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Cómo ser funcional mientras te derrumbas por dentro

La gente suele decir “pero si te ves bien”. Claro. Porque no existe un filtro de Instagram para pensamientos intrusivos a las 3 de la mañana. Nadie sube historias diciendo: “Hoy logré no pensar que soy un fracaso durante 15 minutos seguidos”. Pero debería. Sería más honesto que el café aesthetic con croissant.

Vivir con depresión y ansiedad es, en teoría, un ejercicio de autoconocimiento. En la práctica, es como tener dos roomies invisibles: uno no se levanta nunca de la cama y el otro cree que cualquier notificación del celular es una amenaza existencial. Ambos pagan cero renta, pero opinan sobre todo.

En el día a día, la depresión te convierte en un experto en postergar lo impostergable. Ducharte se vuelve un logro olímpico. Tender la cama es básicamente escalar el Everest. Y mientras tanto, la ansiedad te susurra que no solo no hiciste nada, sino que además lo hiciste mal. Es un combo fascinante: uno te quita las ganas y el otro te culpa por no tenerlas. Eficiencia tóxica en su máxima expresión.

La gente suele decir “pero si te ves bien”. Claro. Porque no existe un filtro de Instagram para pensamientos intrusivos a las 3 de la mañana. Nadie sube historias diciendo: “Hoy logré no pensar que soy un fracaso durante 15 minutos seguidos”. Pero debería. Sería más honesto que el café aesthetic con croissant.

En el ámbito laboral, la cosa se pone aún más interesante. Tener depresión y ansiedad es como trabajar con un software interno que constantemente se traba, pero sin permiso para reiniciar. Comienzas tu jornada con la esperanza de ser una persona funcional, pero cada pendiente es una pequeña bomba de tiempo. Cada reunión es una oportunidad para que tu cerebro decida quedarse en blanco, como una pantalla azul del sistema.

Y, sin embargo, cumples. Porque el capitalismo no cree en crisis existenciales. Entregas a tiempo, sonríes en Zoom, dices “todo bien” con una precisión actoral que merecería premio. Nadie sabe que detrás de ese Excel hay una batalla campal entre “hazlo perfecto” y “no puedes hacer nada”.

Después está el mundo amoroso, ese terreno fértil para el desastre emocional. Tener ansiedad en una relación es básicamente leer mensajes como si fueran jeroglíficos. “Ok” puede significar “todo está bien” o “te odio profundamente y estoy planeando dejarte”. Y por supuesto, eliges la segunda interpretación siempre.

La depresión, por su parte, convierte el amor en una especie de ironía cósmica. Alguien te quiere, te lo demuestra, te lo dice… y tú solo puedes pensar: “si supiera cómo soy realmente, saldría corriendo”. Es como tener una versión premium del síndrome del impostor. No solo dudas de tus capacidades, dudas de tu derecho a ser querido.

Entonces haces lo lógico: te autosaboteas. Porque nada dice “estabilidad emocional” como arruinar algo bueno antes de que la vida lo haga por ti. Es prevención, obviamente.

En la familia, el panorama no es menos pintoresco. Siempre está la tía que recomienda “echarle ganas”, como si la depresión fuera un proyecto de fin de semana. O el familiar que cree que la ansiedad se cura con una infusión de manzanilla y pensamientos positivos. Porque claro, años de química cerebral alterada se resuelven con una bolsita de té.

Y uno, en lugar de explicar —otra vez— la diferencia entre tristeza y depresión, asiente. Sonríes diciendo: “sí, voy a intentar eso”. Porque explicar tu salud mental en reuniones familiares es como dar una TED Talk sin micrófono y con interrupciones constantes de “pero si tienes todo”.

Lo más irónico de todo es que, desde afuera, puedes parecer perfectamente funcional. Trabajas, socializas, haces planes. Eres, en términos generales, una persona “normal”. Pero por dentro, todo se siente como correr en una caminadora: avanzas, te cansas, sudas… y no llegas a ningún lado.

Eso sí, desarrollas habilidades únicas. Puedes analizar cada interacción social con un nivel de detalle digno de un detective. Puedes anticipar catástrofes que probablemente nunca ocurran. Puedes sobrevivir días enteros con una batería emocional en 2%. Si eso no es resiliencia, no sé qué es.

¿La parte divertida? Que, a pesar de todo, sigues aquí. Funcionando a medias, pero funcionando. Riéndote de memes sobre salud mental porque, bueno, si no te ríes, lloras. Y a veces haces ambas cosas al mismo tiempo, multitasking emocional.

Vivir con depresión y ansiedad no es una historia de superación constante. Es más bien una serie de episodios donde a veces ganas, a veces pierdes y a veces simplemente existes. Y aunque suene poco glamoroso, existir ya es bastante.

Alejandra Gavidia

Consultora política y Miss Universo El Salvador

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