En el Día Internacional de los Museos, celebramos tres décadas del Mupi, un refugio de resistencia cultural sostenido por la gestión incansable que resguarda la identidad viva de El Salvador
En el Día Internacional de los Museos, celebramos tres décadas del Mupi, un refugio de resistencia cultural sostenido por la gestión incansable que resguarda la identidad viva de El Salvador

¿Por qué los museos sostienen el futuro de una sociedad?
Cada 18 de mayo, el mundo se detiene a reflexionar sobre el significado de esos espacios que habitualmente llamamos museos. Lejos de ser meros almacenes fríos de objetos estáticos o simples lugares de exhibición, estas instituciones actúan como los verdaderos guardianes del patrimonio tangible e intangible de una nación, resalta el sitio de la San Anastasio International School.
Son como faros que ofrecen una amplia gama de servicios destinados a enriquecer las experiencias humanas y expandir el conocimiento colectivo.
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Un museo en la sociedad cumple una función pedagógica, científica y humana crucial: estimula el pensamiento crítico, fomenta la empatía, despierta la curiosidad intelectual y nos enseña a valorar la diversidad creativa.
Al brindarnos un contexto tangible, nos permite desconectar del ruido cotidiano para sumergirnos en la sabiduría del pasado, ayudándonos a comprender quiénes somos y qué lugar ocupamos en el mundo. En definitiva, asistir a un museo es un acto de resistencia contra el olvido; nos recuerda que debemos aprender de nuestra historia para poder construir un futuro más justo y habitable.

Detrás de las vitrinas e iluminaciones, existe un engranaje humano cuyo compromiso trasciende lo laboral. Para los equipos a cargo de custodiar estos legados, el trabajo diario es una mezcla de mística, rigor técnico y entrega absoluta.
Limpiar el polvo, clasificar manuscritos, digitalizar archivos o recibir a estudiantes no son tareas mecánicas, sino un acto de fe. Preservar la memoria histórica, especialmente en contextos donde se ha intentado fragmentar o silenciar la verdad, se convierte en una responsabilidad ética y un compromiso social profundo. Es saber que las manos propias sostienen las pruebas de la identidad de todo un pueblo.
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En El Salvador, hablar de este compromiso inquebrantable es hablar del Museo de la Palabra y la Imagen (Mupi), una fundación que este 2026 arriba a sus 30 años de existencia. Nacido en 1996, justo cuando el país intentaba asimilar el espeso silencio de la posguerra, el Mupi emergió ante la urgencia social de sanar las heridas mediante la verdad.
TRES DÉCADAS TEJIENDO MEMORIA
Su director fundador, Carlos Henríquez Consalvi “Santiago”, recuerda -en discurso para la inauguración de la muestra «Salarrué: el viaje eterno» en el CCESV- que en aquellos años iniciales, mientras aún se debatía con cinismo si crímenes brutales como las masacres de El Mozote habían ocurrido, el museo levantó la voz con su primer libro testimonial, Luciérnagas en El Mozote.

A lo largo de estas tres décadas, el Mupi se ha sostenido de manera titánica a través de la gestión cultural independiente liderada por «Santiago». Sin presupuestos estatales monumentales pero con una mística inagotable, la institución se ha dedicado a la investigación, rescate, preservación y difusión de las páginas que la historia oficial muchas veces prefirió pasar de largo.
El museo no se ha quedado encerrado entre sus cuatro paredes de San Salvador; ha caminado hacia los cantones, ha acompañado a comunidades indígenas y campesinas en la fijación de sus propios recuerdos y ha educado a miles de jóvenes en derechos humanos a través de dinámicos talleres creativos.
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Para comprender la magnitud del Mupi, hay que escuchar las voces de quienes habitan sus pasillos. Al preguntarles qué significa a nivel personal y profesional resguardar la memoria que el país no pudo borrar en estos 30 años, las respuestas revelan una profunda entrega.
Tania Primavera Preza, desde el área de comunicaciones, define su labor como una «responsabilidad inmensa pero también un privilegio», asegurando conmovida que, a nivel personal, es una labor que «atraviesa el alma, vivimos para esto».

