Esperé a que el modo Semana Santa pasara para escribir esta columna, y hoy es cuando.
Hay despedidas que no se anuncian con estridencia, sino con el peso solemne de la historia. La decisión de El Diario de Hoy de cerrar su edición impresa y continuar exclusivamente en formato digital no es solamente un ajuste empresarial ni una respuesta lógica a los nuevos hábitos de consumo. Es, sobre todo, el final de una liturgia ciudadana que acompañó durante noventa años el amanecer de miles de salvadoreños.
Hubo generaciones enteras que aprendieron a leer con el crujido del papel entre las manos. La tinta fresca fue, durante décadas, una forma de darle orden al país: primero la portada, luego la política, después la ciudad, la cultura, el deporte y, al final, esa página que muchos buscaban con el fervor íntimo de los recuerdos. El periódico no solo informaba; marcaba el ritmo moral de la mañana.
Cuando un periódico deja de imprimirse, no muere el papel: envejece una parte de la memoria colectiva.
La transición digital, inevitable en este siglo de pantallas veloces y noticias instantáneas, representa eficiencia, alcance y nuevos lenguajes. Nadie puede negar la potencia del video, la inmediatez del celular o la democratización de la lectura en múltiples formatos. Pero tampoco puede ignorarse que algo profundamente humano se queda atrás: el gesto de doblar una página, subrayar una idea, guardar una portada histórica o heredar un ejemplar como quien hereda un testimonio del tiempo.
La noticia de hoy ya no espera al amanecer; nace y envejece en segundos. Quizá por eso el reto no es tecnológico, sino ético. Pasar del papel a la pantalla obliga a preservar aquello que hizo grande al periodismo: la verificación, la independencia, la valentía de preguntar y la dignidad de sostener la verdad aun en tiempos hostiles.
Porque el riesgo del mundo digital no es la velocidad, sino la fugacidad. Todo aparece, deslumbra y desaparece con un movimiento del dedo. El papel, en cambio, tenía la virtud de resistir: permanecía sobre la mesa, en la biblioteca, en la hemeroteca del hogar y en la memoria física de una nación.
Un país que deja de escuchar el sonido del periódico al abrirse corre el riesgo de acostumbrarse al ruido sin reflexión.
No se trata de nostalgia vacía. Los tiempos cambian y los medios deben transformarse con ellos. Se trata de reconocer que este paso simboliza el cierre de una era del periodismo salvadoreño y, al mismo tiempo, el nacimiento de otra que deberá demostrar que la profundidad puede sobrevivir en medio de la prisa.
Hoy no despedimos solo una edición impresa. Despedimos un ritual cívico, una costumbre familiar y una manera de entender la noticia como compañía. El papel guarda silencio, sí; pero la responsabilidad de la palabra sigue más viva que nunca. Y, para los adultos que prefieren lo impreso, será clave que sus hijos y nietos les ayuden a entrar en este mundo digital.
Cerrar el papel no es cerrar la historia: es trasladar al futuro la responsabilidad de no traicionar la palabra.
Médico.