Esta obsesión de Trump por destacar su nombre como un legado nacional merece una lluvia de críticas. ¿Por qué? Porque refleja una visión muy personalista del poder, un deseo perenne de convertir las instituciones públicas en extensiones de su marca.
Esta obsesión de Trump por destacar su nombre como un legado nacional merece una lluvia de críticas. ¿Por qué? Porque refleja una visión muy personalista del poder, un deseo perenne de convertir las instituciones públicas en extensiones de su marca.
El presidente Donald Trump quiere dejar físicamente su huella en Washington y en muchos otros lugares, objetos, instituciones y programas gubernamentales, poniendo o añadiendo su nombre –y en algunos casos también su fotografía– en edificios, barcos de guerra, pasaportes, monedas, cuentas de ahorro para niños, y más.
El pasado diciembre, ordenó agregar su nombre al Centro Kennedy en Washington, el mayor centro de artes escénicas del país, que se inauguró en 1971 para honrar la memoria del presidente John F. Kennedy.
Esta obsesión de Trump por destacar su nombre como un legado nacional merece una lluvia de críticas. ¿Por qué? Porque refleja una visión muy personalista del poder, un deseo perenne de convertir las instituciones públicas en extensiones de su marca.
Trump siempre ha colocado su nombre en sus edificios y en sus aviones privados. Personalmente, hace años, cuando Trump aún no era presidente, vi un jet privado con su nombre a todo lo largo del fuselaje en el aeropuerto neoyorquino de LaGuardia. La enorme marca en el avión en medio de la pista captaba la atención de los viajeros. Era tan llamativa como el estilo rimbombante del empresario multimillonario. Ahora, en la Casa Blanca por segunda vez, quiere grabar su nombre en las instituciones públicas.
Pero los estadounidenses no ven este alarde personalista con buenos ojos. Según una encuesta reciente del Pew Research Center, solamente el 9 por ciento de los norteamericanos considera aceptable que se ponga el nombre de Trump a edificios gubernamentales mientras todavía ocupa la presidencia. El porcentaje de desaprobación es abrumador y refleja la aversión al culto a la personalidad en una nación de firmes tradiciones democráticas.
Cierto: en Estados Unidos hay muchos monumentos, aeropuertos y edificios con nombres de presidentes. Pero ese bautizo casi siempre ha ocurrido después de que terminan su mandato, cuando hay tiempo para juzgar sus legados. En Washington, el Monumento a Abraham Lincoln o el Aeropuerto Ronald Reagan, por citar dos ejemplos, no fueron actos de promoción personal de esos presidentes. Fueron homenajes posteriores.
Trump, en cambio, quiere ver su nombre estampado ya, ahora mismo, en instituciones y programas gubernamentales. Esta preferencia debe ser una señal de alarma. Cuando un presidente quiere poner su nombre a instituciones públicas mientras aún gobierna, la línea entre el Estado y el gobernante empieza a confundirse. No es un reconocimiento histórico, sino un acto de egolatría. Y eso incomoda a la mayoría de los estadounidenses, incluso a muchos que son conservadores. La encuesta de Pew muestra que ni siquiera los republicanos ven con entusiasmo la intención de su líder.
En la democracia estadounidense, siempre ha estado muy claro que las instituciones pertenecen a los ciudadanos, no al presidente de turno. Un edificio federal no debe convertirse en un cartel publicitario permanente para ningún mandatario. El sistema político de Estados Unidos no puede resbalar por una peligrosa pendiente hacia un régimen personalista.
Como empresario del sector inmobiliario, Trump siempre fue hábil para promocionar su nombre como marca comercial. Puso su apellido en hoteles, aviones privados, casinos, campos de golf, botellas de agua y hasta una universidad privada. Ahora parece querer hacer lo mismo con las instituciones estatales. Medios de prensa como la agencia Reuters informaron recientemente sobre iniciativas para asociar el nombre del presidente con centros culturales, programas gubernamentales y hasta posibles buques de guerra “clase Trump”.
No obstante, la historia de Estados Unidos muestra que los homenajes duraderos suelen surgir del consenso nacional, no del deseo personal de un líder. Muchos de estos cambios en el nombre de programas e instituciones estatales podrían desaparecer en cuanto se modifique el panorama político.
La oposición de la inmensa mayoría de los norteamericanos al intento narcisista del mandatario era, en realidad, de esperar. Los grandes presidentes no necesitan grabar su nombre en todas partes para dejar una huella memorable. Su legado se conserva gracias a sus acciones, no por las letras doradas colocadas en edificios públicos. Ahí radica una clara diferencia entre estadista y celebridad. [FIRMAS PRESS]
Andrés Hernández Alende es un escritor y periodista radicado en Miami. La editorial española Mundiediciones ha publicado sus novelas El ocaso y La espada macedonia.También ha publicado el ensayo Biden y el legado de Trump con Mundiediciones y el ensayo Una plaga del siglo XXI, sobre la pandemia del COVID-19.
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