Lo que he visto a lo largo de los años es que el afecto que los padres sienten por sus hijos adoptivos no es ni un ápice menor que el que sienten los padres biológicos, incluso cuando en las familias existan hijos de ambas categorías
Lo que he visto a lo largo de los años es que el afecto que los padres sienten por sus hijos adoptivos no es ni un ápice menor que el que sienten los padres biológicos, incluso cuando en las familias existan hijos de ambas categorías
Uno de los mayores actos de amor que una pareja puede hacer es decidirse a adoptar. La adopción brinda a un ser indefenso y dependiente en todo sentido, que por una u otra razón es cedido por sus padres, la oportunidad de crecer y desarrollarse en un ambiente normal; rodeado del afecto, de la guía y del apoyo que solo una familia puede dar.
La triste alternativa para estos niños que son abandonados o entregados es crecer en una institución que, por buena que sea, no puede cumplir con todos los elementos que un ser humano necesita para una existencia plena. Al adoptar, los padres adoptivos también satisfacen necesidades propias como compañía, cohesión, sentido de vida y otras muy importantes, pero la ganancia que obtienen los niños al ser adoptados es incomparable desde cualquier ángulo. Los padres adoptivos saben que su decisión les cambiará la vida, que es una responsabilidad para siempre, que están tomando ciertos riesgos. Pero los mueve el amor, y también saben que este les ayudará a superar las dificultades que se presenten.
Lo que he visto a lo largo de los años es que el afecto que los padres sienten por sus hijos adoptivos no es ni un ápice menor que el que sienten los padres biológicos, incluso cuando en las familias existan hijos de ambas categorías.
También he tenido la oportunidad de conocer las dificultades que enfrentan muchas parejas para conseguir una adopción. Son procesos largos, frecuentemente de años, y muy complicados. En este punto surge un dilema en el que se involucran dos partes interesadas. Por un lado están las parejas que desean adoptar y por el otro las instituciones y los responsables de aprobar la adopción.
Las autoridades tienen una gran responsabilidad sobre sus hombros, pues tienen que asegurarse de que los niños queden al cuidado de parejas estables, que cumplan requisitos esenciales. Deben asegurar el bienestar de los niños y protegerlos de cualquier abuso. Hay gente malvada en este mundo y todo tipo de maldad. Requisitos demasiado laxos simplemente dejarían un camino más fácil a personas con malas intenciones.
Es, sin embargo, igualmente cierto que procesos de adopción demasiado largos, tediosos y complicados han privado y privan a muchos niños de la oportunidad inapreciable de vivir en una familia. Como en muchas cosas en la vida, en esto se debe llegar a un balance. Así como se debe evitar que los niños queden en situación de peligro, debe evitarse que parejas sanas y bienintencionadas desistan de la adopción por el proceso mismo. Lograr este balance no es sencillo, pero tampoco demasiado difícil. El profesionalismo de las personas encargadas es muy importante.
La experiencia del equipo evaluador, así como su capacidad crítica, facilita las cosas. El determinar que una pareja es sana y que proporcionará un buen ambiente para un niño en realidad no es extremadamente complicado. Hay muchas pistas que orientan, si el profesional se toma el tiempo de investigar. Las parejas sanas vienen de familias sanas, y tienen cosas que les son comunes; aunque también hay que tener muy claro que ninguna pareja es perfecta, como ningún ser humano lo es.
La clave es tomar en cuenta lo que predomina. León Tolstoi, supremo novelista y gran conocedor de la psicología humana, comienza Ana Karenina así: “Todas las familias felices se parecen unas a otras, cada familia desdichada lo es a su manera”. Buen punto.
Médico Psiquiatra.
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