Cuidar la Tierra no es un discurso. Es un hábito. Es cómo consumimos, cómo tratamos a los demás, cómo gestionamos nuestros recursos, cómo educamos a nuestros hijos.
Cuidar la Tierra no es un discurso. Es un hábito. Es cómo consumimos, cómo tratamos a los demás, cómo gestionamos nuestros recursos, cómo educamos a nuestros hijos.
¿Ha contemplado las primeras fotos de la Tierra emergiendo desde el horizonte de la parte oscura de la Luna, que nos enviaron los astronautas que rodearon la Luna?
Si no lo ha hecho, le invito a que las busque. Y si ya las ha visto, deténgase unos segundos más. Obsérvelas con calma. No como una imagen más, sino como lo que realmente son: una de las visiones más profundas que el ser humano ha logrado de sí mismo.
Porque eso es, en realidad, lo que estamos viendo. Al contemplarla, no puedo evitar emocionarme. Esa esfera azul, silenciosa y suspendida en la inmensidad, es todo lo que tenemos. Ahí están nuestras familias, nuestras historias, nuestras esperanzas. Todo lo que somos… está ahí.
Y, sin embargo, la contradicción es inevitable. Por un lado, el ser humano ha sido capaz de alcanzar logros extraordinarios. Ha salido de su planeta, ha explorado el espacio, ha desarrollado tecnologías impensables hace apenas unas décadas. Esa imagen desde la Luna es una prueba de lo mejor que llevamos dentro.
Pero, por otro lado, la historia nos muestra algo preocupante. Mientras avanzamos en el conocimiento del universo, seguimos enfrentándonos, dividiéndonos y, en muchos casos, destruyendo lo que deberíamos proteger.
Desde esa distancia, la Tierra no tiene fronteras. No hay países, no hay ideologías, no hay diferencias. Solo se ve una unidad perfecta. Una casa común.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿por qué no la tratamos como tal?
Recuerdo que en 1971 visité el museo Senckenberg, en Alemania. Allí había un contador electrónico que indicaba, en tiempo real, cuántas personas nacían, cuántas fallecían y cuántas quedaban en el mundo. En aquel momento, la población rondaba los 2,700 millones de personas. Hoy somos más de 8,000 millones.
Ese dato, por sí solo, debería hacernos reflexionar profundamente. No solo somos más. Somos muchos más viviendo en el mismo espacio, consumiendo los mismos recursos, compartiendo el mismo hogar. La Tierra no ha cambiado de tamaño. Pero sí ha cambiado nuestra presión sobre ella.
Y, sin embargo, seguimos actuando como si fuera infinita. Como si siempre hubiera más. Como si el mañana estuviera garantizado. No lo está. La Tierra es el hogar que recibimos de nuestros antepasados. Ellos, con sus aciertos y errores, nos la entregaron. Y ahora está en nuestras manos decidir en qué condiciones la vamos a dejar a las siguientes generaciones.
No es un tema ideológico. Es un tema de responsabilidad. Sabemos lo que está pasando. Sabemos lo que debemos hacer. Sabemos que debemos cuidar el medio ambiente, reducir los conflictos, actuar con más conciencia. La información está disponible. Las advertencias están dadas.
Entonces, ¿por qué no lo hacemos? Tal vez porque seguimos creyendo que los grandes cambios dependen de otros. De los gobiernos, de las instituciones, de las grandes decisiones globales. Y olvidamos que todo comienza en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo personal.
Cuidar la Tierra no es un discurso. Es un hábito. Es cómo consumimos, cómo tratamos a los demás, cómo gestionamos nuestros recursos, cómo educamos a nuestros hijos.
Esa imagen desde la Luna debería estar presente en nuestra mente todos los días. No como una curiosidad científica, sino como un recordatorio permanente de lo que realmente importa. Porque no tenemos otro lugar. No hay un plan B.
La Tierra no necesita que la admiremos. Necesita que la respetemos, la cuidemos y la protejamos. Es, sin duda, lo más preciado que tenemos. Pero al final, la tierra estubo en el espacio mucho antes que nosotros y no nos necesita… Si nos destriumos los humanos, ya sin nosotros volvera en un tiempo a su equilibrio. Es la cuarta les de la ecologia, “la naturaleza es sabia” y se reordena en su momento.
Ingeniero/
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