Hay personas que no vivimos en una casa: vivimos en una biografía amueblada.
Hay personas que no vivimos en una casa: vivimos en una biografía amueblada.
Siento un remordimiento que no me deja en paz justo ahora que lo voy a tirar. Es una sensación inexplicable también de culpa que se refleja en mi cerebro viéndome en el futuro haberlo lanzado a la basura. Cuadernos de cuando estudiaba en la universidad, cuadernos de mis hijos, adornos que ya no decoran mesas ni rincones pero que fueron de mi mamá o de mi suegra; sin contar los clavos, tornillos, celulares viejos, conectores de todo tipo de aparatos eléctricos, medicamentos que sobraron de tratamientos de enfermedades que se superaron, adornos para el cabello que se compraron y no se usan porque a saber cómo me veré, piezas de ropa que ya no me quedan o que perdieron su presentabilidad, zapatos que no me decido si me los pongo o no.
Una de mis hijas está encantada con la moda minimalista: escasos adornos, pocos muebles, dos fotos en la pared, todo blanco o gris o negro… ¡Me muero! ¡Tengo decenas de pinturas y fotos en mis paredes! A veces tengo un arranque de lucidez y tomo la decisión de descartar algunas cosas… pero luego lo olvido. “Después lo haré” me digo mentalmente, al mismo tiempo que imagino el rostro de mi primogénita sonriéndome y diciéndose: “Mamá, sé que no lo va a hacer”.
Pero eso sí: las fotos y los álbumes de fotos ni me los mencionen porque con ellos quiero que me entierren. Que me los pongan a mis pies dentro del féretro. ¡Ah! Ya recordé que dije que me cremaran. ¡Entonces que me incineren dentro de una bolsa, pero acompañada de mis fotos! Pero, las fotos, ¡Dios me guarde!, ¡Que no me las toquen!
Este comportamiento aparece en personas de distintos niveles educativos y económicos.
Conozco a una señora distinguida en nuestra sociedad que me comentaba que no migraba del país porque para esto tendría que botar todos sus adornos y recuerdos de los que no podía despegarse. Incluso vender su gran casa, llena de recuerdos familiares de los que no puede desprenderse.
Recorrer calles antiguas de la capital y centros urbanos de municipios nos hace toparnos con viviendas en cuyos patios traseros se ven acúmulos de muebles, cachivaches y vehículos destrozados que guardan por cualquier cosa. ¡Ya no se diga los predios baldíos topados de restos de vehículos automotores! Incluso en instituciones de gobierno, como el Hospital Rosales y el Instituto Salvadoreño del Seguro Social, se conservaron por décadas los montones de piezas metálicas, aparatos inservibles, muebles irreconocibles y cajas a saber con qué, acumuladas sobre sus áreas verdes.
Un amigo siempre me dice: “Dicen que el país es pobre. Pero están equivocados. Lo que es en realidad es un acumulador de porquería y suciedad. Mirá cuántos postes de alumbrado acumulan en cada esquina sin retirar los que ya no se usan. Ya no se diga los rótulos viejos. Pegaditos ponen los nuevos”. Vaya a saber este mi amigo si la razón le asiste.
Esto me lleva a pensar que no se trata solo de una manía doméstica. Algunas personas trasladan esa conducta a otros espacios cuando tienen algún nivel de poder: una oficina, una institución, una alcaldía, un hospital, un predio público. ¿Por qué?
Poniéndonos serios, como científicos, conviene hacer una distinción: guardar cosas no siempre es enfermedad. Hay objetos que funcionan como “anclas de memoria”: fotos, cuadernos, ropa de alguien querido, adornos de la mamá o la suegra. No valen por lo que cuestan, sino por lo que activan.
El psicólogo del consumo Russell Belk explicó: las posesiones son parte del “yo extendido”. Es decir, no sentimos que un objeto sea solo “una cosa”, sino una extensión de nuestra identidad, nuestra historia y nuestros vínculos. Por eso tirar un cuaderno viejo puede sentirse como botar una versión anterior de una misma. Existen también investigaciones de cultura material que identifican a los objetos como vehículos de memoria. En contextos de migración, por ejemplo, ciertos objetos despiertan recuerdos de hogar, relaciones familiares y etapas anteriores de la vida.
Tengo un cenicero que en realidad es feo y no me darían un dólar por él. Pero lo guardo porque veo a mi suegra parada detrás, diciendo: “No me lo vayan a quebrar”.
Pero no todo es nostalgia. También hay economía conductual metida en el asunto, aunque uno solo esté viendo un cable viejo en el fondo de una gaveta.
En economía conductual se habla del “efecto dotación” que implica que el humano tiende a valorar más las cosas simplemente porque ya le pertenecen. Y unido a esto se encuentra la “aversión a la pérdida”: perder algo duele más que lo que alegra ganar algo equivalente.
