Ciertamente, es ingrata la profesión del soldado: muere dos veces. Primero cuando la ley natural dice «hasta aquí». Segundo, cuando su patria lo olvida.
Ciertamente, es ingrata la profesión del soldado: muere dos veces. Primero cuando la ley natural dice «hasta aquí». Segundo, cuando su patria lo olvida.

Como militar en retiro, rechazo el uso de las armas para resolver conflictos —sean guerras, conflictos internos o revoluciones— porque siempre dejan consecuencias que persiguen dolorosamente a generaciones, incluyendo a los descendientes de quienes participaron directamente en los hechos.
Clauzewitz, teórico de la ciencia militar moderna, en su tratado De la Guerra señala que ella constituye un “acto político” y es el único elemento racional de la guerra. Luego distingue otros dos: “el odio, la enemistad y la violencia primitiva” y “el juego de azar y las probabilidades”. El primero interesa especialmente al pueblo; el segundo, al comandante en jefe y a su ejército; y el tercero, únicamente al gobierno.
El uso de las armas siempre es responsabilidad del gobierno, ejercido por un político —sea de origen civil o militar—. En todo Estado medianamente organizado, dicha acción se ejecuta técnicamente por sus instrumentos: las fuerzas armadas y las del orden.
Sé por experiencia que el uso de las armas es traumático. Todo político debería pensar muy bien antes de tomar esa decisión, “ya que la política con el tiempo se suaviza, el azar se olvida, y el odio permanece vivo por años”. Quienes pagamos las consecuencias somos los soldados, que cumplimos órdenes, muchas veces aplicadas con excesos o ineficiencia, olvidando que en todo conflicto brotan el odio, la enemistad y la violencia primitiva. De allí surgen conceptos maniqueos, falsas verdades y discursos de delirio. Hay que separar el grano de la cizaña.
¡Héroes bajo sospecha! La sociedad siempre llama a las fuerzas armadas y del orden para resolver los problemas que ella no puede enfrentar sola y pide ayuda para recuperar la paz y la tranquilidad ciudadana. Sin embargo, pasada la crisis, hoy solo los instrumentos —las fuerzas armadas y del orden— son responsabilizados, mientras los políticos que dispusieron las medidas quedan al margen.
Ciertamente, es ingrata la profesión del soldado: muere dos veces. Primero cuando la ley natural dice «hasta aquí». Segundo, cuando su patria lo olvida.
Ingresamos a las filas siendo jóvenes, llenos de amor patrio y espíritu de sacrificio, dispuestos a ofrendar la vida si fuera necesario. Ese joven no sabe que la política será quien finalmente pondrá un arma en sus manos y le dirá cuándo y contra quién usarla. Estoy seguro de que jamás leyó a Clauzewitz ni su libro De la Guerra, donde se afirma la necesidad de imponer la fuerza al adversario para privarle del poder, dejando claro que la guerra no es un acto aislado, sino que responde a objetivos políticos o económicos.
La política es el factor clave del comienzo del conflicto, de su desarrollo y del empleo de la fuerza. Su fin político es el objetivo; la guerra es el medio para alcanzarlo. Dichos medios no pueden considerarse aislados de sus finalidades. No es menos cierto que ese joven y romántico soldado aprenderá todo con los años, no solo con la lectura y el estudio, sino también con la experiencia personal. El tiempo no hace preguntas, da respuestas.
Este es el punto central de mi reflexión: las democracias liberales tienen dificultades para tratar el problema de la guerra y el de quienes la hacen.
“El que se quemó con leche, hasta la cuajada sopla«.
General (r) de la Fuerza Armada de El Salvador.
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