Luka Modrić, el mediocampista absoluto: el adiós del último gran estratega balcánico
OPINIÓN. Evocar la figura de Luka Modrić implica hacer referencia a uno de los últimos futbolistas en actividad nacidos bajo la bandera de la antigua Yugoslavia y, sin temor al equívoco, al exponente más excelso en la historia de aquella extinta nación. Un auténtico superlativo del fútbol moderno que este jueves cerró su glorioso ciclo internacional
Es lícito preguntarse si queda algo por decir sobre Luka Modrić. Pareciera que el repertorio de elogios se ha agotado para con el genio croata, quien este jueves se despidió definitivamente de su selección en el marco de la Copa del Mundo de la FIFA 2026.
No es mi intención hilvanar aquí un compendio biográfico exhaustivo ni la más ambiciosa de las hagiografías; me mueve el simple deseo de rescatar ciertos recuerdos personales de un futbolista que, desde una perspectiva estrictamente etaria, siento como un riguroso contemporáneo.
La primera imagen que me asalta la memoria nos remite a sus primeros pasos en White Hart Lane, el mítico y ya añorado hogar de un Tottenham Hotspur que por entonces buscaba su identidad en el concierto británico.
Por aquellos años, las transmisiones de la Premier League nos llegaban a través de las señales televisivas internacionales, alternando relatos desde distintas latitudes del continente.
Era la época en que las mañanas sabatinas se encendían con los comentarios del Cono Sur o con el inconfundible sello del «Bambino» Pons, acompañado por los comentarios de Fernando Carlos y Christian Bassedas.
Fue precisamente en una de esas jornadas cuando escuché por primera vez el nombre de Modrić.
Se comentaba que los Spurs habían desembolsado una suma de consideración por un volante proveniente del Dinamo Zagreb, a quien los más memoriosos apenas registraban de alguna aventura aislada en la Champions League.
La irrupción del croata en el concierto británico
Aquel Dinamo Zagreb, según supe matizar con el tiempo, cobijaba una constelación de talentos donde descolgaban figuras de la talla de Vedran Corluka, Igor Biscan, Tomislav Sokota, Bosko Balaban y un joven Mario Mandzukic.
En medio de aquellos nombres propios, Modrić emergía como un mediocampista de baja estatura, aparentemente ligero, de complexión filiforme y desprovisto de los rasgos cinematográficos que la industria suele sobrevalorar.
Mis escasas referencias de él se limitaban a su discreta inclusión en la nómina croata para el mundial de Alemania 2006.
Los cronistas de la época señalaban que el club londinense albergaba grandes expectativas en este chico, esperando que se asentara como una pieza de valía para el esquema colectivo.
Foto: AFP
En ese entonces, la mitad de la cancha de los Spurs sufría las intermitencias del magrebí Adel Taarabt y la partida del eficiente Hossam Ghaly.
Modrić debió disputar la titularidad palmo a palmo con jugadores como Jermaine Jenas, Jamie O’Hara y Ryan Mason.
No hicieron falta más de tres partidos consecutivos en el once inicial para que el croata se adueñara de la batuta del equipo. El resto, como bien sabemos, es historia sagrada.
El triunfo de la austeridad y la jerarquía sin artificios
Hombre de fe profunda y convicciones firmes, Modrić dejó traslucir en más de una ocasión su devoción al portar en sus canilleras las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María.
En una era caracterizada por la estridencia y el marketing personal, su figura se plantó como un oasis de sobriedad: nunca sintió la necesidad de teñirse el pelo, de lucir perforaciones estrafalarias ni de cubrir su piel de tatuajes para llamar la atención de las cámaras.
Foto: AFP
Su único accesorio distintivo fue, acaso, esa discreta vincha con la que apartaba los mechones de sus ojos antes de frotar la lámpara.
El genio de Zadar prefirió que su talento fuera el único orador sobre el césped.
Poseedor de siete pulmones, combinaba un quite pulcro, un remate soberbio de media distancia y una visión periférica descomunal tanto para la recuperación como para la asistencia.
Su única flaqueza residía, por razones anatómicas evidentes, en el juego aéreo; por lo demás, nos encontramos ante un futbolista total.
Disciplinado, solidario y enfocado, sería un ejercicio estéril interrogar a las bases de datos en busca de algún entrenador que haya osado quejarse de su conducta. Jamás existió tal discordia.
El último retazo de Yugoslavia y un brindis por la eternidad
Su última función con la camiseta ajedrezada se dio frente a Portugal, una cita que propició un reencuentro sumamente emotivo y cercano con Cristiano Ronaldo, su antiguo socio en la edificación del Real Madrid más avasallante del siglo veintiuno.
Desde una perspectiva geohistórica, Modrić se erige como el último futbolista en actividad nacido bajo el cielo de la antigua Yugoslavia en despedirse de una Copa del Mundo, siguiendo los pasos del bosnio Edin Dzeko, quien hizo lo propio jornadas atrás.
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Estamos ante un futbolista de diez puntos.
Un estratega cuya completitud técnica y conceptual lo sitúa varios escalones por encima de mediocentros de enorme cartel y no poco revuelo mediático como Andrea Pirlo, Gennaro Gattuso, Patrick Vieira o Claude Makélélé.
Modrić habita y habitará un olimpo vedado para la mayoría.
Vaya desde aquí un agradecimiento sincero a «Lukitas», el hombre que colocó el pabellón de la Republika Hrvatska en las cumbres más altas del planeta fútbol, quedando a tan solo un suspiro de la gloria máxima en Rusia.
Reprocharle la ausencia de esa corona mundial sería un atrevimiento imperdonable. ¡Venga, salud, prócer!