«Ehhhhhh put*»: el grito más impune en un estadio de fútbol que golea con descaro a la FIFA
OPINIÓN. Una farsa recurrente sacude las tribunas cada vez que México insiste en entonar su cántico más ofensivo. Ante la flagrante reincidencia, FIFA opta por una calculada miopía, demostrando que los intereses financieros de los grandes mercados siempre pesan más que los códigos de buena conducta
«Ehhhhhh put*», el grito que la afición mexicana entona de forma sistemática en cada saque de meta rival se ha convertido en una costumbre más arraigada que el mismísimo «Cielito Lindo», desnudando una alarmante resistencia cultural a la decencia.
A pesar de las tibias admoniciones y de las sanciones de utilería que la FIFA suele ensayar para guardar las formas, el soberano azteca sabe perfectamente que goza de una patente de corso virtual: ninguna reprimenda del tribunal de disciplina será jamás de carácter ejemplarizante.
Esta condescendencia resulta profundamente irritante y expone, por enésima vez, el descarnado doble rasero de una FIFA que administra la justicia de acuerdo con las conveniencias del mostrador.
Se trata de un descaro institucionalizado; el organismo helvético carece del cuajo y de la entereza necesarios para aplicar el reglamento a rajatabla cuando el infractor resulta ser una de sus gallinas de los huevos de oro.
El poderoso caballero del dinero, en síntesis, paraliza cualquier amago de rectitud punitiva, permitiendo que tanto la federación mexicana como sus hinchas sigan injuriando a discreción sin pagar las consecuencias.
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De la tragedia soslayada a la implacable vara con el débil
La inmunidad de la que goza el fútbol de México es colosal, al punto de que los despachos de Zúrich parecieron echar tierra sobre la barbarie acontecida en el estadio de Querétaro en el año 2022.
Un episodio abyecto que arrojó saldos espeluznantes y centenares de heridos de extrema gravedad en una jornada de salvajismo explícito que debió acarrear una suspensión draconiana a nivel internacional.
Para mensurar la magnitud de la hipocresía corporativa, basta contrastar esta lenidad con la severidad aplicada a geografías menos favorecidas por el dios del mercado.
Viene a la memoria, por ejemplo, el dictamen contra el Estadio Cuscatlán de El Salvador, clausurado parcialmente y objeto de una penalización económica tras un cruce de improperios entre aficionados locales y la delegación de Surinam.
En esa ocasión, la guillotina reglamentaria cayó sin pestañear.
El cinismo es palmario: el fútbol salvadoreño no representa un caudal de divisas significativo para el negocio global, carece de peso político en los comités ejecutivos y, por ende, cualquier desliz disciplinario es castigado con un rigor implacable, casi como una demostración de autoridad para la tribuna.
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La geopolítica de la conveniencia y la claudicación moral
Los ejemplos de esta esquizofrenia jurídica abundan en el concierto internacional y trascienden lo estrictamente folclórico.
Se decreta la proscripción de Rusia de las competencias oficiales -a nivel de selecciones y clubes- con asombrosa celeridad por razones políticas, mientras se extiende una cortina de indulgencia y complicidad sobre otras naciones que perpetran hostilidades bélicas de idéntica gravedad, impulsan masacres sistemáticas o conculcan libertades fundamentales consagradas en la perennemente ignorada y escupida Declaración Universal de los Derechos Humanos.
El tribunal de disciplina de la FIFA opera bajo una lógica mercantilista que resulta nauseabunda para cualquier persona que guarde un adarme de afecto genuino por la pureza de este deporte.
Es una obligación intelectual y periodística insistir en la denuncia de estas asimetrías obscenas.
Callar ante este proceder significaría convalidar un simulacro de justicia dictado en exclusiva por el flujo de los dividendos corporativos.
Mientras la ética siga subordinada al estado de las arcas, el discurso moral del fútbol no pasará de ser una deplorable y repugnante mascarada.