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Espectadores o protagonistas: la decisión que el nuevo umbral de la inteligencia artificial nos exige hoy

Para la mayoría de las personas, lo decisivo no será si la inteligencia artificial alcanza o supera el “nivel humano». Lo decisivo será si, cuando esa transformación termine de instalarse en tu entorno laboral, educativo o institucional, ya habrás desarrollado las capacidades necesarias para comprenderla, usarla, cuestionarla y dirigirla

Ray Kurzweil lleva décadas haciendo predicciones que, en su momento, parecían exageradas. En 1990 anticipó que una computadora vencería al campeón mundial de ajedrez antes del año 2000. En 1997, Deep Blue derrotó a Garry Kasparov. También habló tempranamente de computadoras conectadas a una red global de información, de dispositivos móviles y de tecnologías integradas al cuerpo antes de que los teléfonos inteligentes, los relojes inteligentes y los asistentes digitales formaran parte de la vida cotidiana. Sus seguidores afirman que acertó alrededor del 86% de sus predicciones; análisis más críticos reducen esa cifra. Pero, aun tomando distancia de los porcentajes, hay algo difícil de negar: muchas de sus ideas dejaron de ser ciencia ficción y pasaron a convertirse en calendario.

Ahora Kurzweil sostiene una predicción mucho más inquietante: que hacia 2029 la inteligencia artificial alcanzará un nivel comparable al humano en múltiples capacidades. Está a pocos años de distancia.

Lo vemos cada dia. La inteligencia artificial llegó, está en las oficinas, en las escuelas, en las universidades, en los ministerios, en las empresas, en los escritorios jurídicos, en los diagnósticos médicos, en los procesos administrativos y en la forma en que buscamos, escribimos, decidimos y aprendemos.

El problema es que la velocidad de la tecnología no coincide con la velocidad de nuestras instituciones. Muchas personas trabajan todavía dentro de estructuras diseñadas hace veinte años: manuales rígidos, cargos definidos para otro tipo de economía, procesos lentos, jerarquías poco preparadas para aprender y sistemas educativos que siguen formando para un mundo que ya cambió. 

Ese desfase entre tecnología e instituciones genera un impactodesigual. Lo siente el trabajador que debe adaptarse casi en soledad, el docente que enfrenta estudiantes con herramientas que la institución aún no sabe regular, y el funcionario que debe tomar decisiones en medio de sistemas que todavía no distinguen con claridad entre automatizar una tarea y delegar criterio. No es una situación equilibrada, ni reparte sus cargas de manera justa. Pero es la realidad en la que ya estamos viviendo.

Por eso, es tan importante bajar la conversación a la vida concreta. La inteligencia artificial no es únicamente un asunto de Silicon Valley, de laboratorios, de grandes empresas tecnológicas o de expertos en programación. Es una pregunta que toca directamente la vida de cualquier persona que trabaja, estudia, enseña, dirige, emprende o toma decisiones. 

La pregunta práctica es mucho más sencilla y mucho más urgente: ¿qué parte de mi trabajo puede cambiar?, ¿qué parte puede ser automatizada?, ¿qué parte seguirá necesitando juicio humano?, ¿qué debo aprender para no quedar atrapado entre herramientas nuevas y habilidades viejas?

Lo sé porque hice ese ejercicio hace más de un año. Me ayudó a reencuadrar mi experiencia y transformarla en una mejor capacidad para leer, gobernar y acompañar a otros en esta transición. Le pregunté a una herramienta de inteligencia artificial qué partes de mi propio trabajo podían ser transformadas, cuáles seguían dependiendo de mi criterio y qué habilidades debía desarrollar para conservar mi pertinencia profesional. La respuesta no me dio una receta, pero sí una señal: debía fortalecer mi capacidad de diseñar políticas, traducir complejidad tecnológica en decisiones comprensibles, acompañar procesos institucionales de adopción de IA, evaluar riesgos éticos y convertir mi experiencia en gobernanza, educación, estrategia y cambio organizacional en una nueva hoja de ruta. Buena parte de lo que hago hoy nació de esa conversación inicial.

