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Alemania se está sacudiendo

El bumerán que Alemania lanzó hace décadas está regresando y comienza a golpearle en la nuca.
De cliente a competidor

Continuando con mi artículo de la semana pasada, he seguido investigando sobre lo que está sucediendo en Alemania. 

Durante décadas Alemania fue considerada la locomotora industrial de Europa. No era un calificativo gratuito. Su fortaleza se apoyaba en ingeniería, formación técnica, productividad, disciplina, investigación, grandes grupos industriales y miles de pequeñas y medianas empresas familiares altamente especializadas.



Conocí esa Alemania desde dentro. Allí estudié, viví y trabajé durante casi diez años, y una parte muy importante de mi formación profesional y humana procede de aquella experiencia. Por eso sigo con especial interés lo que está ocurriendo actualmente.


Durante las últimas semanas he encontrado casi diariamente noticias sobre insolvencias, reestructuraciones, cierres de plantas y reducciones de empleo. Al principio parecía que el problema estaba concentrado en la industria del automóvil y sus proveedores. Pero después comenzaron a aparecer casos en maquinaria, construcción, comercio, agricultura, alimentación, empresas familiares centenarias y hasta fabricantes de bicicletas.


Los datos confirman que no son solamente casos aislados. El Instituto Leibniz de Investigación Económica de Halle (IWH) informó que durante el segundo trimestre de 2026 las insolvencias empresariales alcanzaron en Alemania su nivel más alto en 21 años y que el aumento afecta prácticamente a todos los grandes sectores.


Pero conviene aclarar algo. Insolvencia no significa necesariamente desaparición.
Una empresa puede tener buenos productos, clientes, tecnología, instalaciones y trabajadores cualificados y, sin embargo, llegar a un momento en el que sus ingresos y su liquidez no le permiten cumplir regularmente sus obligaciones. Puede entonces reestructurarse, reducir capacidad, renegociar deudas, encontrar un nuevo inversor o ser adquirida por otra compañía.
Por eso no debemos contar solamente cuántas empresas entran en insolvencia. Debemos preguntarnos ¿por qué tantas están teniendo dificultades simultáneamente?
No existe una sola causa.


Alemania afronta costes elevados de energía y producción, burocracia, transición energética, envejecimiento de la población, cambios tecnológicos y una profunda transformación de la industria del automóvil.


Pero hay otro factor que considero fundamental: China.

Durante décadas, China fue una extraordinaria oportunidad para Alemania.


Las grandes compañías alemanas construyeron fábricas allí o trasladaron parte de su producción. La fórmula parecía perfecta: ingeniería y tecnología alemana combinadas con menores costes de fabricación y, además, acceso a un gigantesco mercado en crecimiento.


También los consumidores europeos salimos beneficiados. Muchos productos alemanes pudieron mantener precios competitivos incorporando componentes fabricados en China con buenos niveles de calidad.


¿Y por qué alcanzaron esa calidad?


Porque las empresas alemanas no trasladaron solamente máquinas.


Llevaron procesos de fabricación, sistemas de calidad, métodos de organización, formación, tecnología y, sobre todo, know-how.


Durante años aquello fue un excelente negocio.
Pero ocurrió algo perfectamente lógico: China aprendió.

El alumno aprendió del maestro. Puedo poner un ejemplo que conozco de cerca.
Un amigo alemán trabajó muchos años para Schaeffler y viajó varias veces a China para enseñar a los equiposde ingeniero en las fábricas que su propia empresa tenía allí.


Schaeffler comenzó a invertir productivamente en China en 1995. Actualmente cuenta allí con aproximadamente 13,000 empleados, 13 fábricas y dos centros de investigación y desarrollo.Y Schaeffler es solamente un ejemplo.Volkswagen, Mercedes-Benz, BMW y multitud de grandes y medianas empresas alemanas hicieron algo semejante.


Durante décadas los ingenieros, técnicos y directivos europeos ayudaron a instalar fábricas, desarrollar proveedores, implantar sistemas de calidad y mejorar procesos productivos.
Era perfectamente racional. Las empresas estaban creando capacidad para atender el mercado chino y simultáneamente aprovechar las ventajas de producir allí.


Pero mientras fabricaba para Occidente, China fue desarrollando sus propios ingenieros, técnicos, proveedores, universidades, centros de investigación y empresas.


Primero fabricó productos diseñados por otros. Después aprendió a diseñarlos.
Y finalmente comenzó a competir con quienes le habían enseñado.


El bumerán que Alemania lanzó hace décadas está regresando y comienza a golpearle en la nuca.
De cliente a competidor. El cambio se aprecia claramente en el comercio.


Durante el primer semestre de 2026, las exportaciones alemanas a China disminuyeron más del 12 % y quedaron por debajo de 37.000 millones de euros. Al mismo tiempo, las importaciones procedentes de China aumentaron un 8,9 %, hasta aproximadamente 91.800 millones.
El resultado fue un déficit comercial alemán con China de unos 55.000 millones de euros, frente a aproximadamente 40.000 millones un año antes.


Esto representa un cambio estructural importante.


Durante muchos años China necesitaba automóviles, maquinaria, productos químicos y tecnología alemana para continuar desarrollándose. Ahora fabrica cada vez más de esas cosas por sí misma.Y no solamente las fabrica para su mercado. Las exporta.


