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Rechazado, no derrotado

El mejor acto de rebeldía de quien nació en pobreza no es llenarse de resentimiento contra quien tuvo más, sino estudiar, trabajar, desarrollar capacidad, cuidar su carácter y construir una historia distinta

Hay personas que comienzan la vida varios metros detrás de la línea de salida. No eligieron la familia en la que nacieron, el barrio donde crecieron, la economía de su casa ni las oportunidades de su infancia. Algunos reciben patrimonio, contactos y educación de calidad; otros comienzan con escasez y un hogar donde cada gasto debe calcularse. La Biblia nunca convierte la pobreza en una vergüenza, pero tampoco la presenta como una sentencia irrevocable. La historia de Jefté, narrada en Jueces 11, demuestra que el origen de una persona puede explicar parte de su historia, pero no necesariamente determinar su final. Jefté comenzó siendo el hijo rechazado y terminó convertido en el hombre que su propio pueblo tuvo que buscar cuando llegó la crisis.

El relato lo presenta así: “Jefté galaadita era esforzado y valeroso; era hijo de una mujer ramera” (Jueces 11:1). Antes de mencionar sus victorias, la Escritura revela su herida. Jefté no escogió las circunstancias de su nacimiento, pero cargó con sus consecuencias sociales. Sus hermanos lo expulsaron y le dijeron: “No heredarás en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de otra mujer” (Jueces 11:2). Le estaban negando herencia, posición y pertenencia. En términos prácticos, le decían que no había futuro para él dentro de aquella casa. Esa frase sigue repitiéndose: “eso no es para vos”, “nadie de esta familia ha llegado tan lejos”, “sin dinero no se puede” o “sin contactos nunca vas a avanzar”.


Jefté pudo pasar la vida explicando por qué sus hermanos eran responsables de su desgracia, y habría tenido razones. Sin embargo, huyó a tierra de Tob. Aquella salida fue dolorosa, pero también abrió una etapa de formación. Allí comenzaron a reunirse hombres alrededor de él y, sin poseer todavía un cargo oficial, desarrolló liderazgo y reputación como hombre valeroso. Dios no aprobó la injusticia que sufrió, pero tampoco permitió que esa injusticia agotara su historia. El rechazo lo sacó de una casa, pero no pudo destruir las capacidades que todavía podía desarrollar.

Esta verdad debe manejarse con equilibrio. Ser pobre no es pecado y sería injusto afirmar que toda persona que permanece en pobreza lo hace porque quiere. Existen desigualdades, desempleo, enfermedad y ausencia de oportunidades. Pero reconocer esas realidades no significa convertirlas en una excusa permanente. Llega un momento en que cada adulto debe preguntarse qué puede hacer con aquello que sí tiene. No podemos cambiar el lugar donde nacimos, pero podemos decidir si aprenderemos, trabajaremos con diligencia, administraremos mejor nuestros recursos y abandonaremos hábitos destructivos. Proverbios 10:4 afirma que “la mano negligente empobrece; mas la mano de los diligentes enriquece”. La gracia de Dios no elimina la responsabilidad humana.

Por eso, para una persona nacida en pobreza, estudiar puede convertirse en uno de los actos más poderosos de rebelión contra el destino estadístico. Estudiar no significa solamente obtener un título universitario. También es aprender un oficio, dominar una tecnología, leer, capacitarse, mejorar la administración del dinero o perfeccionar la profesión que ya se ejerce. El problema aparece cuando alguien gasta toda su energía lamentando lo que no recibió y descuida aquello que todavía puede construir. En la parábola de los talentos, Jesús no condenó al hombre por haber recibido menos, sino por enterrar lo que había recibido. No todos comenzamos con cinco talentos. La pregunta sigue siendo: ¿qué estamos haciendo con lo que tenemos en las manos?

La historia de Jefté cambia cuando los amonitas se preparan para la guerra. Los ancianos de Galaad fueron hasta Tob para buscarlo. Los mismos que habían permitido que fuera expulsado ahora necesitaban su capacidad. Ayer era el hombre sin herencia; hoy era el hombre necesario. Jefté les recordó lo ocurrido: “¿No me aborrecisteis vosotros, y me echasteis de la casa de mi padre?” (Jueces 11:7). No fingió que nada había sucedido, pero tampoco permitió que el resentimiento enterrara su futuro. Finalmente, aquellos ancianos aceptaron que fuera su cabeza. La posición pública no creó su capacidad; simplemente reconoció algo que se había formado durante los años difíciles.

Ahí aparece una lección importante: la oportunidad suele llegar después de un período en el que aparentemente nadie está mirando. Nuestra generación quiere resultados inmediatos, pero la Biblia muestra procesos. José tuvo sueños siendo joven y pasó años antes de gobernar Egipto. David fue ungido y no ocupó inmediatamente el trono. Moisés atravesó décadas de preparación antes de regresar a Egipto. Jefté también tuvo su “andando el tiempo”. Cuando todavía no llega la puerta que esperamos, conviene preguntarnos si estamos desarrollando la capacidad que necesitaremos cuando se abra. La oportunidad no siempre avisa; encuentra a unos preparados y a otros todavía esperando.

También debemos evitar confundir superación con adoración al dinero. Jesucristo nunca prometió convertir a todos sus seguidores en millonarios. Pablo afirmó que sabía vivir en abundancia y también padecer necesidad, y cuando dijo “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” hablaba de permanecer firme en ambas circunstancias (Filipenses 4:12-13). La meta cristiana no consiste simplemente en tener más, sino en administrar responsablemente aquello que Dios coloca en nuestras manos. Se puede salir de la pobreza económica y entrar en una pobreza moral mucho más grave. Una persona puede adquirir propiedades y perder su familia, ganar prestigio y perder la integridad. Prosperar sin principios no es victoria.

Quien logra avanzar tampoco debería avergonzarse de su origen ni despreciar a quienes todavía están luchando. Hay títulos universitarios que, aunque lleven un solo nombre impreso, fueron pagados también con el esfuerzo de una madre que vendía comida, un padre que hacía horas extras o un familiar que prestó dinero cuando faltaba. Recordar de dónde venimos no disminuye lo alcanzado; lo coloca en perspectiva. Una de las expresiones más nobles del progreso consiste en procurar que nuestros hijos no tengan que comenzar exactamente donde nosotros comenzamos. Si no tuvimos libros, podemos darles libros; si nadie nos enseñó finanzas, podemos enseñarles; si crecimos dentro de ciclos destructivos, podemos romperlos. La verdadera herencia también es disciplina, educación, fe, integridad y sabiduría.

Hebreos 11:32 menciona a Jefté siglos después entre los hombres de fe. Sus hermanos dijeron: “No heredarás”; la Escritura terminó preservando su nombre. Eso no significa que toda persona rechazada llegará a ser gobernante ni que todo sufrimiento terminará convertido en riqueza. Significa algo más serio: los hombres pueden emitir juicios sobre nuestro origen, pero no poseen autoridad absoluta sobre nuestro destino. Nacer con poco puede ser una circunstancia; enterrar deliberadamente lo poco que tenemos puede convertirse en una decisión. El mejor acto de rebeldía de quien nació en pobreza no es llenarse de resentimiento contra quien tuvo más, sino estudiar, trabajar, desarrollar capacidad, cuidar su carácter y construir una historia distinta. Jefté fue rechazado y obligado a comenzar lejos de casa, pero no terminó donde sus hermanos pensaron que debía terminar. El rechazo puede marcar un capítulo, pero no tiene por qué escribir el final.

Abogado y teólogo.

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