OPINIÓN. Luego de innumerables episodios oscuros, complacencias, infracciones flagrantes jamás sancionadas y una profusión de desatinos referiles, finalmente Argentina capituló
OPINIÓN. Luego de innumerables episodios oscuros, complacencias, infracciones flagrantes jamás sancionadas y una profusión de desatinos referiles, finalmente Argentina capituló

Sostienen los entendidos que la equidad siempre desembarca, tarde o temprano; a la Argentina se le acabaron aquellas fichas de arcade y se quedó desprovista de amparos bastantes para afrontar la finalísima de la Copa del Mundo FIFA 2026.
Desde el mismísimo sorteo del certamen global quedó en evidencia una dudosa laxitud para con los rioplatenses, siendo ubicados en un consorcio inicial que despertó las risas de sus parciales, la complicidad de sus adeptos y concitó la legítima indignación de sus detractores.
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Austria, Argelia, Jordania… la mesa se presentaba excesivamente servida como para andar haciendo proyecciones prematuras sobre quién podría cruzársele en la instancia de dieciseisavos de final; allí el panorama amenazaba con tornarse intrincado puesto que existía el riesgo latente de colisionar con España o Uruguay, pero de forma asombrosa se toparon con Cabo Verde, escuadra insular que, contra viento y marea, los hizo sudar copiosamente.
Ulteriormente midieron fuerzas ante un Egipto al que despacharon en medio de un ruidoso escándalo que los benefició descaradamente en la gestación del tercer y definitivo tanto, conquista que los catapultó hacia los Cuartos de Final; allí los aguardaba una desvaída Suiza que, merced a una enorme dosis de azar, logró estirar la faena hasta el tiempo suplementario.

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Recién en la instancia Semifinal consiguieron toparse con un adversario que verdaderamente los pusiera en aprietos severos; Inglaterra capituló debido a la pusilanimidad de sus futbolistas y de su timonel, quienes renunciaron de forma deliberada a seguir arrinconando a los platenses, dándose por satisfechos con haberlos complicado y puesto en ridículo por varios minutos sin ser aquello suficiente.
Sin embargo, el elenco argentino, beneficiado por la omisión de varias amonestaciones y hasta una expulsión que debieron sufrir en contra, dispuso del oxígeno, el protagonismo y el campo necesario para vapulear a unos británicos ineptos, víctimas propiciatorias de su propia mentalidad timorata.
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Debió ser en el mismísimo partido cumbre donde se le pusiera coto a esa marcha triunfal y provocativa que arrastraban.
España no estaba para condescendencias ni frivolidades, y los sometió de cabo a rabo durante todo el compromiso. Para colmo de males, todavía le anularon una conquista legítima a la Furia Roja bajo un argumento poco creíble, y aun así el cuadro sudamericano logró estirar una ventura que arañaba lo nauseabundo, lo estrafalario y lo condenable.
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No obstante, Nico Williams y Ferran Torres se encargaron de sepultar la supuesta invulnerabilidad de Argentina, que quedó desamparada, confiando ciegamente en la probabilidad de que el «Dibu» Martínez les enmendara la plana hasta el último suspiro.
Resultó aquello un exceso insostenible. Argentina mereció morder el polvo en todo momento, obliterada y reducida por el rodillo ibérico; pero las últimas monedas que conservaba en el bolsillo le permitieron estirar de forma agraviante una providencia en la que ya nadie creía ni toleraba en el planeta entero.
Este domingo al fin fuiste triturada como correspondía, desnudada ante los ojos del mundo; te quedaste huérfana de argumentos tácticos, registrando la vergonzosa cifra de ni un solo remate directo a portería, rebasada en cada rincón del campo y perdiendo apenas por la mínima expresión en el tanteador, una escasa diferencia que solo sirve para maquillar tu cruda realidad, burdamente hiperbolizada por la prensa adicta y tus fanáticos enceguecidos.
El imperio galáctico rioplatense sucumbió ante la insurrección de los rebeldes españoles, quienes merecieron alzarse con la victoria en el tiempo regular y por un margen de goles considerablemente más abultado. Vaya «leche» tuvieron de no conceder una costalada de goles en contra los tricampeones del mundo.
Triunfó, en definitiva, la justicia inherente al balompié, y Argentina terminó la faena tal como debió haberlo hecho en más de una oportunidad a lo largo de este torneo mundialista, un devenir en el cual desde la cabina del VAR la consintieron hasta el hartazgo, hasta que no quedó más espacio para que ese tenebroso séquito de tecnócratas pudiese seguir mimándola de forma soterrada.
El compás del flamenco copó el boliche y destruyó de una buena vez a la camorra albiceleste, esa que se autopercibe a cada instante como el mejor combinado de la historia desde su fanfarrona tradición popular. Despierten de una vez por todas: se les terminó la fiesta auspiciada. Recojan sus miserias y aplaudan al nuevo campeón: España.
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