China ya no compite solamente mediante salarios bajos. Produce automóviles eléctricos, baterías, robots, maquinaria, componentes electrónicos y productos industriales cada vez más sofisticados.
El gran cliente de Alemania se convirtió también en uno de sus grandes competidores.


Y Alemania recibe ahora el efecto por dos lados: vende menos a China y simultáneamente encuentra más productos chinos compitiendo con los alemanes, tanto dentro de Europa como en terceros mercados.


Ahora las fábricas chinas vienen a Europa
Existe además una nueva etapa que apenas está comenzando.


Durante años Europa llevó sus fábricas a China. Ahora China comienza a traer las suyas a Europa. En España, por ejemplo, SAIC Motor, propietaria de MG, proyecta instalar en Ferrol una fábrica con una inversión inicial de unos 200 millones de euros y capacidad prevista para producir hasta 120.000 automóviles anuales. Y aquí encuentro un extraordinario paralelismo histórico.


Yo ya vi esta película. Hace aproximadamente medio siglo España tenía una industria automotriz considerablemente menos competitiva que la de los grandes países industriales. Entonces llegaron las multinacionales.


Ford construyó su gran fábrica en Almussafes, Valencia. General Motors levantó posteriormente la planta de Figueruelas, Zaragoza. Volkswagen terminó adquiriendo SEAT y España desarrolló una enorme capacidad para fabricar y exportar automóviles. Aquellas compañías no llevaron solamente dinero. Llevaron maquinaria, métodos productivos, sistemas de calidad, formación, tecnología, exigencias para los proveedores y una cultura industrial diferente.


Lo viví personalmente trabajando durante años en Ford España.


La llegada de aquella nueva competencia obligó a la industria española a transformarse. Algunas empresas desaparecieron, otras se adaptaron y muchas se convirtieron en proveedores competitivos internacionalmente.


Finalmente España terminó siendo una importante plataforma mundial de fabricación de automóviles.


Medio siglo después, la historia parece comenzar a repetirse, pero han cambiado los protagonistas.
Entonces eran principalmente empresas estadounidenses y europeas las que llevaban sus fábricas a países con costes inferiores y mercados en desarrollo.


Ahora son empresas chinas las que comienzan a instalar fábricas dentro de Europa.
No vienen solamente a vendernos automóviles. Vienen a fabricarlos aquí. A contratar trabajadores europeos. A desarrollar proveedores europeos. A competir desde dentro del propio mercado europeo. Exactamente como hicieron otros hace medio siglo.


¿Se equivocó Alemania?

Sería demasiado sencillo responder que sí. La estrategia china produjo enormes beneficios durante décadas a las empresas alemanas. Permitió reducir costes, crecer, vender millones de productos y participar en el extraordinario desarrollo del mercado chino. Las decisiones empresariales deben juzgarse también dentro del momento histórico en que fueron tomadas. Pero toda estrategia exitosa puede contener el germen de su siguiente problema. Alemania ayudó a desarrollar una formidable capacidad industrial en China y ahora debe competir contra una parte de esa capacidad.En algún momento la propia Angela Merkel llegó a advertir de la importancia de conservar cadenas completas de valor y determinadas capacidades estratégicas dentro de Europa. Pero las decisiones empresariales ya llevaban décadas avanzando en otra dirección. El mercado buscaba costes.Los accionistas buscaban rentabilidad.Las empresas buscaban crecimiento.Y China ofrecía las tres cosas.Hasta que comenzó a ofrecer una cuarta:competencia.


Alemania se está sacudiendoTodo esto no significa que Alemania esté acabada.
Sería absurdo afirmarlo. Alemania conserva universidades, centros de investigación, ingenieros, trabajadores altamente cualificados, capital, infraestructura y una cultura industrial desarrollada durante generaciones. Incluso mientras aparecen estas dificultades estructurales, la producción industrial alemana y sus exportaciones han mostrado recientemente algunos signos positivos. Pero Alemania ya no puede limitarse a esperar que regresen los tiempos anteriores. Tiene que adaptarse.
Hace unos días observaba a Doggy, nuestro perro, después de sacudirse. Durante unos segundos parece que todo su cuerpo se desordena. La cabeza va hacia un lado, el cuerpo hacia otro, las orejas vuelan y el pelo se mueve en todas direcciones.


Pero Doggy no se está destruyendo. Se está sacudiendo para quitarse de encima lo que le molesta y después vuelve a quedar firme sobre sus cuatro patas. Pensé inmediatamente en Alemania. Unas empresas desaparecerán. Otras serán adquiridas. Algunas reducirán su tamaño. Otras encontrarán nuevos inversores.

Surgirán nuevos sectores y probablemente aparecerán empresas que todavía hoy ni conocemos. Alemania se está sacudiendo. Y quizás eso sea precisamente lo que necesita. Porque la pregunta verdaderamente importante no es cuántas empresas alemanas entrarán en insolvencia este año.La pregunta es: ¿Cómo quedará Alemania cuando termine de sacudirse?


Hace medio siglo España tuvo que transformarse cuando llegaron competidores industriales mucho más avanzados. China aprendió después de Estados Unidos, Japón y Europa. Hoy Alemania y Europa tienen que aprender a competir con China. Y dentro de otros cincuenta años probablemente otro país habrá aprendido de los chinos y comenzará a competir con ellos.
La historia industrial no se detiene. Solamente cambian los protagonistas.


Ingeniero/
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