situación y desean cambiar su realidad antes de que las estadísticas de conducción peligrosa se traduzcan en muertes irreparables, la asistencia en los grupos de Alcohólicos Anónimos de El Salvador es libre, confidencial y voluntaria, con el único requisito de “que la persona afectada tenga el interés y el deseo de dejar de beber”.

Si usted o alguien que conoce necesita orientación y desea recibir ayuda oportuna, la asociación pone a disposición la información a través del número telefónico 2225-9526.

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