Por su parte, Carlos Colorado, coordinador de la Fototeca y Archivo Audiovisual, describe el trabajo de conservación preventiva —que va desde quitar el polvo hasta la gestión digital — como «un acto surrealista, un viaje al inconsciente colectivo».
Esa misma opinión comparte Jackelyn López, coordinadora del archivo documental, quien ve su posición como un honor y una gran responsabilidad a favor de la memoria del país.
Para Lucio Atilio Vásquez Díaz, promotor cultural y coautor del libro Siete Gorriones, caminar apegado a la verdad histórica implica incluso asumir costos sociales, pero sostiene con firmeza que «la verdad es la única que al fin y al cabo se impone… no se puede cubrir con demasiadas mentiras».
En sintonía, el educador Javier Rogel destaca que es «un compromiso personal y social de buscar la transformación, a no olvidar para no repetir».

EL GRAN RETO
Sin embargo, el camino está lleno de retos en plena era de la inmediatez. El equipo coincide en que EL DESAFÍO principal es conectar con las nuevas generaciones. Romper la barrera del «tiempo lejano», competir contra la amnesia digital, la desinformación y la falta de motivación por la lectura e historia son las batallas diarias.
Para solucionarlo, el Mupi apuesta por traducir la memoria a lenguajes contemporáneos mediante ilustraciones, exposiciones itinerantes y la integración activa de estudiantes en sus horas sociales.
El objetivo, como bien apunta el equipo, es lograr que una joven del interior del país no vea el archivo como un mausoleo frío, sino como un espejo donde descubrir su propia identidad y aprender a resolver conflictos desde la cultura de paz.
Pasar los días rodeado de legados históricos inevitablemente transforma la sensibilidad de los investigadores. Cuando se les pregunta por un objeto o testimonio que les haya cambiado la perspectiva, los integrantes del Mupi evocan verdaderos tesoros emocionales.



Se mencionan desde objetos emblemáticos como el sombrero de Miguel Mármol, los poemas manuscritos de Roque Dalton o textos de Prudencia Ayala, hasta la desgarradora fotografía de la masacre de El Mozote que conmovió a Jackelyn López hasta las lágrimas.
Para Lucio Atilio, la figura de Monseñor Romero plasmada en los archivos le conecta directamente con el recuerdo de su madre escuchando aquellas homilías que pedían detener la violencia, exigir salarios justos y buscar soluciones de raíz.
Mientras tanto, Carlos Colorado evoca el impacto de leer manuscritos originales de Matilde Elena López o contemplar las diapositivas de Clara de Guevara, las cuales registraron tradiciones culturales que el tiempo ya borró de la práctica diaria.
SALARRUÉ, UNA BRÚJULA URGENTE PARA EL PRESENTE
Este aniversario coincide con hitos culturales memorables. Durante la reciente inauguración de la muestra “Salarrué: el viaje eterno” en el Centro Cultural de España en El Salvador (CCESV), Carlos Henríquez Consalvi ofreció un emotivo discurso que encapsula la esencia mágica del museo.


«Santiago» recordó cómo en 2003 la Fundación Salarrué les confió el valiosísimo legado de Salvador Salazar Arrué. Una colección artística que en los años 90 estuvo sumergida en el abandono, la polilla y la humedad en los Planes de Renderos, tras la indiferencia general por salvarla.
Gracias a la curaduría y a los minuciosos procesos de restauración del Mupi, hoy el público puede apreciar grabados inéditos, óleos y dibujos de un Salarrué que se identificaba a sí mismo, antes que todo, como pintor. Consalvi señaló que el Mupi es un «archivo infinito y además un archivo mágico» donde siempre aparecen nuevas sorpresas entre los estantes.
Al cerrar sus palabras, el director del museo de la memoria lanzó una reflexión que sirve perfectamente para dimensionar el valor de toda la institución en este 30 aniversario:
«Salarrué no vuelve hoy para ser recordado como un mito del pasado, sino para ser consultado como un interlocutor urgente… Su búsqueda de una patria espiritual y su rechazo a toda servidumbre intelectual son, en tiempos de servidumbres, hoy más que nunca, las brújulas necesarias para navegar nuestro presente».

Al igual que su artista principal, el Mupi cumple 30 años funcionando como esa brújula colectiva imprescindible. En un país que padece de amnesia histórica, sostener, visitar y valorar los museos no es un lujo dominguero; es un deber urgente para asegurar que nuestra identidad no sea borrada.
Y el Mupi persiste en esa batalla que ha logrado visibilizar su legado dentro y fuera de las fronteras patrias. ¡Enhorabuena!
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