Vivir es convivir. Sobrevivir es no vivir.
La ilusión del individualismo ha cundido peligrosamente en nuestros días. Rousseau contra Aristóteles… para el primero el estado prístino del ser humano es la soledad, la salvaje soledad del hombre viviendo feliz en un mundo feliz, solo; para el segundo,somos seres sociales por naturaleza, animales políticos. El francés dominó el pensamiento durante dos siglos, el griego lleva veinticinco diciéndonos cómo son las cosas, al menos en cuanto la naturaleza social del ser humano.
Por eso el individualismo que nos copa es, por decir lo menos, una actitud contra natura… y ya se sabe, Dios perdona siempre, la naturaleza, nunca.
El que diga que quiere alejarse de la sociedad en aras de la autenticidad, está siendo auténticamente inhumano. Tal como el tiempo, la epidemia de enfermedades mentales que cunde actualmente, o el sufrimiento de las personas que nos quieren bien, testifican.
¿No será que en realidad hemos cambiado las relaciones naturales, reales, de persona a persona; por las artificiales, mediadas por el éter de la Internet, ¿de avatar a avatar?
Vivir, para el ser humano, es vivir con otros. Lo otro, el ostracismo voluntario, es sobrevivir. Lo primero es disfrutar, crear, tener rumbo y propósito; lo segundo es cumplir con lo básico para alentar, y poco más.
Vivir es como entrar en una plaza de mercado repleta de gente. Un sitio que no se controla, pero del que uno se sabe parte. Sobrevivir es entrar en la misma plaza con la ilusión de entender todo lo que sucede, mandar, controlar… y como tarde o tempranoes imposible, tomar la decisión de escapar para evitar ser confrontado, «padecer» la necesidad de los demás, discutir, ayudar… ser lo que se es: animal político por excelencia.
El mapa de la propia vida, en el que está marcada la trayectoria de cada uno, no se dibuja solo. Ni se camina solo.
Como alguien ha señalado, una comunidad humana es un ecosistema humano en el que cada uno aporta su diferencia y acepta las de los demás. La convivencia consiste en vivir con otros. Mientras lo contrario, el aislamiento, es convertir el mundo en un terrario, en un modelo de sociedad a escala que uno diseña a modo de estuche de marfil; que si bien nos «protege», al mismo tiempo nos impide crecer.
Vivir es convivir. Sobrevivir es no vivir.
La ilusión del individualismo, del empeño de no comprometer la propia autonomía negándose a cualquier tipo de compromiso, hasta el más básico como es el de crecer en una familia o formar una familia, es haber olvidado que los seres humanos somos gracias a otros, somos con otros, somos para otros. Como concreta Ricardo Piñero, profesor de antropología que trabaja a fondo el carácter social del ser humano.
En última instancia solo comprendemos quiénes somos dentro de una comunidad de prácticas y relatos compartidos (A. MacIntyre dixit), porque nadie se construye a sí mismo en soledad. Lo más que se consigue desde el individualismo es una deforme caricatura que terminamos por creer nos retrata.
Es verdad que en la comunidad humana hay miseria, abusos, grandes desigualdades y no solo de poder adquisitivo, atrocidades que dan la razón al célebre «homo homini lupus» que Hobbes toma de Plauto, quitándole una parte clave del razonamiento del comediante romano: aquella en la que dice que somos lobos unos de otros cuando nos olvidamos de nuestra razón. Literalmente, Plauto escribe: «lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuandodesconoce quién es el otro».
Por todo esto, convivir no es sin más un juego de elección política, un contemporizar, un haber aprendido a administrar las diferencias sociales. Convivir es vivir una vida humana, es el modo de llegar a ser (junto con todos) lo que realmente somos.
Ingeniero/@carlosmayorare
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