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Innovación, progreso y sentido común

Innovar no significa abandonar el sentido común. Significa utilizarlo para distinguir entre los riesgos que deben evitarse y las oportunidades que vale la pena aprovechar

Durante las últimas semanas he observado dos debates que, aunque parecen diferentes, tienen mucho en común. Uno se refiere a la inteligencia artificial y otro a la construcción de un moderno recinto para ferias nacionales e internacionales. Ambos temas han despertado opiniones encontradas y, como suele suceder, no faltan quienes se oponen por principio a cualquier cambio o innovación.

Cuando fui contratado como ingeniero de soldadura por el departamento de planificación central de OPEL AG, en Rüsselsheim, nos reunieron a los jóvenes profesionales recién incorporados para explicarnos la historia de la empresa. Aprendimos que Adam Opel había comenzado fabricando máquinas de coser para facilitar el trabajo de las costureras y que, con el tiempo, la empresa evolucionó hacia la producción de bicicletas, automóviles y otras innovaciones que transformaron la movilidad.


También nos explicaron que muchas costureras desconfiaban inicialmente de las máquinas de coser porque creían que les quitarían el trabajo. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario: la tecnología permitió producir más y mejor, generando nuevas oportunidades y elevando el nivel de vida de millones de personas.

La historia se ha repetido una y otra vez. Cuando aparecieron la electricidad, el automóvil, el teléfono, la radio, la televisión, las computadoras, internet y ahora la inteligencia artificial, siempre hubo voces que anunciaron catástrofes. Sin embargo, la experiencia demuestra que las sociedades que aprenden a adaptarse suelen progresar más rápido que aquellas que intentan detener el cambio.

Esto no significa aceptar cualquier innovación sin reflexión. La prudencia es necesaria. La inteligencia artificial, por ejemplo, plantea desafíos éticos, educativos y laborales que deben analizarse con seriedad. Pero una cosa es regular y orientar una tecnología, y otra muy distinta rechazarla simplemente porque es nueva.

Algo parecido ocurre con la propuesta de construir un moderno recinto para ferias nacionales e internacionales. En muchos países desarrollados, estos espacios son parte esencial de la actividad económica. He tenido la oportunidad de visitar ferias internacionales en Alemania y España, donde empresas, universidades, emprendedores e inversionistas se reúnen para presentar avances tecnológicos, establecer alianzas y generar oportunidades de negocio.

Una feria internacional no es únicamente un lugar para exhibir productos. Es un punto de encuentro donde se intercambian conocimientos, se presentan innovaciones, se atraen inversiones y se fortalecen sectores completos de la economía. Su impacto se extiende mucho más allá de los días que dura el evento.

Recuerdo especialmente una feria en Valencia dedicada a servicios funerarios. A primera vista podría parecer un tema muy específico, pero allí se presentaban avances en logística, atención al cliente, tecnología, diseño y sostenibilidad. Esa experiencia me confirmó que cualquier actividad humana puede mejorar cuando existe un espacio para compartir conocimientos y buenas prácticas.

Naturalmente, cualquier proyecto de inversión pública o privada debe evaluarse con transparencia, responsabilidad y criterios técnicos. Los ciudadanos tienen derecho a preguntar cuánto costará, cómo se financiará y cuáles serán sus beneficios. Lo que no resulta saludable es rechazar una iniciativa únicamente porque representa un cambio o porque rompe con lo que siempre se ha hecho.

El sentido común nos recuerda que el progreso rara vez surge de la inmovilidad. Las sociedades avanzan cuando conservan aquello que funciona, pero también cuando tienen el valor de explorar nuevas posibilidades. Lo hicieron nuestros antepasados con la electricidad, los automóviles y las computadoras. Hoy nos corresponde hacerlo con la inteligencia artificial y con las inversiones que pueden ampliar las oportunidades de desarrollo.

A lo largo de mi vida profesional he aprendido que los cambios más positivos suelen surgir cuando las personas escuchan, analizan y deciden con serenidad. Escuchar permite comprender; comprender permite evaluar; y evaluar permite tomar mejores decisiones.

Porque, al final, innovar no significa abandonar el sentido común. Significa utilizarlo para distinguir entre los riesgos que deben evitarse y las oportunidades que vale la pena aprovechar. Y esa ha sido, desde siempre, una de las claves del progreso humano.

Pedro Roque
todo es mas facil y mas sencillo con sentido comun
Autor del libro “No le falles a tu sentido comun”

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