James R. Flynn, investigador y académico neozelandés-estadounidense, describió por primera vez el hecho de que las generaciones jóvenes, durante gran parte del siglo XX, lograban mejores resultados en pruebas cognitivas y de coeficiente intelectual en comparación con las generaciones anteriores.
A esto se le llamó “el efecto Flynn”. Observó que una persona promedio de 1980 obtenía mejores puntajes que otra similar de 1950, al igual que una del año 2000 en comparación con una de 1980. Este fenómeno fue observado en Estados Unidos, Europa, Japón, Australia y otros países.
Los estudiosos del tema deducen que el IQ había incrementado en esas poblaciones debido a factores como: mejor nutrición, más educación, menos enfermedades infantiles, mayor estimulación intelectual, una vida urbana cognitivamente más compleja, escolarización prolongada y mayor acceso a información. En otras palabras, el medio ambiente estaba favoreciendo el desarrollo de óptimas habilidades cognitivas.
No obstante, posteriormente se denominó “efecto Flynn inverso” a la observación de que, en algunos países, los resultados promedio en pruebas de coeficiente intelectual (IQ) y habilidades cognitivas han comenzado a disminuir. Esto empezó a detectarse desde finales de los años noventa y principios de los dos mil.
Los investigadores han determinado que este fenómeno no parece deberse a una sola causa y que, por ende, contrarrestarlo no es tan simple. Se cree que existe una combinación de factores posibles: menos horas y peor calidad de sueño, sobreuso de pantallas, multitarea constante, menor lectura profunda, cambios en la educación, menor concentración sostenida, sedentarismo, estrés, ansiedad y transformaciones en los hábitos familiares y sociales.
Se ha comprobado que dormir poco afecta la memoria, la capacidad de atención, la velocidad de procesamiento, el aprendizaje y las funciones ejecutivas del cerebro. Incluso revisiones sistemáticas muestran asociación entre un mejor sueño y mejores resultados cognitivos en niños y adolescentes.
Varios investigadores y neurocientíficos, entre ellos Jared Cooney Horvath, están advirtiendo sobre la importancia de evitar el uso intensivo de dispositivos digitales, pues podrían contribuir al deterioro de ciertas capacidades cognitivas, principalmente la comprensión profunda de textos e ideas y la concentración sostenida. También se ha determinado una asociación clara entre exceso de tiempo frente a pantallas —laptops y celulares—, reducción del sueño, disminución de la lectura, problemas de atención y peor rendimiento académico.
Es oportuno aclarar que la disminución en el IQ no significa que toda una generación sea menos inteligente. Las simplificaciones exageradas sobre este tema se están difundiendo ampliamente en redes sociales y deben evaluarse con cautela.
Las pruebas de IQ continúan siendo objeto de debate científico porque algunos especialistas sostienen que estas evalúan determinados tipos de razonamiento, pero no toda la inteligencia humana. Otros señalan que los jóvenes actuales suelen poseer mejores habilidades digitales y visuales, y que muchas mediciones muestran disminución en la atención, la lectura profunda y la concentración prolongada, aunque no necesariamente una pérdida global de inteligencia.
Lo que sí preocupa mucho a neurocientíficos y educadores es que el cerebro joven necesita períodos largos de concentración, lectura, sueño y reflexión para desarrollar plenamente funciones cognitivas complejas. Y las plataformas digitales modernas compiten directamente contra ello mediante notificaciones constantes, videos ultracortos, mecanismos de gratificación inmediata, hiperestimulación y multitarea permanente.
Además, los estudios muestran diferencias entre países y generaciones. En algunos lugares el descenso parece más evidente: Noruega, Dinamarca, Finlandia, Reino Unido, Francia, Países Bajos y algunas zonas de Estados Unidos.
En general, los estudios se han realizado en adolescentes, jóvenes adultos, reclutas militares y estudiantes de secundaria y universitarios.
Los descensos suelen observarse principalmente en razonamiento abstracto, velocidad cognitiva, comprensión lectora y atención sostenida. Sin embargo, los resultados no son universales y algunos países todavía muestran estabilidad.
Difundir esta información permite que padres de familia, centros educativos y gobiernos puedan reflexionar y tomar decisiones sobre cómo manejar el uso de celulares y laptops por parte de la niñez y los adolescentes que están bajo su responsabilidad. Suecia ya comenzó a replantearse el papel de las pantallas en las aulas. Otros países observan con atención. Tal vez el verdadero desafío no sea eliminar la tecnología, sino aprender a convivir con ella sin sacrificar las capacidades cognitivas que hicieron posible el desarrollo humano moderno. ¡Hasta la próxima!
Médica, Nutrióloga y Abogada
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