Lo verdaderamente inquietante no es solo la resignación de la población general. Es el silencio del gremio médico.
Lo verdaderamente inquietante no es solo la resignación de la población general. Es el silencio del gremio médico.
Una vida con propósito no es un libro cualquiera. Es uno de los textos de no ficción cristiana más vendidos en el mundo, traducido a decenas de idiomas y, en algunos contextos académicos, incluso incorporado como lectura formativa. Su premisa es sencilla pero exigente: nadie debería vivir a la deriva. Toda vida, plantea, debe responder a un propósito claro.
La pregunta incómoda es: ¿qué ocurre cuando una sociedad entera parece haber renunciado a esa búsqueda?.
En El Salvador, el bajo nivel educativo no solo limita oportunidades económicas; condiciona la capacidad de análisis, de cuestionamiento y, en última instancia, de resistencia. Una población con escasa formación crítica es terreno fértil para la narrativa única, para el discurso sin contraste, para la aceptación pasiva de realidades que, en otros contextos, serían motivo de indignación sostenida.
El sistema de salud expone esta fractura con crudeza. Los ciudadanos enfrentan listas de espera interminables, escasez de medicamentos y cirugías diferidas. La experiencia cotidiana contradice el discurso oficial, pero la contradicción no siempre genera reacción. Se normaliza. Se internaliza. Se justifica. No porque la realidad haya mejorado, sino porque la capacidad de cuestionarla se ha debilitado.
Pero lo verdaderamente inquietante no es solo la resignación de la población general. Es el silencio del gremio médico.
Resulta difícil sostener que se trata únicamente de ignorancia. Aquí hablamos de profesionales formados, con acceso al conocimiento, con criterio técnico. Y, sin embargo, muchos han optado por adaptarse a condiciones que comprometen la calidad de atención y la dignidad profesional. Se trabaja con limitaciones evidentes, se tolera la precariedad y se evita la confrontación pública. El argumento del miedo —a represalias, a persecución, a pérdida de estabilidad— es comprensible, pero no puede ser la única explicación.
También hay una erosión del propósito.
Porque cuando el ejercicio de la medicina se reduce a sobrevivir dentro del sistema, y no a transformarlo, se pierde algo esencial. Se abandona la vocación de defensa del paciente y se sustituye por una lógica de adaptación. El problema no es solo estructural; es también ético.
Y esto no siempre fue así.
Hubo momentos en que la articulación del sector salud logró frenar iniciativas perjudiciales, como intentos de privatización, y empujar mejoras concretas: fortalecimiento del primer nivel de atención, exigencia de insumos adecuados, defensa de condiciones laborales dignas. Esa capacidad de organización no desapareció por accidente. Fue debilitada progresivamente. Fragmentada. Neutralizada. La vieja estrategia de “divide y vencerás” no solo se aplicó: encontró terreno propicio.
Hoy, el resultado es un sector disperso, cauteloso y, en muchos casos, silencioso.
En este escenario, la llamada “marcha blanca” del 1 de mayo no debería leerse como un gesto simbólico menor. Es, potencialmente, una prueba. No del descontento —que es evidente—, sino de la capacidad real de reconstruir una voz colectiva. De pasar del malestar privado a la acción pública.
Porque un sistema de salud no colapsa únicamente por falta de recursos. También colapsa cuando quienes lo sostienen dejan de cuestionarlo.
Volver a la idea de propósito, en este contexto, no es un ejercicio espiritual ni motivacional. Es una exigencia cívica. Implica preguntarse si se está dispuesto a aceptar indefinidamente una brecha entre el discurso y la realidad. Implica reconocer que la neutralidad, en contextos de deterioro, no es neutral: es funcional.
Quizás el mayor riesgo no sea la precariedad del sistema, sino la adaptación progresiva a ella.
Una vida con propósito invita a no vivir por inercia. Como país, la pregunta es si todavía estamos a tiempo de tomarnos esa invitación en serio.
Tesorero Colegio Médico de El Salvador.
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