Las crisis económicas tienen una extraña costumbre: nunca desaparecen, solo cambian de discurso. Y cuando la realidad aprieta, siempre aparece alguien dispuesto a convencernos de que el problema no es la falta de dinero, sino la falta de imaginación.
El dólar, ese sobreviviente silencioso de la inflación, del aumento en el costo de la vida y de las cuentas que nunca esperan, fue ascendido de billete a reliquia: casi un objeto de culto. Si continúa esta tendencia, cualquier facultad de economía tendrá que cerrar sus puertas para abrir una escuela de prestidigitación.
Sin embargo, el ciudadano de a pie conoce otra matemática. Esa que se practica frente al estante del supermercado, donde cada producto obliga a renunciar a otro. Esa que convierte el carrito de compras en un tablero de ajedrez y la caja registradora en el árbitro implacable de la realidad.
No todo está perdido. Con un dólar todavía pueden hacerse cosas útiles.
Se puede comprar una bolsa de semillas y sembrar la esperanza de una cosecha.
Se puede adquirir una libreta para comenzar el hábito del ahorro y del control de los gastos.
Se puede donar a quien tiene menos, demostrando que la solidaridad nunca ha dependido del tamaño del bolsillo.
Se puede comprar una botella de agua y recordar que la salud también es una inversión.
Y se puede guardarlo intacto, porque el ahorro, aunque pequeño, sigue siendo el único milagro que reconoce la economía.
Lo que definitivamente no puede hacerse con un dólar es reemplazar el salario que no alcanza, llenar una despensa vacía o convertir la dificultad cotidiana de miles de familias en un ejercicio de optimismo retórico.
Las palabras pronunciadas desde un escritorio suelen viajar más ligeras que las cargadas desde un mercado, una parada de autobús o una farmacia. Desde la comodidad del micrófono abundan los milagros; desde el bolsillo del ciudadano abundan las cuentas.
La política tiene derecho a proponer esperanza, pero no a divorciarse de la realidad. Porque cuando el discurso exagera, el humor popular dicta sentencia con una velocidad demoledora. Y pocas cosas son más crueles que convertirse en el chiste del día por una frase que pudo haberse pensado dos veces.
Al final, los pueblos olvidan muchas promesas, pero rara vez olvidan una frase desafortunada. El dinero puede perder valor con el tiempo; las palabras imprudentes, en cambio, suelen acumular intereses.
Por eso, antes de prometer milagros, conviene recordar que el recurso más escaso no siempre es el dinero. Muchas veces es la prudencia para medir las palabras antes de pronunciarlas.
Médico.