El amor a las mascotas se remonta a la misma prehistoria, cuando los antiguos ancestros cazadores se aliaron a otras especies –como lobos y aves– para poder sobrevivir
El amor a las mascotas se remonta a la misma prehistoria, cuando los antiguos ancestros cazadores se aliaron a otras especies –como lobos y aves– para poder sobrevivir
Definir el amor es algo ilusorio. Se puede decir en infinitivo que es la fuerza interior que nos impulsa al “eros creador” que es el aliento de vida, gozo, apego y esplendor. Existen varias clases de amor, como se sabe, amor filial, amor materno, paterno, de pareja y –sobre todo—amor a Dios y a la vida misma. Pero también hay amor al arte, al tesoro, fortuna y al conocimiento. Sin embargo, un amor muy importante es el amor de mascota. En ellas encontramos un amor limpio y leal, en simbiosis del hombre y la naturaleza, que se fecunda y se crea gracias a ese impulso cósmico de la vida y el apego. El sabio Hermes lo definió como la “ley de generación”. La realidad es que como seres vivientes tanto mascotas como humanos somos de igual importancia en el mapa cósmico de la existencia. Mascota y humano se logran entender entre sí y estrechar lazos afectivos. Con el tiempo la mascota se convierte en un miembro más de la familia o de la persona sola. El amor a las mascotas se remonta a la misma prehistoria, cuando los antiguos ancestros cazadores se aliaron a otras especies –como lobos y aves– para poder sobrevivir. Los perros salvajes fueron domesticados y las aves (como los azores y los cormoranes) fueron entrenados en la caza. De allí surgió la mascota. El leal compañero de la historia humana.
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