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El tabaco y la insólita leyenda de Los Izalcos que explica el origen sagrado de esta planta

Registrado por el etnógrafo Carl Hartman, este relato místico de Los Izalcos revive una leyenda de brujería y transformación que explica el origen prehispánico y sagrado del tabaco este 31 de mayo.

Imagen ilustrativa sobre el origen nahua-pipil de la planta del tabaco
Imagen ilustrativa de la leyenda generada con herramientas de IA. Foto / EDH

Para la diáspora salvadoreña, la distancia suele medirse en kilómetros, pero el arraigo se resguarda en la memoria. Existe un territorio en el occidente de El Salvador donde el tiempo parece detenerse entre el aroma a café y el misticismo de los volcanes: la otrora región de Los Izalcos.

Fue allí donde, a finales del siglo XIX -a 130 años de su arribo a Centroamérica en 1896-, el etnógrafo sueco Carl Hartman se internó para registrar la cosmovisión y la identidad que se resistía a desaparecer.


Carl Vilhelm Hartman
Carl Vilhelm Hartman llegó a El Salvador a finales de 1897 y se estableció principalmente en el occidente del país. Foto / Wikipedia

A estos habitantes, él los llamó los «Aztecas de El Salvador», maravillado por una cultura profundamente supersticiosa, rica en mitos que desafiaban la lógica occidental y que hoy, en pleno siglo XXI, relucen como tesoros de nuestra herencia cultural.

Una de las historias insólitas y fascinantes recuperadas por Hartman transporta al lector a una época de misterio absoluto. El relato -publicado por el Mupi en la segunda edición de su revista Trasmayo, en 2006- comienza en la cotidianidad de un hogar indígena en Ahuachapán, acechado por la presencia de nahuales y brujos que adoptaban formas de animales —perros, puercos, búhos— para seducir a las mujeres locales.

Incluso Sesemita, el temido Gigante, solía bajar de las montañas para raptar a las esposas de los lugareños.

El mito central del relato narra la desventura de un esposo que, advertido por un vecino, descubrió el secreto más oscuro de su compañera. A la medianoche, la mujer dejaba un trozo de madera en su lugar, se columpiaba desde las vigas del techo y, tras un desprendimiento sobrenatural, dejaba su cuerpo inerte en el suelo mientras su cabeza volaba libre hacia la oscuridad.

Revista Trasmayo del Mupi, edición 2
Portada de la edición 2 de la revista Trasmayo del Mupi, dedicada a las investigaciones de Hartman. Foto EDH / Facebook del Mupi

Atendiendo un antiguo consejo popular, el hombre vertió ceniza caliente en el cuello del tronco. Al regresar la cabeza y no poder unirse a su cuerpo, la mujer voló enfurecida hacia el ático y se adhirió fuertemente al hombro de su esposo.

Lo que sigue es una travesía digna del realismo mágico latinoamericano. El hombre, cargando la cabeza parlante de su mujer en el cuerpo, ideó un plan en el bosque sagrado de Los Izalcos. Con el pretexto de alcanzar unos zapotes maduros, logró que la cabeza bajara a un paño que él colocó sobre el suelo.

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Desde lo alto del árbol, el hombre comenzó a apedrearla con frutos verdes. En su desesperada huida, la cabeza saltó sobre el lomo de un venado que pasaba por el lugar. El animal, aterrorizado, corrió sin control hacia un precipicio donde ambos desaparecieron, dejando atrás únicamente polvo, pinol y calaveras.

Luego, siguiendo las instrucciones del sacerdote local —un reflejo del sincretismo de la época—, el viudo enterró los restos de cabello de la mujer en el bosque. De esa tumba brotó un retoño milagroso que se transformó en el huachkal quahuit, el ancestral árbol de morro o guacal (que el etnógrafo documentó bajo el nombre técnico de «calabaza de árbol«).

Familia de indigenas "Izalcos" en Sonsonate, retratados por Carlos V. Hartman
Familia de indigenas «Izalcos» en Sonsonate, retratados por Carlos V. Hartman, a finales del siglo XIX. Foto / Wikipedia

Cuando el duro fruto maduró y cayó, el hombre lo partió con una sierra y descubrió en su interior a cuatro niños huérfanos. Estos infantes, protegidos por los suegros del hombre, recibieron la bendición de la Luna, quien envió un bambú lleno de leche materna para alimentarlos.

La única niña nacida de aquel morro fue bautizada como Xochit Sihuat (la muchacha-flor), quien creció para convertirse en la mujer más hermosa de la región, emanando siempre un perfume fresco.

Consagrada a la virginidad y poseedora de una fortaleza espiritual gloriosa, la joven prometió que, tras su muerte, el mundo entero disfrutaría de sus virtudes. Y así ocurrió, de su tumba brotó el yet, el nombre ancestral nahua para la planta del tabaco, cuyo aroma fino y cualidades divinas cautivaron a los pueblos originarios.

Este relato, que Hartman rescató de la tradición oral y publicó originalmente en 1907, es mucho más que una leyenda de espantos. Es el testimonio vivo de la riqueza cultural de El Salvador, una ventana a un pasado donde la naturaleza, el ser humano y lo divino se entrelazan de formas poéticas e inexplicables.

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