Cihuatán, la majestuosa urbe de la cultura Guazapa, es la cuna de la arqueología científica salvadoreña. Una nueva subvención estadounidense impulsará su investigación y conservación integral.
Cihuatán, la majestuosa urbe de la cultura Guazapa, es la cuna de la arqueología científica salvadoreña. Una nueva subvención estadounidense impulsará su investigación y conservación integral.

Para Pastor Gálvez, encargado del parque y uno de los salvadoreños que ha tenido el privilegio de conocer de primera mano las entrañas, excavaciones e investigaciones de Cihuatán, este sitio arqueológico no es un parque más: representa el lugar sagrado donde la Arqueología como ciencia rigurosa inició formalmente en El Salvador.
Dominando estratégicamente desde una loma el amplio valle que forman los ríos Acelhuate y Lempa —a 36 kilómetros al norte de San Salvador y bajo la mirada imponente del volcán de Guazapa—, este asentamiento es el tesoro urbano prehispánico más extenso descubierto en el territorio nacional, abarcando una superficie estimada de tres kilómetros cuadrados.
«Se trata de proteger la historia y las narrativas que conectan a los salvadoreños con su pasado, y de garantizar que este tesoro cultural permanezca accesible para las generaciones futuras», afirmó Naomi Fellows, encargada de negocios de la Embajada de Estados Unidos, durante la presentación de un nuevo proyecto de conservación en este lugar de valor patrimonial, el pasado 20 de agosto.
La memoria documental de Cihuatán comenzó a tejerse en el siglo XIX. La primera noticia registrada data del informe municipal de Guazapa en 1859, que reportaba los vestigios de «una ciudad grande y populosa».


Años después, en 1864, el viajero Simeón Habel recopiló noticias del lugar denominado «Siwhuatan», notable por sus cimientos ordenados.
Hacia 1925 y 1926, el reputado arqueólogo estadounidense Samuel K. Lothrop visitó la zona y trazó el primer plano topográfico del sitio, donde apenas se adivinaban la pirámide principal y el Juego de Pelota Norte inmersos en una vegetación frondosa, según los datos retomados el sitio de la Fundación Nacional de Arqueología de El Salvador (Fundar).
Sin embargo, el suceso fundacional ocurrió en 1929. Fue en ese año cuando Antonio Sol, asistido por el ingeniero Augusto Baratta, emprendió varios meses de excavación sistemática en la pirámide principal y el juego de pelota norte.
Aquellas fueron, oficialmente, las primeras excavaciones científicas con respaldo estatal en la historia de El Salvador. Décadas más tarde, en homenaje a este pionero injustamente olvidado por mucho tiempo, el centro de interpretación del parque fue bautizado como Museo Antonio Sol, inaugurado el 17 de noviembre de 2007 junto a la apertura oficial del parque arqueológico.

Posteriormente, figuras emblemáticas de la disciplina como Stanley Boggs (con intervenciones en 1954, 1965 y 1967) y un ilustre grupo de investigadoras e investigadores entre 1974 y 1979 —incluyendo a Karen Olsen Bruhns, Gloria Hernández, William Fowler, Jane Kelley y Earl Lubensky— aportaron piezas clave al rompecabezas histórico de la urbe.
Tras los oscuros años de la década de 1980, donde el sitio estuvo en zona de conflicto pero fue resguardado por especialistas de Patrimonio Cultural como Gregorio Bello Suazo, José Retana y José Salguero, el verdadero renacimiento del parque despegó en 1999 con la creación del Proyecto Cihuatán, liderado por la Fundación Nacional de Arqueología de El Salvador (FUNDAR) junto a la Universidad Estatal de San Francisco y el acompañamiento constante de arqueólogos como Marlon Escamilla, Heriberto Erquicia, Claudia Ramírez, Fabricio Valdivieso y Shione Shibata.
Gracias al despliegue investigativo volcado en el sitio web de FUNDAR, hoy sabemos que Cihuatán (cuyo nombre náhuat significa «Lugar junto a la mujer», en alusión a la silueta femenina que dibujan los cerros del volcán Guazapa que se contemplan desde el parque) fue fundado hacia el año 900 d.C. Su nacimiento coincidió cronológicamente con el enigmático Colapso Maya, momento en que los grandes centros urbanos del periodo Clásico eran abandonados.
La cultura material de Cihuatán —denominada por los arqueólogos como la Fase Guazapa— evidencia profundos nexos estilísticos y arquitectónicos con el centro de México. Los historiadores y arqueólogos debaten tres hipótesis principales sobre sus pobladores:
1 Que se trataba de los antepasados directos de los pipiles históricos.
2 Que fue fundada por un grupo mexicano distinto y posteriormente destruida por una nueva oleada migratoria.
3 Que correspondía a una población étnica local que adoptó patrones culturales, religiosos y arquitectónicos del centro de México a inicios del siglo IX d.C.

La anatomía de Cihuatán era genuinamente urbana, con un centro monumental de 28 hectáreas dividido en dos grandes complejos: el Centro Ceremonial poniente y la Acrópolis (Centro Ceremonial oriente).
El Centro Ceremonial poniente, rodeado por un recinto amurallado, albergaba la pirámide principal (Estructura P-7), dos canchas del sagrado juego de pelota, templos de planta circular dedicados a Ehecatl (dios del viento, Estructura P-28) y plazas para ferias y mercados.
Sus edificios ostentaban finos acabados en bloques de toba (talpetate), tierra blanca (talpuja) y revocos de cal elaborados artesanalmente con conchas marinas de «casco de burro» traídas desde la costa del Pacífico, a más de 70 kilómetros de distancia.
Alrededor de este núcleo religioso y administrativo se extendía una inmensa zona residencial dividida en barrios, donde se han identificado más de 1,200 basamentos de viviendas construidas con paredes de bahareque y techos de paja.
Hacia el año 1100 d.C., la urbe sufrió un trágico y repentino final: una quema generalizada, atestiguada por escombros calcinados y puntas de lanza halladas en las viviendas y templos, consumió la ciudad. Cihuatán jamás volvió a ser habitada y permaneció en el olvido durante cuatro siglos.



En el marco de la sólida alianza entre El Salvador y Estados Unidos, la embajada estadounidense anunció la adjudicación de una nueva subvención de $224,586 proveniente del Fondo de los Embajadores para la Preservación Cultural (AFCP). Con este desembolso, la inversión acumulada del gobierno norteamericano en Cihuatán asciende a $524,586 (tras las fases de $100,000 en 2013 enfocada en la pirámide central y $200,000 en 2016 para dos campos de pelota y tres plataformas).
Esta tercera fase, implementada nuevamente por Fundar en coadministración con el Ministerio de Cultura, contempla un ambicioso programa de trabajo:
Conservación de estructuras: trabajos de restauración y consolidación física en cuatro estructuras previamente excavadas: las plataformas P-6, P-8 y Q-14, así como secciones estratégicas del palacio real Q-1.
Documentación técnica de vanguardia: levantamiento sistemático mediante fotografía de alta resolución, modelado 3D y dibujos técnicos de precisión que permitirán generar un registro duradero para investigadores del futuro.
Innovaciones para el visitante: ampliación de la red de senderos, instalación de 17 nuevos paneles informativos y la elaboración de la primera guía bilingüe (español e inglés) de un sitio arqueológico salvadoreño, la cual estará disponible en formato impreso y de forma gratuita en línea.
Con estas acciones, Cihuatán consolida su posición no solo como el laboratorio donde nació la ciencia arqueológica salvadoreña, sino también como un polo imprescindible de turismo cultural, aprendizaje e identidad nacional.
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