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La cuarta bienaventuranza

Quien reconoce a Dios como Señor no puede conceder obediencia absoluta al Estado, al mercado, a un partido ni a un líder

Pastro Mario Vega iglesia Elim

Según el relato de Lucas, Jesús pronunció cuatro bienaventuranzas. La cuarta de ellas es la que dice: «Dichosos ustedes cuando los odien, cuando los discriminen, los insulten y los desprestigien por causa del Hijo del hombre» (Lucas 6:22). Más adelante también pronunció la contraparte: «¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! Dense cuenta de que los antepasados de esta gente trataron así a los falsos profetas» (v. 26).

En el mundo regido por el Imperio Romano los gobernantes y benefactores recibían monumentos y elogios por proporcionar orden, seguridad o alimentos. El reconocimiento público consolidaba jerarquías y enseñaba a la población quién debía ser admirado. Dentro de ese ambiente, Jesús realizó una inversión: la sociedad puede declarar malo el nombre de una persona, mientras Dios la llama dichosa. El veredicto del poder no es el veredicto definitivo.

La cuarta bienaventuranza se entiende junto a la primera: «Dichosos ustedes los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece». La primera anuncia una nueva soberanía; la cuarta muestra su costo. Vivir bajo el Reino de Dios significa adoptar prácticas y valores que siempre entrarán en conflicto con un orden fundado en acumulación, dominación y exclusión. Quien reconoce a Dios como Señor no puede conceder obediencia absoluta al Estado, al mercado, a un partido ni a un líder.

Lastimosamente, vivimos en una época que convierte la aprobación en la medida de la verdad. Las encuestas, seguidores y elogios parecen decidir quién merece atención. Las iglesias corren el peligro de caer en esa lógica: confundir popularidad con veracidad y viralidad con autoridad. Frente a esa tentación, las palabras de Jesús en Lucas continúan conservando una fuerza incómoda.

En el mundo de Jesús, el honor no era un sentimiento privado. Era capital social. El buen nombre abría puertas y aseguraba protección en redes de parentesco, comercio y patronazgo. Ser excluido o públicamente desacreditado podía significar la pérdida de relaciones, oportunidades y sustento. Por eso, la cuarta bienaventuranza no describe solo una molestia. Habla del precio social que tenía la lealtad al Reino de Dios. Se puede ser rechazado por actuar con arrogancia, difundir falsedades o maltratar al prójimo. En esos casos, no se está sufriendo por fidelidad, sino enfrentando las consecuencias de la propia conducta. Pero cuando el odio y el insulto vienen por fidelidad al mensaje de Jesús, es un verdadero honor, el honor que Dios da.

El cuarto ay plantea el peligro contrario. Ser elogiado por todos puede indicar que se ha renunciado a la voz profética. Los falsos profetas recibían aceptación porque decían lo que los poderosos deseaban escuchar. Prometían tranquilidad sin arrepentimiento, paz sin justicia y bendición sin responsabilidad. El problema no es recibir un reconocimiento merecido, sino hacer del aplauso la brújula de la conciencia.

Esta advertencia resulta urgente cuando sectores cristianos buscan acceso privilegiado al poder político. Una iglesia debe preguntarse qué silencios se le exigen a cambio de fotografías, invitaciones, favores o protección. También debe examinar si denuncia solamente las injusticias de adversarios y guarda silencio ante los abusos de quienes considera aliados. La fidelidad profética comienza cuando la verdad deja de depender de conveniencias.

Jesús tampoco llama a responder al rechazo con odio. Inmediatamente después ordena amar a los enemigos, hacer bien a quienes aborrecen y actuar con misericordia. La resistencia del Reino no reproduce la violencia del imperio. Dice la verdad sin deshumanizar, defiende al vulnerable sin fabricar enemigos y enfrenta la injusticia sin convertir la venganza en esperanza.

Para los cristianos de hoy, la pregunta no es si reciben críticas o aplausos, sino por qué los reciben. ¿Somos cuestionados por acompañar al pobre, defender al maltratado y confrontar el abuso? ¿O somos rechazados por nuestra falta de compasión? ¿Nos elogian porque servimos con integridad, o porque aprendimos a no incomodar al poder?

Los cristianos son fieles cuando el nombre de Jesús los acerca a quienes han perdido nombre, voz y lugar. Su recompensa no consiste en ocupar los primeros asientos, sino en participar del Reino que devuelve la dignidad. A veces recibirán gratitud; otras veces, oposición. Pero nunca deben vender su conciencia por aceptación. Cuando el aplauso exige silencio frente al sufrimiento, deja de ser un honor y se convierte en una vergüenza.

Mario Vega

Pastor General de la Misión Cristiana Elim.

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