Cuando se revisa la historia del país y la de la Universidad de El Salvador (UES) en las décadas de 1960 y 1970 es inevitable encontrar similitudes. En la década de 1960, el futuro de El Salvador parecía prometedor. El país apostaba por la modernización económica sustentada en cuatro ejes: fortalecimiento del Estado, industrialización, integración económica regional y diversificación de la agricultura de exportación. Este proyecto era impulsado por una alianza entre militares reformistas, empresarios y profesionales. Estos últimos habían sido formados en la UES. Para mediados de la década de 1960, los resultados se mostraban promisorios.
La UES no era ajena a ese ambiente modernizador. En 1963, el Dr. Fabio Castillo asumió la rectoría. Rodeado de académicos de mucho prestigio, como Rafael Menjívar, María Isabel Rodríguez, Alejandro Dagoberto Marroquín, Luis Manuel Escamilla, Mario Flores Macal, Alfonso Trejos y otros, impulsó una visionaria y ambiciosa reforma universitaria apoyada por los estudiantes organizados en la Federación de Estudiantes Universitarios Revolucionarios (FEUR). Los estudiantes también participaron en el grupo gestor de la reforma y fueron representados por Víctor Valle y Albino Tinetti. En el transcurso de pocos años se construyó la ciudad universitaria, se crearon nuevas carreras y se aumentó y profesionalizó el cuerpo docente. Los estudiantes fueron el centro de atención de la reforma: creció la matrícula, se crearon comedores, residencias estudiantiles, programas de becas, atención médica y otros servicios que mejoraron significativamente la calidad de la enseñanza y la vida de los estudiantes.
Universidad y país parecían caminar por la senda del cambio. Las asignaciones presupuestarias de la UES aumentaron; además se tuvo acceso a otros recursos: préstamos, cooperación de fundaciones internacionales y donativos de la empresa privada. Hubo problemas con el gobierno, por ejemplo, retrasos en los desembolsos presupuestarios, roces por acciones estudiantiles o declaraciones de funcionarios, pero en general no pasaban a más. La mayor disputa con el gobierno se dio cuando Castillo viajó a Moscú e intentó un convenio con la Universidad de Lomonósov, iniciativa duramente criticada por el gobierno.
El famoso debate televisivo entre el rector Castillo y el ministro del interior, Sánchez Hernández, fue analizado e interpretado en clave vivencia democrática. Los universitarios lo vieron como una victoria de la razón y la ciencia sobre la estrechez de miras del militarismo, y ciertamente algo de eso tuvo. Para otros fue evidencia de la libertad política que había en el país: un debate público entre el rector de la única Universidad pública y un importante funcionario de gobierno solo podía darse en un país en democracia. Entonces no se sabía, pero un par de años después ambos personajes contenderían nuevamente, esta vez disputando la presidencia de la República. La reforma siguió su curso y los resultados eran impresionantes. Esto fue posible porque, a mediados de la década de 1960, la apertura política pecenista y los aires reformistas de la Alianza para el Progreso (ALPRO) todavía permitían que los conflictos de la Universidad con el gobierno no provocaran una ruptura irremediable.
En las últimas décadas, la historiografía ha venido discutiendo sobre los cambios culturales que se dan en esos años, lo que se ha dado en llamar los “sesenta globales”, caracterizados por su amplitud: música, cine, modas, liberación femenina, cierto revisionismo marxista, los cuestionamientos al imperialismo y al colonialismo. Algunos de esos ecos llegaron al país. Es plausible pensar que en esa década surgió una nueva “comunidad universitaria” más arraigada institucionalmente y condicionada por una esfera cultural cambiante, disruptiva y esperanzadora.
La apertura política y la apuesta por la modernización de los gobiernos de la década, las nuevas formas de convivencia estudiantil en la ciudad universitaria, los cuestionamientos sobre la realidad social provocados en los estudiantes en su paso por las “áreas comunes”. Los debates al interior del Partido Comunista de El Salvador (PCS) y el desarrollo de un pensamiento social cristiano estudiantil. Todo ello se prestaba a la discusión y los cuestionamientos. El ímpetu renovador de los jóvenes se hacía sentir en la Universidad y en el país.
