¡Tenemos una nueva reina! Miss Universo El Salvador 2026. Escucharemos discursos sobre liderazgo, impacto social y mujeres que transforman el mundo. La organización hablará de empoderamiento femenino y el público hablará sobre cual era su favorita entre trajes de baño, vestidos de gala y fotografías perfectas. Y, por unos días, dejaremos de hacer las preguntas incómodas
No me malinterpreten. Los certámenes de belleza han evolucionado. Ya no basta con ser una mujer hermosa. Hoy se espera que una candidata tenga educación, dominio de idiomas, capacidad para hablar en público, inteligencia emocional, proyectos sociales y una historia inspiradora.
Ese cambio merece reconocimiento, pero también merece una pregunta incómoda. Si realmente buscamos líderes, ¿por qué seguimos tratándolas como productos?
Las redes sociales responden esa pregunta antes que cualquier jurado. A una candidata se le analiza el peso, la nariz, la piel, la sonrisa, la edad, el vestido, el cabello, la voz, la forma de caminar y hasta la manera en que respira. Decimos que queremos mujeres influyentes mientras seguimos calificándolas con la lógica de un catálogo. El discurso cambió, la sociedad, no tanto.
Existe además otro tema del que casi nadie habla: el enorme costo invisible de representar a un país. Desde afuera todo parece glamour. Pero detrás de cada aparición pública hay meses —y muchas veces años— de preparación, disciplina, sacrificios personales y una presión constante por no equivocarse jamás. Representar a un país no termina cuando baja el telón, empieza ahí.
Una reina deja de hablar a su nombre. Cada palabra puede convertirse en un titular. Cada error parece imperdonable. Cada publicación en redes sociales es observada con lupa. Se espera que siempre esté impecable, disponible, inspiradora y políticamente correcta.
Y hay una pregunta que me persigue desde que entregué la corona. ¿Qué pasa con una Miss cuando deja de ser útil? Nos gusta repetir que Miss Universo forma líderes. Pero un líder no deja de ser líder el día que entrega una banda. Sin embargo, muchas veces eso es exactamente lo que ocurre.
Mientras llevas la corona eres noticia. Tu agenda importa. Tu voz tiene valor. Tu imagen representa a un país. Pero apenas termina el reinado, o incluso el certamen internacional, la conversación cambia de inmediato. Ya no importa qué proyectos estabas impulsando, qué causas defendías o qué experiencia adquiriste. La atención se traslada a la siguiente candidata. A la próxima corona. Al próximo espectáculo.
Es una paradoja difícil de ignorar. Decimos que estamos formando mujeres líderes, pero las tratamos como si tuvieran fecha de vencimiento. Un liderazgo auténtico debería fortalecerse después del reinado, no desaparecer con él. Si realmente creemos que estas mujeres tienen algo que aportar al país, ¿por qué dejamos de escucharlas justamente cuando ya tienen la experiencia que solo da haber representado a una nación?
Quizá nunca estuvimos interesados en formar lideresas; estábamos interesados en coronar un personaje durante doce meses. Y entonces llegamos a otra contradicción. Queremos opiniones, siempre que coincidan con las nuestras. Queremos liderazgo… mientras siga siendo fotogénico.
Hemos construido una idea imposible de la mujer perfecta. Debe ser bella, culta, elegante, cercana, diplomática, exitosa, disciplinada, resiliente, inspiradora, bilingüe, siempre sonriente y, además, inmune al cansancio, al miedo y al dolor. No buscamos mujeres, buscamos superhumanas.
Quizá el mayor fracaso no sea de los certámenes, quizá sea nuestro. Porque seguimos confundiendo liderazgo con perfección. Un liderazgo auténtico no consiste en responder impecablemente una pregunta de treinta segundos frente a las cámaras. Tampoco en memorizar discursos sobre empoderamiento femenino.
Liderar implica tomar decisiones difíciles, sostener convicciones cuando resultan impopulares, equivocarse, aprender y seguir aportando cuando ya no hay reflectores.
Si una mujer solo tiene voz mientras lleva una corona, entonces nunca fue reconocida como líder.
Coronamos a una nueva representante. La veremos sonreír mientras sostiene una banda que simboliza el orgullo de un país entero.
Le deseo que disfrute cada segundo. Pero también le deseo algo más importante: que nunca permita que una corona defina el valor de su voz. Porque una corona no debería tener fecha de vencimiento para el liderazgo.
Si la influencia de una Miss termina el día que entrega la banda, entonces nunca estuvimos construyendo líderes. Solo estábamos administrando relevos.
Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021