La respuesta no será igual para todos. Un abogado no enfrenta el mismo desafío que una maestra. Un médico no vive la misma transformación que una persona que trabaja en recursos humanos. Un estudiante universitario no necesita la misma hoja de ruta que un director de institución pública. Pero todos comparten algo: necesitan empezar a mirar su propio oficio con otros ojos. No desde el miedo, sino desde la lucidez, con una actitud proactiva, serena y estratégica.

Hay trabajos donde la inteligencia artificial podrá redactar borradores, ordenar información, revisar documentos, resumir expedientes, detectar patrones, comparar datos, preparar reportes, traducir textos o generar propuestas iniciales. Pero también hay dimensiones que no se sustituyen tan fácilmente: la confianza, la responsabilidad, la interpretación del contexto, la sensibilidad ética, el conocimiento de una realidad local, la capacidad de conversar con una persona en un momento difícil, el criterio para saber cuándo un resultado aparentemente correcto puede ser peligroso, injusto o incompleto.

Ahí está la diferencia que cada persona debe aprender a identificar en su propia realidad. Hay que preguntarse qué debe seguir siendo nuestro. Porque si todo se delega sin conciencia, no solo se pierden tareas; se debilita nuestra capacidad de decidir. Y cuando eso ocurre, la transición deja de ser un proceso que comprendemos y acompañamos, para convertirse en algo que simplemente nos pasa.

Por eso, una hoja de ruta mínima puede comenzar hoy, sin esperar una reforma educativa, una política pública, una capacitación institucional o una gran estrategia nacional. Puedes abrir cualquier herramienta de inteligencia artificial que tengas a mano. No importa si es la más avanzada. Lo importante es iniciar una conversación distinta, una conversación sobre ti, sobre tutrabajo y sobre tu futuro inmediato. Puedes preguntarle -al menos-tres cosas: qué partes de tu trabajo podría hacer una inteligencia artificial en los próximos cinco años; qué partes probablemente no podría hacer bien; y qué tendrías que aprender para que esa diferencia siga siendo tuya.

Esa conversación no resolverá el problema sistémico. No corregirá de inmediato el atraso institucional. No sustituirá la necesidad de políticas públicas, regulación, formación docente, actualización profesional ni gobernanza ética de la inteligencia artificial. Pero puede hacer algo más valioso: devolverle información sobre ti, en tus propios términos, sin esperar a otro lo decida por ti.

El nuevo mundo predicho por Ray Kurzweil no llegará de golpe en 2029. Ya está entre nosotros. La cuestión es si vamos a vivirlo como espectadores confundidos o como personas capaces de reconocer dónde estamos parados y cuál debe ser nuestro próximo paso.

No todos tienen que convertirse en programadores. No todos deben volverse expertos en inteligencia artificial. Pero todos necesitamos desarrollar una alfabetización mínima para entender qué hace la tecnología, qué no hace, qué riesgos introduce y qué capacidades humanas debemos fortalecer.

En algunos casos será aprender a formular mejores preguntas. En otros, interpretar datos. En otros, proteger información sensible. En otros, combinar criterio profesional con herramientas digitales. Y en muchos casos será algo más profundo: aprender a pensar de nuevo nuestro lugar en un mundo donde la inteligencia ya no será exclusivamente humana.

Quizá la predicción de Kurzweil para 2029 se cumpla exactamente. Quizá se adelante. Quizá se retrase. Pero esa discusión, aunque importante, no debería paralizarnos. Para la mayoría de las personas, lo decisivo no será si la inteligencia artificial alcanza o supera el “nivel humano». Lo decisivo será si, cuando esa transformación termine de instalarse en tu entorno laboral, educativo o institucional, ya habrás desarrollado las capacidades necesarias para comprenderla, usarla, cuestionarla y dirigirla.

El calendario ya empezó. La diferencia ya está en cómo hemos decidido entrar en él: esperando instrucciones, dejando que simplemente nos pase, o reconociendo dónde estamos, qué necesitamos aprender y qué parte de nuestro criterio queremos preservar en este nuevo mundo.

Mireya Rodriguez PhD /Experta en gobernanza ética en AI y transformación digital

CEO de VORTEX AI SOLUTIONS S.A. de C.V.

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