El pecho inflado desaparece, la voz se vuelve temblorosa y comienzan las llamadas urgentes: “Mamá… buscame un abogado”. Es impresionante la velocidad con la que algunos pasan de ser expertos en pleitos a especialistas en pedir clemencia
El pecho inflado desaparece, la voz se vuelve temblorosa y comienzan las llamadas urgentes: “Mamá… buscame un abogado”. Es impresionante la velocidad con la que algunos pasan de ser expertos en pleitos a especialistas en pedir clemencia

Hay un fenómeno muy curioso entre algunos salvadoreños. Mientras andan en la calle parecen de acero inoxidable. Hablan fuerte, caminan como si fueran los dueños de la colonia y resuelven todos los problemas con una frase que casi siempre termina en: “¿Y qué pues?”. Pero basta que un agente les diga: “Queda usted detenido” para que aquel león se convierta, en cuestión de segundos, en el gato más manso del vecindario. El pecho inflado desaparece, la voz se vuelve temblorosa y comienzan las llamadas urgentes: “Mamá… buscame un abogado”. Es impresionante la velocidad con la que algunos pasan de ser expertos en pleitos a especialistas en pedir clemencia.
Lo más curioso es que casi nadie sale de su casa diciendo: “Hoy voy a terminar en una bartolina”. Todos creen que controlan la situación. El muchacho sale diciendo que solo irá “un ratito” con los amigos. La esposa le advierte que no beba demasiado. La mamá le dice que se porte bien. El papá, con la experiencia de los años, le suelta la clásica recomendación: “No andés de bayunco”. Pero él siente que el mundo entero exagera. Dos horas después ya anda discutiendo con alguien por una mirada que, según él, fue irrespetuosa. O, peor aún, termina explicándole al juez que todo comenzó porque “el otro me vio feo”. Imagínese tener que resumir una captura con semejante argumento.
Y qué decir del personaje que después de tres cervezas descubre poderes sobrenaturales. Sobrio pesa sesenta kilos y le tiene miedo hasta al perro del vecino. Pero después del cuarto vaso siente que podría derrotar él solo a toda la selección nacional de rugby. Empieza abrazando a todo el mundo; veinte minutos más tarde ya está reclamando porque alguien respiró demasiado cerca de su mesa. Lo extraordinario es que siempre hay un amigo que, en lugar de calmarlo, le echa gasolina al incendio con esa frase inmortal: “¡No te dejés!”. Ese amigo desaparece exactamente cinco segundos antes de que llegue la patrulla. Tiene un talento extraordinario para esfumarse. Al final, el único que conoce el interior de la delegación es el que decidió demostrar que era “el más macho”.
El fútbol merece un capítulo aparte. Hay aficionados que viven el partido con una pasión admirable. Eso es parte de nuestra cultura. El problema comienza cuando algunos creen que el árbitro les pitó una falta personalmente a ellos. El encuentro termina, pero ellos siguen jugando otro campeonato en el parqueo del estadio. Si su equipo ganó, provocan. Si perdió, también provocan. Si empataron, buscan cualquier excusa para reclamar. Lo más gracioso es que el lunes llegan al trabajo con un ojo morado, una incapacidad médica y un proceso penal abierto, mientras los jugadores ya van camino al siguiente entrenamiento sin saber siquiera que esos aficionados existen.
Otro clásico nacional es el ciudadano que se convierte en abogado constitucionalista únicamente cuando lo capturan. Mientras estaba insultando, amenazando o causando desórdenes, jamás recordó que había leyes. Pero apenas escucha la palabra “detenido”, de repente exige respeto al debido proceso, invoca derechos fundamentales, pide hablar con un abogado y pregunta si existe orden judicial. Es admirable la rapidez con la que algunos descubren el amor por la Constitución. Lástima que ese entusiasmo jurídico casi nunca aparece cinco minutos antes de comenzar el problema.
Ni hablar del que decide acompañar a los amigos porque “solo van a dar una vuelta”. Esa frase ha sido responsable de incontables dolores de cabeza. Nadie sabe exactamente adónde van, pero todos están seguros de que no pasará nada. De repente aparece una requisa y resulta que uno llevaba droga, otro un arma sin autorización y un tercero tenía cuentas pendientes con la justicia. El único que iba “solo acompañando” termina sentado durante horas dando explicaciones que nadie cree. Como decía mi abuela, hay amistades que salen más caras que comprar un carro nuevo.
También existe el especialista en amenazas. Es un personaje fascinante. Frente a veinte personas promete que va a desaparecer al vecino, que va a incendiarle la casa al comerciante o que “ya va a ver quién soy yo”. Lo dice con tanto entusiasmo que olvida un pequeño detalle: hoy casi todo queda grabado. Hay cámaras en las calles, teléfonos en cada bolsillo y testigos por todas partes. Después, cuando esas mismas palabras aparecen dentro de un expediente, jura que estaba bromeando. El problema es que los tribunales no suelen interpretar como chiste aquello que para la víctima fue una amenaza seria.
Como abogado he visto historias que parecen escritas por un comediante con demasiado tiempo libre. Personas que hipotecan su casa para comprar un vehículo y lo pierden en un decomiso por prestárselo al amigo “responsable”. Jóvenes que aceptan guardar una mochila sin preguntar qué lleva dentro. Conductores que por no esperar treinta segundos en un semáforo terminan enfrentando un proceso que les consume meses. Y siempre aparece la misma frase: “Licenciado, si yo hubiera sabido…”. El derecho tiene una respuesta muy antigua para eso: la ignorancia de la ley no excusa su cumplimiento.
La cárcel tiene una virtud que muchos descubren demasiado tarde: enseña paciencia a la fuerza. Allí sobra el tiempo para recordar el consejo que dio la madre, la advertencia del padre, el regaño de la esposa o la llamada que nunca se quiso atender. También sobra tiempo para comprender que aquellos amigos que gritaban “¡hacelo, hacelo!” ahora ni siquiera contestan el teléfono. Quienes más animan a meterse en problemas suelen ser los primeros en desaparecer cuando llega el momento de asumir las consecuencias.
No deja de causarme gracia escuchar a algunos jóvenes decir que a ellos nunca les pasará nada porque “son vivos”. Esa confianza exagerada ha sido la peor asesora de muchísimas personas. El vivo de verdad no es el que se escapa de una pelea. El vivo es el que nunca entra en ella. El inteligente no presume cuántos golpes puede dar; presume cuántos problemas ha sabido evitar. Hay batallas que se ganan simplemente dando media vuelta y regresando a la casa.
La Biblia resume esa filosofía con una precisión extraordinaria: “El avisado ve el mal y se esconde; mas los simples pasan y reciben el daño” (Proverbios 22:3). No dice que el prudente sea cobarde. Dice que tiene la sabiduría suficiente para reconocer cuándo un problema apenas está naciendo y retirarse antes de que crezca. Vale la pena recordarlo cada vez que el orgullo quiera tomar el control. Porque la cárcel no es un hotel, no es un Airbnb, no es un lugar para vivir aventuras ni para demostrar hombría. Es un sitio donde muchos llegan creyéndose invencibles y descubren, demasiado tarde, que la valentía nunca consistió en pelear, sino en tener la inteligencia de evitar una pelea. El hombre sabio no es el que logra salir de la cárcel; es el que jamás le dio a la cárcel motivos para abrirle la puerta.
Abogado y teólogo.
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