El año 1939 fue particularmente crítico para la labor que Dietrich Bonhoeffer desarrollaba en el seminario clandestino de Finkenwalde. Para entonces, ya se encontraba bajo vigilancia constante, sus posibilidades de trabajo público eran muy limitadas y la guerra parecía inminente. Sus amigos y colegas teólogos en los Estados Unidos deseaban protegerlo y, con ese propósito, lo invitaron a una serie de actividades académicas, con el fin de sacarlo de Alemania y librarlo del creciente peligro que enfrentaba.
Bonhoeffer aceptó viajar a Nueva York en junio de 1939. Sin embargo, una vez allí, llegó casi de inmediato a la convicción de que había cometido un error al marcharse. Él ya anticipaba la guerra y comprendía que no podía permanecer cómodamente en el exilio. En una carta famosa dirigida a uno de sus amigos, escribió que había cometido un error al ir a los Estados Unidos y que debía vivir «este difícil período de nuestra historia nacional» junto a los cristianos de Alemania. Además, afirmó que no tendría derecho a participar en la reconstrucción de la vida cristiana en Alemania después de la guerra si no compartía ahora las pruebas con su pueblo.
A pesar de la insistencia de sus amigos y de varios pastores para que permaneciera en los Estados Unidos, donde podría continuar su labor teológica, Bonhoeffer regresó a Alemania apenas un mes después, en uno de los últimos barcos programados para cruzar el Atlántico antes del estallido de la guerra.
Unos meses antes de su breve viaje a los Estados Unidos, Bonhoeffer había entrado en contacto con la resistencia política alemana. Hasta entonces se había dedicado a oponerse a Hitler en el plano teológico y eclesial, pero su acercamiento a la resistencia le planteó nuevos desafíos. Las relaciones internacionales que había cultivado y la reputación que había forjado durante su ministerio en Londres lo colocaban en una posición ventajosa de la que, por entonces, la resistencia carecía. Para Bonhoeffer, su participación en la resistencia política no fue una excepción a su vocación pastoral, sino una dolorosa consecuencia de ella. Dolorosa porque su labor pastoral y su involucramiento político no podían conciliarse de manera cómoda ni limpia.
Desde la publicación de «La iglesia y la cuestión judía», cinco años antes, Bonhoeffer había sostenido que la iglesia debía pasar de la ayuda a los perseguidos a la interrupción activa del mal. «No basta con curar a los heridos que deja la rueda; hay que detener la rueda», había escrito en aquella ocasión. Ahora había llegado el momento de poner en práctica sus propias palabras. El orden republicano se había quebrado, las libertades ciudadanas se habían perdido, la dictadura se había instaurado abiertamente, el fanatismo hacia Hitler crecía de manera ciega, la iglesia sufría presión y persecución, había pastores encarcelados y la guerra se perfilaba como inevitable. En esas circunstancias, ya no bastaban la asistencia humanitaria ni la protesta moral. Se requería una acción capaz de frenar el avance de la impunidad.
Bonhoeffer no pensó: «como soy pastor, no puedo involucrarme»; más bien llegó a la convicción de que «precisamente porque soy pastor y cristiano, no puedo desentenderme cuando el Estado actúa de manera inhumana». Su participación en la resistencia no significó un abandono del ministerio, sino una ampliación trágica de su deber pastoral: el cuidado espiritual incluía también la defensa del prójimo concreto frente a los abusos de poder. El pastor no podía limitarse a predicar, consolar y conservar las manos «puras»; debía también asumir una responsabilidad concreta en favor del prójimo amenazado.
Pero estos razonamientos no fueron fáciles. La participación política de Bonhoeffer, paralela a sus tareas pastorales, le planteó un dilema que no estaba del todo claro en términos éticos. Entendió su participación en la resistencia como una acción responsable en un mundo caído, asumida bajo la posibilidad de culpa y sin autojustificación triunfal. No obstante, estaba plenamente convencido de que esa era su responsabilidad como cristiano. Ese arrojo prudente es una de las razones por las que su figura sigue siendo tan poderosa: no ofrece una salida fácil, sino una obediencia quebrantada y sobria, que toma su cruz y espera en la misericordia de Dios. Una lección formidable para los cristianos de todos los tiempos.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.