No me extrañaría que a este punto los cínicos alzaran la voz y dijeran aquello de que hay que atenerse a cómo son las cosas, y también que lo razonable es dejar de pensar en cómo deberían serlo… sí
No me extrañaría que a este punto los cínicos alzaran la voz y dijeran aquello de que hay que atenerse a cómo son las cosas, y también que lo razonable es dejar de pensar en cómo deberían serlo… sí
A partir de un artículo reciente sobre cierta condición “tribal” que ha cundido en los últimos tiempos entendiéndola como la identificación de uno mismo (¿quién soy? ¿Qué se espera de mí familiar, social, profesionalmente hablando?) a partir de los grupos sociales a los que se pertenece, alguien me sugirió que hablara un poco más al respecto.
No tanto desde la perspectiva del “regreso” al tribalismo, ni de las condiciones que éste termina por imponer en las comunidades, sino desde el punto de vista de lo que se está dejando de lado. De cómo el llamado cosmopolitismo; esa corriente de pensamiento que sostiene que todos los seres humanos pertenecemos a una única comunidad global, basada en una serie de valores y obligaciones compartidas que trascienden las fronteras nacionales, culturales o étnicas; ha ido dejando lugar al tribalismo.
Antiguamente, era de suma importancia el reconocimiento del grupo social al que uno pertenecía. Básicamente eras ciudadano, extranjero, enemigo, esclavo… y dentro de los ciudadanos: noble, plebeyo, clérigo, artesano, burgués… Y es que, básicamente, en el mundo antiguo uno sobrevivía gracias a su comunidad. La pertenencia no era una etiqueta, era pan compartido, techo compartido, vida defendida.
Quizá una pista para entender lo que nos está pasando es que hoy día, si bien nos sentimos “libres” (sin las presiones de grupo o comportamientos esperados -y muchas veces obligados- por la comunidad) también nos sentimos más solos; y, por lo mismo, perplejos ante la vida, inseguros.
De ahí, quizá, la reacción -un tanto generalizada- de rendir la propia libertad trocándola por seguridad. Políticamente hablando, claro está. Una consecuencia que lleva a las personas a tener mucha más vida social (dentro de la propia “tribu”) y -coherentemente- mucha menos vida política; en el significado clásico del término política, es decir, en el sentido de ocuparnos -aunque sea dedicando poco tiempo-, a los asuntos comunes, públicos, a la escala que sea: desde la preocupación por actuar en una junta de vecinos, hasta la de ejercer el voto en tiempo de sufragios.
Respecto a Egipto, Grecia, Roma, o en las civilizaciones más desarrolladas (socialmente hablando) de la América precolombina, quizá la nota que más nos diferencia con la cultura global en la que estamos imbuidos, es el hodierno concepto de dignidad humana. Para ellos la vida humana no tenía un valor absoluto, éste dependía de la pertenencia a un grupo. Para nosotros… en teoría, sí que lo tiene.
Poca diferencia con la actualidad, podría pensar acertadamente el lector. Y no le quito razón. La diferencia es que hoy día, después de las dos guerras mundiales y las masacres incomparables con las de cualquier otro tiempo que se dieron en el mundo durante el siglo XX (y sus lecciones), después de la declaración de los Derechos Humanos de 1948, y del papel de voz moral que tienen algunos líderes religiosos; parecería que, aunque de facto la vida humana tampoco parece tener un valor per se; hoy día, al menos, sabemos que no es así y entonces -de iure aunque no de facto- reconocemos con certeza que cuando se conculcan derechos fundamentales como el de la vida o el de la libertad, se están conculcando… La diferencia parecería insignificante, pero no lo es.
No me extrañaría que a este punto los cínicos alzaran la voz y dijeran aquello de que hay que atenerse a cómo son las cosas, y también que lo razonable es dejar de pensar en cómo deberían serlo… sí. No pasa nada. Pero, precisamente, el hecho de que el cinismo tenga lugar en las categorías axiológicas actuales, es un avance importante. Muy importante. Es la diferencia entre tener esperanza, o no tenerla, en mandar todo a la punta de un pino… o seguir intentándolo.
Ingeniero/@carlosmayorare
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