El triunfo de la selección de España fue celebrada también por aire, un testimonio breve y sencillo recuerda que el fútbol se vive en todos lados; literalmente
El triunfo de la selección de España fue celebrada también por aire, un testimonio breve y sencillo recuerda que el fútbol se vive en todos lados; literalmente

Doña Flor de María emprendió el retorno a eso de las doce y diez de la tarde (hora de El Salvador) desde el Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, dejando atrás la Península para reencontrarse con su añorada comarca cuscatleca, donde la aguardaban con impaciencia dos de sus retoños y su futuro yerno.
Había concluido un lapso de varias semanas consagrado con abnegación al cuidado de sus primogénitos nietos: tres párvulos de ocho, cinco y tres años de edad; criaturas tan inquietas y vivaces como profundamente adorables.
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Durante su periplo por la urbe madrileña se concedió inclusive el deleite de degustar la gastronomía búlgara, una experiencia auspiciada, verosímilmente, por la tenacidad emprendedora de ciudadanos oriundos del antiguo espacio de influencia soviético.
Tuvo la oportunidad de embeberse de la idiosincrasia madrileña, frecuentar templos de fe y visitar paseos de esparcimiento, siempre guiando los pasos de sus pequeños descendientes, de quienes estuvo afectuosamente a cargo.
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La primavera y los albores del estío, rememora doña Flor, demandaron un esfuerzo de adaptación complejo; el ambiente seco, las brisas persistentes y la floración polínica hicieron de las suyas para poner a prueba sus energías.
Empero, semejantes contratiempos no le impidieron apreciar y gozar las bondades cotidianas de la localidad de Collado de Villalba.
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Luego de abrazar en el adiós a una de sus hijas, a su yerno y a sus tres tiernos nietitos, doña Flor desanduvo los interminables pasillos de Barajas con el propósito de abordar el vuelo que la devolvería a su solar natal.
Antes de emprender el vuelo, rememora que un puñado de viajeros conversaba en un clima de serena expectativa respecto a la contienda consagratoria de la Copa del Mundo de la FIFA 2026; aconteció que los pasajeros ingresaban a la cabina precisamente cuando se hacían públicas las alineaciones confirmadas tanto del elenco hispano como del combinado rioplatense.
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Doña Flor llevaba consigo un teléfono inteligente; sin embargo, las destrezas digitales más allá de contestar o realizar llamadas no formaban parte de sus inquietudes; un rasgo que lejos de afligirla le concede una placidez envidiable que ya quisieran para sí tantos adictos a los dispositivos electrónicos.
En la plenitud del viaje reinó en todo momento un ambiente de gran sosiego, manifestado tanto por las tripulaciones con las que cruzó palabras como por el resto de los viajeros que compartían la travesía.
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El personal de a bordo, evoca doña Flor, se desempeñó de manera irreprochable en cada atención, desde los aperitivos pequeños hasta cualquier requerimiento encaminado a garantizar un traslado placentero y descansado.
Incapaz de conciliar el sueño a lo largo de las once horas de navegación aérea, la dama permaneció atenta a los sutiles detalles del entorno: los leves estremecimientos producidos por la turbulencia, el desfile de densas masas nubosas, los matices lumínicos tras la ventanilla y el murmullo armónico de las conversaciones ajenas.
Súbitamente, emergió a través de los altavoces un mensaje que más de un viajero aguardaba con vehemencia en medio de una mezcla de contenida ansiedad y expectativa.
«Buenas tardes, les habla su comandante; deseo informarles que la selección de España ha logrado abrir el marcador y se impone de momento a la Argentina en el transcurso del segundo tiempo suplementario de la finalísima de la Copa del Mundo de la FIFA 2026».
Semejante revelación desencadenó una salva de aplausos por parte de una nutrida mayoría de los ocupantes, entre los cuales, según el relato de doña Flor, viajaba una numerosa delegación de ciudadanos ibéricos; lógicamente eufóricos e ilusionados ante tan determinante novedad.
Doña Flor dibujó una sonrisa y compartió breves reflexiones con una dama española sentada a su lado, quien le confió residir en El Salvador y estar unida en matrimonio con un ciudadano irlandés. La sexagenaria comprendía con total lucidez que aquella noticia sembraría regocijo, tanto en los afectos que dejaba en la península como en la familia que se aprontaba a recibirla tras la llegada.
Había presenciado varios compromisos durante su estadía en Madrid y guardaba la convicción de dos premisas fundamentales: que la Furia desplegaba un fútbol de enorme factura y que el cuadro sudamericano se había visto favorecido en más de un pasaje al margen de las pautas reglamentarias a lo largo del certamen.
El diálogo entre doña Flor y su compañera de fila derivó hacia otros derroteros, y al parecer el pasaje más sustancioso del juego coincidió con el instante en que el piloto comunicó que la Roja se consagraba nuevamente campeona del orbe. No obstante, ni doña Flor ni su interlocutora lograron captar con nitidez lo anunciado en ese preciso momento.
Más tarde, habiéndose extinguido el intercambio verbal, la viajera recordó que se escenificaba el pleito cumbre por el cetro planetario, pero rehusó incomodar al resto del pasaje formulando indagaciones sobre el desenlace de la contienda. Prefirió mantenerse fiel a su temperamento pausado y guardar la incógnita hasta que las circunstancias le permitieran informarse con mayor familiaridad.
Ocurrió además que nadie parecía seguir el minuto a minuto a bordo, aparentemente por la ausencia de conectividad o por la propia propuesta de entretenimiento de la aerolínea. De tal suerte, únicamente la red o la curiosidad bien encauzada al aterrizar le permitirían descifrar aquello que, fortuitamente, se le había traspapelado mientras surcaba los firmamentos del bravo Océano Atlántico.
Al desembarcar en el Aeropuerto Internacional San Óscar Arnulfo Romero, tras cumplir con los trámites aduaneros y fundirse en los emotivos abrazos de quienes la aguardaban, doña Flor planteó la inquietud que la acompañaba desde las alturas: ¿quién se había alzado con la Copa?
A la brevedad, dos de sus hijos le confirmaron el triunfo de España, ante lo cual sonrió complacida solicitando pormenores de la hazaña. Uno de ellos le relató cómo en pleno casco histórico de San Salvador resonaron las detonaciones tradicionales de los estallidos pirotécnicos para celebrar la consagración ibérica sobre Argentina luego de un baile futbolístico memorable.
¡Qué momento tan singular para abordar una aeronave, doña Flor!, precisamente mientras se disputaba la mismísima definición del campeonato mundial; en lo personal, habría procurado por todos los medios postergar el embarque para otra fecha, pues no imagino la posibilidad de perderse semejante acontecimiento. De ninguna manera.
Empero, doña Flor valoró de inmediato lo verdaderamente trascendente: haber pisado tierra firme sana y salva en la comarca que ha resguardado su vida entera, dispuesta a deleitarse nuevamente con los clásicos frijoles fritos, el plátano dulzón preparado a la usanza tradicional y los platillos típicos que reconfortan el alma de cualquier compatriota al caer la tarde. Todo ello, con la dulce satisfacción de saber que España, un suelo que la cobijó y encandiló, acababa de colgarse la medalla dorada en la cita máxima del fútbol universal.
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