La nueva etapa electoral que abre la representación legislativa de la diáspora salvadoreña debe ser tomada con mucha seriedad. No se trata únicamente de incorporar seis diputaciones más al mapa político nacional, ni de abrir un nuevo espacio de competencia entre partidos. Se trata de definir qué tipo de representación tendrán los salvadoreños que viven fuera del país y qué capacidad real tendrán sus futuros diputados para convertir sus demandas en leyes, reformas y políticas públicas.
Hasta ahora, buena parte de los mensajes de varios precandidatos se ha concentrado en su historia personal, su experiencia migratoria, sus estudios, su liderazgo comunitario, su cercanía con los salvadoreños en el exterior y su compromiso con el país. Todo eso es legítimo. En una campaña electoral, la ciudadanía necesita conocer quiénes son las personas que aspiran a representarla.
Pero ese no puede ser el centro del debate.
La función principal de un diputado no es únicamente representar, acompañar o expresar solidaridad con una comunidad. La función principal de un diputado es legislar. Eso significa presentar iniciativas de ley, reformar marcos jurídicos existentes, fiscalizar al Ejecutivo, integrar comisiones legislativas, aprobar presupuestos y tomar decisiones que tienen impacto en la vida nacional.
Por eso, el debate de la diáspora debe pasar de la biografía a la propuesta. Ya no basta con preguntar: “¿Quién es usted?”. La pregunta fundamental debe ser: ¿qué leyes impulsará usted para la diáspora salvadoreña?
Este cambio de enfoque es urgente, porque la realidad migratoria salvadoreña se ha vuelto mucho más compleja. La diáspora ya no puede ser vista solamente como una comunidad que envía remesas, visita el país en vacaciones o mantiene vínculos familiares. Hoy hablamos de salvadoreños que sostienen hogares, invierten, votan, participan, retornan, se organizan, trabajan en otros mercados laborales y mantienen una relación permanente con sus municipios de origen.
También hablamos de familias receptoras de remesas, personas retornadas, jóvenes que ya no encuentran en la migración irregular una salida viable, municipios que dependen de los ingresos enviados desde el exterior y comunidades que necesitan nuevas herramientas de desarrollo local.
Frente a esa realidad, los candidatos no deberían improvisar.
Quienes aspiren a representar a la diáspora deben tener la humildad política y técnica de consultar a organizaciones con trayectoria, especialistas en migración, líderes comunitarios, municipalidades, instituciones académicas, sectores financieros, organizaciones de salvadoreños en el exterior y entidades que durante años han trabajado estos temas desde el territorio.
La agenda de la diáspora no se construye desde una ocurrencia de campaña. Tampoco se construye únicamente desde una experiencia personal, por valiosa que esta sea. Se construye con evidencia, consulta, diálogo, conocimiento jurídico, lectura territorial y comprensión de la nueva realidad migratoria.
Ese es precisamente uno de los grandes vacíos de esta etapa: se habla mucho de representar a la diáspora, pero todavía se discute poco sobre cómo legislar para ella.
La creación de una circunscripción para salvadoreños en el exterior abre una oportunidad histórica, pero también plantea preguntas importantes. Las reformas aprobadas han establecido una representación directa para la diáspora y han modificado normas electorales relacionadas con esta nueva realidad. Sin embargo, también se ha señalado que la normativa no limita de manera exclusiva que los candidatos deban residir fuera del país. Es decir, podrían competir salvadoreños que viven en el exterior y también salvadoreños residentes en el país, siempre que cumplan los requisitos legales correspondientes.
Ese punto debe discutirse con madurez.
No se trata de dividir entre “los de aquí” y “los de allá”. La diáspora es una realidad transnacional. Hay salvadoreños que viven fuera y conocen de primera mano la experiencia migratoria. Hay salvadoreños dentro del país que han trabajado durante décadas con comunidades migrantes, familias receptoras de remesas, personas retornadas y municipios de alta migración. Lo importante no debería ser únicamente el lugar donde vive el candidato, sino su conocimiento, su compromiso, su capacidad legislativa y su agenda concreta.
La pregunta no debe reducirse a dónde reside el aspirante, sino a qué entiende por diáspora, qué propuestas tiene, a quién ha consultado, qué leyes impulsará y cómo rendirá cuentas a los salvadoreños en el exterior.
Por eso, los foros, entrevistas y debates públicos deberían elevar el nivel de discusión. No deberían quedarse solo en historias personales, saludos comunitarios o promesas generales. Deberían preguntar con claridad:
¿Cuáles serán las tres primeras iniciativas legislativas que presentará para beneficiar a la diáspora salvadoreña?
Esa pregunta obligaría a los candidatos a pasar del discurso a la propuesta. También permitiría a la ciudadanía comparar quién tiene una visión seria, quién ha estudiado el tema, quién ha consultado con especialistas y quién simplemente está utilizando la palabra diáspora como una bandera electoral.
El país necesita una discusión responsable sobre remesas, inclusión financiera, desarrollo local, retorno, movilidad laboral, protección consular, participación política, seguridad social, inversión productiva y gobernanza municipal. Pero esa discusión no debe hacerse de manera superficial ni apresurada. Requiere conocimiento técnico, experiencia territorial y diálogo con quienes han acompañado estos procesos durante años.
Ahí es donde organizaciones como AAMES, y muchas otras con trayectoria en migración y desarrollo, pueden aportar. No para sustituir a los partidos ni a los candidatos, sino para elevar la calidad del debate público y recordar que la representación de la diáspora debe traducirse en resultados legislativos concretos.
La diáspora salvadoreña no necesita únicamente diputados que la mencionen en campaña. Necesita diputados que comprendan su complejidad, que sepan escuchar, que consulten a quienes conocen el tema y que tengan la capacidad de convertir las demandas migratorias en leyes, reformas institucionales y políticas públicas.
La nueva representación exterior no debe nacer débil, improvisada o reducida a la propaganda. Debe nacer con visión de Estado.
Por eso, este proceso electoral debe abrir una conversación más seria. La diáspora merece candidatos con historia, sí; pero sobre todo necesita candidatos con agenda legislativa.
Porque representar a los salvadoreños en el exterior no es solo hablar en nombre de ellos. Es legislar con responsabilidad para ellos y para el país que siguen sosteniendo desde la distancia.
Director de AAMES