De todos es conocida la famosa fábula atribuida a Joseph Stalin y la gallina. En una reunión, pide que le lleven un ave. La toma con una mano y con la otra la despluma viva. El animal intenta escapar, cacarea de dolor y apenas logra resistir. Luego dice: “Ahora miren qué pasa”. La coloca a distancia, arroja unos granos de maíz y la gallina, herida y ensangrentada, comienza a seguirlo por toda la habitación. Entonces remata: “¿Ven lo fácil que es gobernar a la gente sin memoria?”.
Es una fábula cruel. Y cualquiera pensaría que, por obvia, no ocurre en la vida real. La pregunta incómoda es otra: ¿sí ocurre?
En El Salvador hay señales preocupantes en el sistema de salud. Una reciente investigación de Voz Pública sostiene que el Instituto Salvadoreño del Seguro Social pasó de registrar superávit en 2019 a deterioro financiero, incremento de obligaciones y uso creciente de servicios tercerizados en años recientes.
¿A quién debería importarle más?
A los empleados de la institución, muchos de los cuales guardan silencio por temor a represalias. No es difícil entenderlos: entre hablar y conservar el empleo, la necesidad suele imponerse. Pero la historia enseña que el silencio de hoy muchas veces se convierte en la vulnerabilidad de mañana.
¿O debería importarle más al cotizante? Al trabajador que paga cada mes y enfrenta consultas diferidas, exámenes limitados, falta de medicamentos, trámites lentos o incapacidades tardías. Ese ciudadano no pide privilegios; pide que se respete el contrato básico de la seguridad social: aportar hoy para recibir atención digna cuando la necesite.
Mientras tanto, el país espera con ansiedad la apertura del nuevo Hospital Rosales. Ojalá sea una obra funcional y no solo una fotografía inaugural. Porque un hospital no se mide por concreto ni por drones: se mide por presupuesto sostenible, camas operativas, especialistas contratados, medicamentos disponibles, mantenimiento, laboratorio, quirófanos y tiempos de respuesta.
Las preguntas son legítimas: ¿de dónde saldrá el financiamiento permanente? ¿Qué cartera de servicios ofrecerá? ¿Cómo se integrará con la red pública? ¿Cómo se cubrirá el déficit de especialistas? ¿Será alivio real o simple redistribución de escasez?
También merece debate la reciente ley de asocios público-privados. Nadie serio se opone a la eficiencia ni a la inversión. Pero cuando salud y opacidad aparecen en la misma oración, la ciudadanía tiene derecho a desconfiar. La salud pública no puede administrarse como experimento ideológico ni como negocio sin controles.
La memoria histórica de este país recuerda las llamadas marchas blancas, cuando médicos, trabajadores y ciudadanos salieron a defender el sistema sanitario frente a intentos de privatización o deterioro institucional. Ahora se anuncia una nueva movilización para este 1 de mayo. Algunos la descalificarán de inmediato. Error. Las marchas no siempre significan que quienes protestan tienen toda la razón; pero sí significan que existe un problema que el poder no ha querido escuchar.
La peor costumbre nacional no es protestar. Es acostumbrarse.
Si renunciamos a preguntar, a exigir cuentas y a aprender del pasado, terminaremos como la gallina de la fábula: desplumados, heridos y agradeciendo unos cuantos granos de maíz.
Dr. Danilo Alfonso Arévalo Sandoval.
Tesorero Colegio Médico de El Salvador.