Los documentos ya encontrados obligan a revisar la versión tradicional
Los documentos ya encontrados obligan a revisar la versión tradicional

“El presidente estaba sobre la tarima presidencial, viendo el desfile, cuando le avisaron que le habían dado golpe de Estado. En ese momento le dio un ataque al corazón y cayó muerto, ahí mismo, frente a todo el mundo”, me narraba mi padre, repitiendo la crónica popular que él había escuchado sobre la muerte del general Francisco Menéndez Valdivieso.
Con el paso de los años, leí versiones similares en distintos artículos. Variaban algunos detalles, pero el fondo era el mismo: el presidente de la República de El Salvador había muerto repentinamente la noche del 22 de junio de 1890, en medio de la conmoción política provocada por el golpe de Estado encabezado por el general Carlos Ezeta.
Cuál fue mi sorpresa cuando, hace tres días, veo al doctor Héctor Lindo Fuentes exponer la imagen del registro de entierro del expresidente en la Parroquia de El Calvario. En él se lee con claridad que el mandatario había fallecido a causa de una herida por arma de fuego:
“En veintidós de junio de mil ochocientos noventa falleció Francisco Menéndez, de sesenta años, casado. Enfermedad: herida de bala. Norberto C. Porras”.
Ingresé de inmediato a la web de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, familysearch.org, y corroboré la información que el doctor Lindo presentaba en su video educativo. Allí estaba el asiento. Luego busqué otros registros del mismo hecho y encontré que, el 4 de julio de ese año, la Parroquia Nuestra Señora de La Merced inscribió en sus libros:
“General don Francisco Menéndez: hijo legítimo de don Eustaquio Menéndez y doña Gabriela Valdivieso, casado con doña Bonifacia Salazar, originario de Ahuachapán y vecino de esta capital; falleció como a las once y media de la noche del veintidós de junio último, de muerte repentina, a la edad de cincuenta y nueve años, seis meses y diez y nueve días”.
Y, para cerrar con broche de oro, ese mismo 4 de julio la Alcaldía de San Salvador anotó en sus registros una copia prácticamente exacta de la inscripción hecha en la Iglesia Nuestra Señora de La Merced.
Lo primero que pensé, al comparar esas tres inscripciones, fue que tal vez el señor Porras había cometido un error, producto de la confusión de aquellas horas. Sin embargo, como lo señala el doctor Lindo, Francisco Castañeda, amigo del expresidente, escribió un libro titulado El General Menéndez y sus partidarios. En esa obra se afirma que, en el primer despacho enviado por el general Carlos Ezeta al presidente de México, Porfirio Díaz, ya como sucesor de Menéndez, Ezeta comunicó que el general Menéndez “había muerto en un pequeño encuentro de armas”.
Busqué entonces el Diario Oficial de El Salvador, número 146, tomo 28, del 24 de junio de 1890, y leí, sorprendida, lo siguiente:
“Una prueba de aquel hecho incuestionable es que aun cuando el General Menéndez salió a uno de los balcones del piso alto de la Casa Blanca y estuvo disparando sobre los insurrectos, todos recibieron orden de no hacerle fuego aun cuando sacrificara algunas víctimas”.
Era la primera vez que encontraba un dato formal en el que se expusiera que, aquella noche fatal, hubo un enfrentamiento armado en el que participó el propio mandatario. No solo eso: el periódico oficial hacía público que el presidente había disparado contra los sublevados desde uno de los balcones de la Casa Blanca.
En el mismo texto se lee:
“La lucha no era contra él…”
El redactor del gobierno de Ezeta intentaba exculpar a los revolucionarios: la revuelta, según esa versión, no había sido contra Menéndez, sino contra el sucesor escogido por él para ocupar la silla presidencial: el doctor Julio Interiano. Los registros históricos muestran que el general Carlos Ezeta, quien lo derrocó esa noche, aspiraba a ser el elegido.
Este dato también aparece en el ensayo del doctor y catedrático Arturo Tovar Peel, Revisión histórica de la presidencia del general Carlos Ezeta (1890-1894), publicado en la Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, año 4, número 7, de mayo de 2025. Allí se reconstruye la escena con dramatismo: el desfile militar, la llegada de las fuerzas de Santa Ana al mando de Ezeta, el baile en la Casa Blanca, el despertar agitado del presidente Menéndez y la noticia de que su hombre de confianza se encontraba afuera, con tropas sublevadas, dispuesto a derrocarlo.
Según esa narración, Menéndez, espada en mano, se asomó desde su habitación, constató la situación e increpó a Ezeta. Luego descendió para ponerse al frente de su guardia.
La versión oficial publicada dos días después del golpe resulta reveladora. No afirma que Menéndez murió de infarto. No dice apoplejía. Dice que no murió “a manos de los que la efectuaron, sino de muerte natural”. Pero, al mismo tiempo, reconoce que el presidente salió al balcón y disparó contra los insurrectos.
Esa contradicción merece atención.
Durante décadas se repitió que Francisco Menéndez murió de un ataque al corazón. Sin embargo, el registro de El Calvario dice otra cosa: “herida de bala”. La Merced y la Alcaldía suavizan el hecho bajo la fórmula de “muerte repentina”. El Diario Oficial intenta defender a los golpistas asegurando que no le hicieron fuego. Y Rubén Darío, testigo indirecto de aquella noche, dejó una narración que recoge la versión que circuló entre los presentes.
Darío escribió en La vida de Rubén Darío escrita por él mismo que la fecha de su matrimonio civil, el 22 de junio de 1890, coincidió con la gran fiesta militar en San Salvador. Esa noche, mientras descansaba, escuchó descargas, cañonazos y tiros aislados. A la mañana siguiente supo que el general Menéndez ya no era presidente y que “le habían matado”. Al pasar cerca de la Casa Blanca vio cadáveres entre charcos de sangre. Luego escuchó la versión que se dio en casa de su esposa: que Menéndez había abierto los balcones, arengado a las tropas y caído instantáneamente muerto. Añade Darío que los médicos certificaron que no tenía ninguna herida y que, según parecía, el presidente era cardíaco y sufrió un ataque mortal al descubrir la traición de Ezeta.
Ese testimonio es valioso, pero también debe leerse con cautela. Darío escribió su autobiografía más de veinte años después de los hechos, y no afirma haber visto caer a Menéndez. Cuenta lo que oyó, lo que le narraron y lo que luego se convirtió en versión aceptada.
Entonces queda la pregunta: ¿murió el general Francisco Menéndez de una enfermedad repentina o de una herida de bala?
Si El Salvador tuvo otro magnicidio, además del de Manuel Enrique Araujo, tal vez solo podría esclarecerse mediante una exhumación y un análisis forense de los restos del expresidente, quien gobernó entre 1885 y 1890. Pero incluso ese estudio tendría límites: después de tantos años, una bala solo podría dejar prueba concluyente si afectó el hueso o si algún fragmento metálico permaneciera junto a los restos.
Mientras tanto, los documentos ya encontrados obligan a revisar la versión tradicional. Porque una cosa es morir de infarto durante un golpe de Estado, y otra muy distinta es morir con un registro parroquial que consigna, sin rodeos, “herida de bala”.
Usted, lector, saque sus conclusiones.
¡Hasta la próxima!
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