Light
Dark

El país de los influencers

Un país no puede construirse solamente con gente haciendo bailes virales o creando polémicas para monetizar. Alguien tiene que levantar empresas, enseñar en las escuelas, construir edificios, crear tecnología, ejercer medicina, defender personas en tribunales y resolver problemas reales. Y aunque las redes sociales formen parte de la vida moderna, jamás deberían sustituir los valores fundamentales que sostienen una sociedad: la disciplina, el respeto, el estudio y el esfuerzo

Hace algunos años, cuando en una escuela salvadoreña le preguntaban a un niño qué quería ser cuando creciera, las respuestas normalmente inspiraban esperanza. Unos decían que querían ser médicos para salvar vidas, otros soñaban con convertirse en abogados, ingenieros, arquitectos o profesores. Había ilusión por estudiar, por prepararse y por “ser alguien en la vida”, como repetían las abuelas mientras el niño hacía tareas sobre una mesa plástica llena de cuadernos forrados. Hoy la escena ha cambiado de manera tan drástica que hasta da risa… pero de esa risa nerviosa que preocupa.

Ahora uno le pregunta a un cipote qué quiere ser cuando crezca y el bicho responde con toda seriedad: “influencer”, “tiktoker”, “streamer”, “creador de contenido” o, en casos más avanzados, “quiero vivir de hacer lives”. Y uno se queda viendo al muchacho tratando de procesar si está hablando del futuro profesional del país o de alguien que piensa pasarse la vida haciendo bailes frente a un aro de luz diciendo: “Hola mi gente bella, síganme y activen la campanita”. El problema no es que existan redes sociales ni que haya jóvenes ganando dinero digitalmente.

Sería absurdo negar que el mundo cambió y que el internet abrió nuevas oportunidades económicas. El verdadero problema es que muchos jóvenes salvadoreños ya no están admirando el esfuerzo, la preparación o la disciplina, sino la fama rápida, el escándalo fácil y la vulgaridad rentable. Hoy pareciera que algunos descubrieron que estudiar cinco años una carrera universitaria sale más cansado que ponerse una peluca, hacer una voz chillona, bailar frente a la cámara y monetizar diciendo tonteras durante tres horas. Y lo más preocupante es que, tristemente, a algunos sí les ha ido bien haciendo exactamente eso.

Entonces el joven que pasa noches estudiando matemática comienza a sentirse casi como el último dinosaurio sobre la Tierra, mientras mira que otro gana más dinero haciendo retos absurdos, hablando vulgaridades o convirtiendo el ridículo en una estrategia financiera. Y ahí es donde esta generación empieza a confundirse peligrosamente. Porque muchos jóvenes ya no quieren construir una carrera; quieren hacerse virales. Hoy algunos saben perfectamente cuánto paga TikTok por mil vistas, pero no saben redactar un currículum ni hablar correctamente en una entrevista de trabajo.

No saben cómo funciona una cuenta bancaria, pero sí conocen todos los filtros de Instagram. No han leído un libro completo en años, pero pueden pasar siete horas viendo videos de gente gritando frente a una cámara. Y mientras tanto, miles de madres salvadoreñas observan aquel espectáculo desde la cocina pensando en silencio: “Dios mío… este muchado, casi un adulto, pasa encerrado hablando solo con el teléfono y dice que está trabajando”. Lo más curioso de todo es que algunos de estos mal llamados influencers han llegado al punto de sacrificar completamente su dignidad con tal de conseguir más vistas y monetización.

Hoy existen hombres que se visten de mujeres no porque estén defendiendo una convicción personal profunda, sino simplemente porque descubrieron que el morbo vende, que el escándalo genera números y que internet premia cualquier cosa capaz de llamar la atención. Otros convierten la vulgaridad en contenido diario, hacen de la falta de respeto un espectáculo y de los antivalores una marca personal. Y claro, como el algoritmo recompensa el escándalo, algunos jóvenes terminan creyendo que ese es el verdadero camino al éxito.

Porque, seamos honestos: en tiempos donde un video haciendo ridiculeces puede generar más dinero que un salario formal, es lógico que muchos jovenes comiencen a preguntarse si vale la pena estudiar. Pero precisamente ahí está el gran error de esta generación. Confundir fama con éxito. Confundir vistas con respeto. Confundir dinero rápido con realización personal. Porque, aunque algunos estén ganando bastante dinero haciendo espectáculos en redes sociales, eso no significa que se hayan convertido en modelos dignos de imitar. Hay triunfos que brillan rápido, pero se apagan igual de rápido cuando pasa la moda, cuando bajan las vistas o cuando el público se cansa del personaje.

En cambio, el conocimiento, la preparación y los principios pueden tardar más tiempo en dar frutos, pero construyen algo mucho más sólido que un video viral. Y aquí es donde entra otro problema todavía más profundo: la desesperanza económica de muchos jóvenes salvadoreños. Porque tampoco podemos ignorar la realidad. Hay muchachos que sienten que estudiar ya no garantiza nada. Ven profesionales desempleados, salarios bajos y oportunidades limitadas, mientras escuchan historias de familiares que se fueron a Estados Unidos y ahora mandan remesas, construyen casas y regresan en diciembre con tenis nuevos y cadenas brillantes.

Entonces el joven comienza a asociar automáticamente el éxito con dos cosas: o irse del país o hacerse famoso en internet. Y en medio de esas dos fantasías, el estudio comienza a perder valor. Por eso el fenómeno de los llamados “NINIS” se vuelve tan delicado. Muchos jóvenes ya no estudian ni trabajan porque están atrapados entre la frustración, la desmotivación y la ilusión de que algún golpe de suerte digital les cambiará la vida. Algunos pasan horas consumiendo contenido vacío mientras sueñan con convertirse en el próximo personaje viral del país. Y mientras tanto, los años pasan, las habilidades no se desarrollan y el futuro comienza a complicarse silenciosamente.

Sin embargo, tampoco se trata de atacar a toda una generación ni de caer en el típico discurso amargado del adulto que cree que todo tiempo pasado fue mejor. Hay jóvenes salvadoreños extraordinarios luchando todos los días. Jóvenes que estudian y trabajan al mismo tiempo, que emprenden pequeños negocios, que aprenden inglés, programación o diseño, y que siguen creyendo que todavía vale la pena esforzarse honestamente, aunque las oportunidades sean pocas. Esa juventud existe, aunque haga menos ruido que los escándalos de internet.

Porque, al final, un país no puede construirse solamente con gente haciendo bailes virales o creando polémicas para monetizar. Alguien tiene que levantar empresas, enseñar en las escuelas, construir edificios, crear tecnología, ejercer medicina, defender personas en tribunales y resolver problemas reales. Y aunque las redes sociales formen parte de la vida moderna, jamás deberían sustituir los valores fundamentales que sostienen una sociedad: la disciplina, el respeto, el estudio y el esfuerzo.

Quizá el verdadero desafío de esta generación salvadoreña no sea solamente económico. Tal vez el reto más grande sea aprender a diferenciar entre lo que entretiene y lo que realmente construye futuro. Porque no todo lo viral merece admiración. Y no todo lo que da dinero rápido merece convertirse en ejemplo para la juventud. Al final, cuando se apagan las cámaras, cuando el algoritmo cambia y cuando las modas digitales desaparecen, lo único que verdaderamente permanece es lo que una persona construyó dentro de sí misma: su conocimiento, sus principios y su carácter. Y eso, aunque no siempre genere millones de vistas, sigue teniendo muchísimo más valor que cualquier fama pasajera de internet.

Abogado y teólogo.

Legales Obituarios Epaper
Patrocinado por Taboola