La década tuvo su año síntesis, y este fue el de 1968, que se condensó en “mayo 68”. La revuelta parisina mostró el potencial de cuestionamiento de la juventud, la espontaneidad de sus acciones y la radicalidad de sus demandas, pero también su incapacidad para trascender a otras formas de organización y lucha y, sobre todo, de formular propuestas. A pesar de eso, su impronta es indeleble. Fue un año inolvidable, decía Eric Hobsbawm, testigo y más tarde historiador de esos hechos. Pero no debiéramos olvidar que, en agosto del mismo año, los tanques soviéticos invadieron Checoslovaquia, en ominosa muestra de la rigidez del socialismo real. Los hechos parecen resumir las realidades de occidente y el este soviético: muchos estudiantes e intelectuales europeos de izquierda, renunciaron a sus Partidos Comunistas, a raíz de la invasión; por el contrario, muchos jóvenes latinoamericanos abrazaron la causa de la revolución armada, aunque ello significara romper con sus partidos comunistas.
A diferencia de lo ocurrido en París, en las revueltas estudiantiles latinoamericanas los temas culturales fueron superados por los políticos, lo cual condujo a la radicalización política estudiantil y a la búsqueda de otras formas de lucha. Mientras que en Europa la movilización estuvo marcada por el subjetivismo y la inconformidad individual, en América Latina se perfiló en el compromiso político intersubjetivo. Es por eso que el Che se volvió un ícono para los jóvenes; no importaba lo absurdo de sus proyectos revolucionarios en África y Bolivia o sus excesos en el uso de la violencia, lo que atraía de él era su radicalidad y compromiso revolucionario.
El panorama salvadoreño se complicó a inicios de la década de 1970. El país inició el decenio rumiando las consecuencias de la fatídica guerra con Honduras que provocó el colapso del MCCA. El Partido de Conciliación Nacional (PCN) perdía el control político, al punto que fue derrotado en las elecciones presidenciales de 1972 y debió recurrir al fraude para mantenerse en el poder. Peor aún, surgían entonces grupos de desencantados e inconformes que optaban por la lucha armada como vía para imponer los cambios. Al menos una parte de ellos provenía de la UES.
Pero la Universidad también tenía problemas. La “huelga de áreas comunes”, a inicios de 1970, puso en jaque el proyecto reformista. Apenas solucionado ese problema estalló una huelga de médicos residentes que crispó el ambiente en la facultad de Medicina. Casi simultáneamente, se demandaba una política de “puertas abiertas” para los estudiantes de nuevo ingreso. Las autoridades de la facultad de medicina no aceptaban esa medida, argumentando que no tenían recursos para ello y que hacerlo atentaría contra la calidad de la enseñanza. Protestas estudiantiles, participación de estudiantes en el secuestro y asesinato del heredero de una acaudalada familia y una disputa sobre la legalidad de la elección del rector Rafael Menjívar fueron usadas para justificar la intervención militar a la Universidad el 19 de julio de 1972. El rector y otros altos funcionarios fueron expulsados del país. Un día después se nombró una “Comisión normalizadora” que trataría de ordenar la UES. Obviamente, la comunidad universitaria condenó la intervención, pero no tuvo ninguna posibilidad de impugnarla efectivamente, ni por la vía legal ni con acciones de calle.
1972 marcó el fin de una década prometedora signada por el cambio y la apertura. Algunos cuestionarán esta afirmación. Si se atiende a los hechos menudos habrá muchos argumentos en contra. Si se ve el proceso como un todo, se verá que el tradicional autoritarismo y conservadurismo de la sociedad salvadoreña fue rebasado por la búsqueda de alternativas reformistas. Pero estas encontraron barreras insuperables, tanto en el país como en la Universidad. Aun así, su legado positivo perdura y debiera inspirarnos en estos días de regresión autoritaria e intolerancia.
“No confíes en alguien mayor de treinta años”, decía Jerry Rubin, figura emblemática de la contracultura estadounidense de los años 60. La frase calza bien con el espíritu de la época; es retadora y discutible. Hoy día, podría ser el punto de partida para cuestionar a aquellos que toman el poder presumiendo ruptura y juventud, pero llegan lastrados por las malas costumbres y el autoritarismo.
Historiador, Universidad de El Salvador