Emprender a los 52 años no fue un acto de valentía, sino de coraje. El estrés y la ansiedad me tenían la mente hecha un nudo y necesitaba a alguien que me ayudara a desenredarlo. Sin pensarlo demasiado, busqué a un viejo conocido de mi infancia, un empresario salvadoreño que, sin proponérselo, terminó convirtiéndose en mi brújula en uno de los momentos más decisivos de mi vida.
Él nunca enseñó desde libros ni desde oficinas con aire acondicionado. Su aula era el campo abierto, el taller impregnado de grasa, la carretera polvorienta. Enseñaba trabajando, metiendo las manos, resolviendo. Por eso, más que empresario, siempre lo vi como un maestro empírico, de los de antes, de esos que forjan carácter con el ejemplo.
Cuando le pedí ayuda y le hablé de mi ansiedad, me dijo sin rodeos:
«Chato, no seas miedoso».
Luego, sin dramatizar, me contó por lo que él mismo había pasado. En ese momento entendí qué tipo de mentor era. Nunca dijo «no tengo tiempo». Si su día estaba complicado, cambiaba la oficina por un almuerzo, y entre plato y plato me ayudaba a tomar decisiones. Nada de rodeos, nada de adornos. Directo al punto. Esa disposición y esa sencillez fueron mis primeras grandes lecciones como emprendedor.
Mi respeto por él venía desde niño. Entre los seis y ocho años acompañaba a mi papá a las algodoneras y ganaderías del oriente del país.
En una de esas haciendas lo vi por primera vez. Parecía extranjero, por su porte, por su forma de pararse, detenido en medio del campo frente a un tractor. No gritó ni regañó. Se subió, tomó el control y le enseñó al tractorista cómo hacer bien el trabajo y cómo hacerlo mejor. En ese instante no lo sabía, pero estaba viendo a un maestro en plena acción.
Años después trabajé con él y con sus hijos y confirmé lo que ya intuía. Ese hombre había sido de todo: camionero, mecánico, gasolinero, tractorista, vendedor. Y, aun así, se sentaba con ingenieros y arquitectos a explicarles cómo hacer bien las cosas. Mi padre y él pertenecían a una generación que aprendió a punta de trabajo, equivocándose y volviendo a intentar, hasta que la experiencia se transformaba en sabiduría.
Con sus hijos me tocó llevar la parte comercial de tres países. Era la época en que la tecnología empezaba a entrar con fuerza a la empresa, y los mecánicos comenzaban a diagnosticar carros con computadoras. Un día lo vi pedirle a uno de los mecánicos que desconectara el computador y escuchara el motor «a puro oído». Entonces soltó una frase que nunca olvidé.
«Si querés ser buen mecánico, primero tenés que ensuciarte las manos».
Más adelante, su hijo menor me pidió que, junto con el equipo de IT de la empresa, armáramos la primera herramienta para dar seguimiento a clientes y vendedores(CRM). Nació en El Salvador, funcionó tan bien que terminó cruzando fronteras. Pero su padre dejó clara una regla que no sé si todavía resuena.
«Chato, la computadora se usa después de las cinco de la tarde».
La razón era sencilla, y hoy más vigente que nunca: el cliente va primero. Los números se pueden cargar después; la confianza, el servicio y el trato humano no esperan.
De él aprendí que todo negocio sólido se sostiene sobre tres pilares que no se negocian: el cliente, el servicio y el orden. Ese hombre que empezó con las manos llenas de grasa y terminó siendo uno de los mejores empresarios de El Salvador y Centroamérica nunca buscó aplausos. Su verdadero logro fue otro, dejar escuela.
Ese maestro de la vida, que nunca aspiró a más que ver a sus hijos convertidos en buenas personas y buenos empresarios, fue Don Samuel Quirós Valladares, cuya fe en Dios y legado de servicio hoy perviven en el espíritu de su empresa.
Y fue él quien nos dejó una frase que resume su manera de vivir y de hacer empresa:
«A donde la palabra es servicio».
Chato Panzacchi
Ricardo.panzacchi@gmail.com
McCoy College of Business
Texas State University