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El precio de la fidelidad

Las iglesias están llamadas a anunciar el evangelio con humildad, pero también con valentía; a respetar la autoridad legítima, sin convertirla en objeto de idolatría; y a defender la verdad y la dignidad humana, aunque hacerlo implique incomprensión, pérdida de prestigio o incluso persecución

Pastro Mario Vega iglesia Elim

No se puede afirmar que Juan el Bautista fuera el organizador de una rebelión contra Herodes. Ante todo, fue un profeta profundamente entregado a Dios y, precisamente por ello, fiel a su verdad y a sus exigencias. Sin embargo, su ministerio dio origen a algo que, para un gobernante inseguro, podía resultar igualmente amenazador: un movimiento religioso multitudinario, independiente del poder político, que proclamaba la llegada de otro Reino y afirmaba que incluso el gobernante debía arrepentirse y someterse al juicio de Dios.

Herodes podía tolerar e incluso favorecer la religión mientras esta no cuestionara su manera de ejercer el poder. El problema era que Juan encarnaba una fe que no concedía inmunidad moral al gobernante, sino que se reservaba el derecho profético de confrontarlo y evaluar sus acciones a la luz de la voluntad de Dios. Probablemente Juan no pretendía desestabilizar el gobierno de Herodes, pero su denuncia pública del matrimonio con Herodías debilitaba inevitablemente la legitimidad del tetrarca. Del mismo modo, la manera en que Juan entendía el arrepentimiento, expresado en justicia, honestidad, rechazo al abuso y solidaridad con los más necesitados, cuestionaba las bases sobre las que descansaba el ejercicio del poder herodiano.


A esto se sumaba el núcleo de su predicación: el anuncio de que venía uno «más poderoso» y que el Reino de Dios estaba a las puertas. Si un Reino superior estaba por manifestarse, el reino de Herodes dejaba de ser la autoridad definitiva. La proclamación de Juan relativizaba toda pretensión de poder absoluto y recordaba que incluso los gobernantes estaban sujetos al juicio de Dios.

Además, la influencia popular del Bautista era extraordinaria. Flavio Josefo, en Antigüedades judías, explica el temor de Herodes con estas palabras: «Herodes se alarmó, debido a que sus sermones los soliviantaban [a los campesinos] en sumo grado. La elocuencia que tanto efecto había surtido en las gentes podía conducir a alguna forma de sedición, pues parecía como si estuvieran dirigidos por Juan en todo cuanto hacían. Herodes decidió que dar el primer golpe antes de que la actuación de Juan condujera a un levantamiento era mucho mejor que esperar a la convulsión, verse envuelto en una situación difícil y tener que reconocer su error».

La respuesta de Herodes fue la represión. Lucas resume el desenlace con sobriedad: «Y Herodes, además de todas las maldades que había cometido, añadió esta: encerró a Juan en la cárcel» (Lucas 3:20). Los Evangelios narran el desenlace de manera dramática. Durante la celebración del cumpleaños de Herodes, este hizo un juramento imprudente a la hija de Herodías, prometiéndole concederle cualquier cosa que pidiera. Instigada por su madre, la joven solicitó la cabeza de Juan el Bautista. Aunque Herodes quedó profundamente contrariado, prefirió mantener su prestigio ante los invitados antes que hacer lo correcto. Ordenó entonces la ejecución del profeta.

La muerte de Juan anticipó la de Jesús. El precursor abrió un conflicto que continuaría con el Mesías: Herodes eliminó al profeta que preparaba el camino, y Roma crucificaría al Rey cuyo Reino había sido anunciado. Ambos fueron víctimas de un poder que, incapaz de responder a la verdad, recurrió a la violencia. Sin embargo, la represión no logró apagar el mensaje. Después de la muerte de Juan, Jesús comenzó su ministerio proclamando: «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca». El mismo llamado al arrepentimiento y la misma proclamación de Juan fueron retomados por Jesús, mostrando así una continuidad entre ambos ministerios.

Juan fue un profeta de conversión, pero también de justicia y de resistencia frente al poder injusto. No buscó conquistar el poder, pero proclamó una fidelidad absoluta a Dios que inevitablemente le acarreó consecuencias políticas. La verdadera profecía no consiste en buscar el conflicto, sino en negarse a sacrificar la verdad para evitarlo. Cuando el poder contradice la justicia, el silencio deja de ser una opción para quien anhela ser fiel a Dios.

El Bautista recuerda que la lealtad suprema del creyente pertenece únicamente a Dios. Por eso, las iglesias están llamadas a anunciar el evangelio con humildad, pero también con valentía; a respetar la autoridad legítima, sin convertirla en objeto de idolatría; y a defender la verdad y la dignidad humana, aunque hacerlo implique incomprensión, pérdida de prestigio o incluso persecución.

Pastor General de la Misión Cristiana Elim.

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