Esta es el «storytime» de cómo Agapito y Agapita nunca se conocieron.
Agapita y Agapito pertenecen a la clase media acomodada. Agapita tiene 57 años, una pensión, dividendos y casa y carro propios. Tuvo pareja, pero no hijos. Trabaja porque le encanta lo que hace y está planeando lanzar un proyecto personal. Su casa, que está llena de plantas y decorada a su gusto, es su refugio y disfruta de ella después de un día ocupado. Sin embargo, muchas veces Agapita quisiera un hombre con quien pudiera salir a tomarse un vino o a cenar; alguien con quien pasar los fines de semana sin que la vea como ATM u objeto sexual. Ella es parte de un 40 % de las mujeres solteras (ya sea porque nunca se casaron, se divorciaron o enviudaron) que prefiere hacer planes con amigos antes que tener relaciones románticas.
Por su parte, Agapito tiene 60 años, es divorciado y tiene tres hijos. Su exesposa se volvió a casar y sus hijos ya crecieron. Es más, ya es abuelo. Tiene un negocio exitoso y ya pasó por: a) la mujer que lo ve como ATM, b) la mujer de muchos encantos, c) la dramática, d) la cazaherencias, e) la que los hijos no quieren y f) la que no quiere vivir soltera un día más. Últimamente, Agapito pasa los fines de semana en la playa tomando whisky y desearía conocer a una mujer que, pues, estuviera interesada en salir los fines de semana y no necesitara su dinero. Él es uno de cada tres hombres mayores de cincuenta años que no quiere casarse.
Agapita y Agapito son amigos mutuos de Valentín y Valentina, Cupido y Cupida, y Flecho y Flecha. Estas tres parejas, de vez en cuando, invitan a Agapito a sus cenas de pareja. Le recomiendan buscar a una mujer buena, profesional y financieramente independiente que no se aproveche de él. Agapito, Valentín y Cupido frecuentemente van al club juntos, y los dos casados envidian la suerte del soltero. Agapito, sin embargo, desearía encontrar una compañía femenina.
Agapita es también amiga de las tres parejas, y su amistad no tiene nada que ver con su ex. Hubo un tiempo en que era cercana a dos de ellas, pero, últimamente, se siente desplazada porque una de las mujeres no contesta los mensajes y la otra lleva dos años sin salir con ella. Sin embargo, se apoya en sus otras amigas, que están en su misma situación, y en sus muchos ahijados.
A veces, cuando va a misa, ve a un hombre muy devoto a quien quisiera conocer, pero nadie se lo presenta y no sabe cómo abordarlo. En su parroquia hay un grupo para matrimonios jóvenes y otro para divorciados. Agapita quiere cumplir con la Iglesia y quisiera un hombre que pensara igual, como aquel que ve que oye misa con toda devoción. Pero no hay un grupo para adultos mayores. Así que la identidad de San José es un misterio… y permanecerá eternamente dormido.
Cuando Agapita les comenta a sus amigas que quisiera compañía masculina, automáticamente recibe: a) consejos de que le pida a Dios; b) consejos de que le agradezca a Dios que la ha librado del mal; c) recordatorios de que «es mejor estar sola que mal acompañada»; d) promesas de que será encomendada para que Dios le dé a alguien; y e) la seguridad de que no está sola. Sin embargo, Agapita rara vez es incluida en las cenas como antes y nunca puede explicar que lo que quiere es compañía, no matrimonio.
Lo que ocurre con Agapita no es crueldad; es simplemente parte de una dinámica social. Las parejas casadas de cincuenta años o más viven en un «microclima» de dos personas, ya que muchos están en el proceso de vaciar el nido o tienen hijos en la adolescencia tardía. Su vida normalmente tiene una serie de rutinas compartidas, decisiones conjuntas y actividades en pareja o con los hijos que aún están en casa, lo que a su vez crea amistad con más parejas. Agapita no encaja en la estructura de «parejas con parejas» y, aunque la aprecian, no saben cómo integrarla, al igual que a Agapito.
Flecho y Flecha han discutido, de vez en cuando, presentar a Agapito y a Agapita. Pero luego lo dudan, porque temen que eso arruine la amistad con ellos. Sin embargo, no incluyen a Agapita en nada y muy de vez en cuando a Agapito. La verdad es que no saben cómo hacerlo y, al final, deciden que cada quien debe vivir su vida.
Agapita es miembro de un club social. Agapito es miembro de ese mismo club. El club ofrece muchas actividades interesantes: música, tardes familiares, lunadas y comidas con chefs. Ni Agapita ni Agapito van a muchas de ellas porque no tienen pareja. Sí han coincidido en alguna de las charlas, pero no ha habido nadie que los presente. Ambos se preguntan por qué el club no hace actividades para solteros, pero después recuerdan dónde viven y saben que es imposible. Así que Agapita y sus amigas se sientan en su mesa junto a la piscina, mientras Agapito se distrae tomando whisky y viendo fútbol en el bar.
Todos los días, camino al trabajo, Agapita pasa por un pequeño local de vinos y se imagina cómo sería entrar allí con un hombre interesante que no le exigiera ni dinero ni sexo, tomarse una botella y platicar. Todas las noches que va al gimnasio, Agapito ve el mismo local de vinos desde la caminadora y quisiera conocer a una mujer que no le exigiera ni dinero ni sexo, e invitarla a tomarse una botella y platicar.
Valentín y Valentina, Cupido y Cupida y Flecho y Flecha les han recomendado a ambos el local, pero ninguno los ha invitado a ir, ni juntos ni por separado. Así que Agapita va de vez en cuando con sus amigas, mientras Agapito se toma su whisky en su casa de playa.
Una vez, Agapito fue con uno de sus hijos y vio a una mujer que le pareció vagamente conocida y que parecía saber mucho de vinos. Esa misma noche, Agapita vio a un hombre que le parecía vagamente conocido, acompañado de su hijo, y que parecía saber mucho de vinos. El único que pensó que ambos harían buena pareja fue el mesero. Pero, en una sociedad donde las clases sociales son marcadas y el estereotipo del estado civil es casi inquebrantable, también supo que nunca, nunca coincidirían.
Y ese es el storytime de cómo Agapito nunca conoció a Agapita.