Kahneman, Knetsch y Thaler, pioneros en el campo de la economía conductual, lo explican como una asimetría: soltar algo propio se siente más doloroso que adquirir algo nuevo parecido. Esto explica mi sensación: No es que el cuaderno viejo de mi hijo tenga utilidad real; es que el cerebro lo registra como una pérdida. Tirarlo se siente como cerrar una puerta, renunciar a una posibilidad o traicionar una memoria.
El cerebro humano es raro: uno puede pasar diez años sin ver un objeto, pero basta ponerlo sobre la bolsa negra de basura para que de pronto se vuelva patrimonio nacional, ¡jajá!
¡Pero es que es por cualquier cosa!, es frase salvadoreña, casi una institución nacional. Detrás hay una mentalidad de escasez: cuando una persona o familia o sociedad ha vivido carencias, inseguridad económica, guerras, migración, crisis o dificultad para conseguir repuestos, el objeto viejo deja de ser basura y se convierte en seguro para el futuro.
Eldar Shafir, científico cognitivo, psicólogo y profesor de Princeton, ha publicado estudios sobre la psicología de la escasez, que muestran que la privación afecta la atención, la toma de decisiones y la sensación de urgencia.
Esto no significa que todo acumulador haya sido pobre. Pero sí ayuda a explicar por qué en sociedades con historia de carencia se instala el reflejo de “no lo botes, puede servir”. El tornillo oxidado, el cable que ya nadie sabe de qué aparato era, el celular muerto y la silla rota entran en la categoría mental de “algún día”.
En nuestros países, el “por cualquier cosa” ha sobrevivido a gobiernos, terremotos, apagones, guerras, devaluaciones y navidades. Es casi un ministerio paralelo.
En la casa uno no bota por nostalgia. En la oficina pública no se bota por miedo, trámite, abandono o porque el expediente para botar la silla rota seguramente está debajo de la silla rota. No sé si reír o llorar.
Ahora bien, cuando este comportamiento interfiere con la vida cotidiana, hay que tomar acción. Una cosa es guardar álbumes, adornos o papeles; otra muy distinta es que la acumulación impida usar la casa, genere riesgos de salud, incendios, caídas o conflictos graves.
El DSM-5 (sistema de clasificación de trastornos mentales oficial) describe el trastorno de acumulación como una dificultad persistente para descartar posesiones, independientemente de su valor real, por una necesidad percibida de guardarlas y por el malestar que produce tirarlas. Además, esa acumulación llega a congestionar espacios de vida y afecta su uso normal.
Esos acúmulos de chatarra pueden convertirse en fuente de contaminación, criaderos de zancudos, refugio de ratas y cucarachas, y en un problema de salud para quienes viven o trabajan alrededor.
La Asociación para las Terapias Conductuales y Cognitivas diferencia acumulación de colección: el coleccionista organiza y exhibe; el acumulador suele tener desorden que invade espacios útiles. También enumera emociones frecuentes al intentar tirar: culpa, miedo, enojo y sensación de que los objetos son valiosos o útiles aunque otros no los vean así.
Una colección de estampillas está en un álbum. Una acumulación de “porquerías útiles” está en el patio, bajo una lámina, junto al rin de una llanta que ya no existe.
En sociedades familiares, donde la casa es archivo, museo, bodega, mausoleo y sala de espera de todos los duelos, los expertos señalan que los objetos heredados pueden volverse prueba de pertenencia. “Esto fue de mi mamá”, “esto lo usó mi hijo”, “esto me lo regaló mi suegra” no son datos decorativos: son credenciales afectivas.
La señora que no migra porque tendría que soltar su casa llena de recuerdos; refleja no solo miedo al cambio, sino que no quiere sentir el dolor de hacer una poda brutal de identidad.
Hay personas que no vivimos en una casa: vivimos en una biografía amueblada.
Uno cree que está decidiendo si tira una caja. Mentira. Está decidiendo si se atreve a tirar la tarde, la persona, la casa, el olor y la edad que tenía cuando esa caja llegó. La ciencia, por cierto, parece darnos la razón a quienes sufrimos frente a una bolsa negra de basura.
En 2019, la revista Behavior Therapy (Terapia Conductual) publicó el estudio “Guardando recuerdos: un análisis temático de las motivaciones que conducen a la acumulación”, de la Universidad de Bath. Demostró que en personas con problemas de acumulación, los objetos pueden quedar pegados a recuerdos vívidos y positivos que se vuelven una barrera para desechar. El objeto no es una cosa: es el botón que enciende una escena del pasado.
Tal vez no botamos porque los objetos no entran solos a la casa. Entran con una historia. Algunos entran con una persona pegada. Otros entran con la promesa de que algún día servirán. Y otros, los peores, entran con culpa: culpa de haber gastado, culpa de desperdiciar, culpa de olvidar, culpa de aceptar que una época ya terminó.
Médica, Nutrióloga y Abogada
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