En la vida real, los lobos rara vez aparecen de repente. Suelen llegar poco a poco, disfrazados de verdades incuestionables, de consignas repetidas o de promesas tan atractivas que nadie se atreve a examinarlas demasiado de cerca
En la vida real, los lobos rara vez aparecen de repente. Suelen llegar poco a poco, disfrazados de verdades incuestionables, de consignas repetidas o de promesas tan atractivas que nadie se atreve a examinarlas demasiado de cerca
Todos conocemos la historia.
Un joven pastor se divertía engañando a los habitantes de su pueblo. Una y otra vez corría anunciando que un lobo atacaba el rebaño. Los vecinos abandonaban sus tareas para acudir en su ayuda, solo para descubrir que todo había sido una broma. La escena se repitió tantas veces que terminó convirtiéndose en rutina. Cuando finalmente el lobo apareció de verdad, nadie acudió. Todos habían aprendido a desconfiar.
Generalmente recordamos esa historia como una lección sobre los peligros de mentir. Sin embargo, con los años he llegado a pensar que la verdadera tragedia no fue la muerte del pastor. Las verdaderas víctimas fueron quienes perdieron la capacidad de distinguir entre la mentira y la realidad.
Las sociedades modernas parecen vivir atrapadas en ese mismo dilema.
Cada día recibimos anuncios extraordinarios. El mejor. El más grande. El primero. El histórico. El nunca antes visto. Todo parece destinado a superar lo anterior. Todo parece diseñado para provocar admiración inmediata. Y, sin embargo, mientras más grandiosas son las afirmaciones, más difícil resulta formular preguntas sencillas sin ser acusado de pesimismo, ingratitud o mala intención.
Preguntar no es oponerse.
Preguntar es una forma de respeto hacia la verdad.
Hace algunos años, durante una entrevista, un candidato presidencial salvadoreño se definió a sí mismo como populista. Muchos interpretaron aquella respuesta como una provocación. Quizá también fue una advertencia. El populismo tiene una enorme capacidad para construir relatos capaces de movilizar emociones colectivas. Su fortaleza no radica únicamente en las obras que ejecuta, sino en la narrativa que las rodea.
El problema aparece cuando la narrativa comienza a sustituir a la realidad.
La reciente inauguración del nuevo Hospital Rosales ilustra bien esta tensión. Para miles de salvadoreños representa una esperanza legítima. Después de décadas de limitaciones estructurales, resulta difícil no alegrarse al ver una inversión importante en salud pública.
Pero junto con la esperanza aparecieron también las afirmaciones absolutas.
Que el antiguo Rosales era el peor hospital del país.
Que el nuevo Rosales es el mejor hospital de Centroamérica.
Que posee la tecnología más avanzada del mundo.
Quizá algunas de esas afirmaciones sean ciertas. Quizá no. Lo interesante es que muy pocas veces nos detenemos a preguntar cómo podrían demostrarse.
Porque los hospitales no son estadios. Tampoco monumentos. Su grandeza no se mide por el tamaño de los edificios ni por la espectacularidad de una inauguración. Se mide en diagnósticos oportunos, en cirugías exitosas, en pacientes recuperados, en listas de espera reducidas, en médicos bien formados y en vidas salvadas.
La medicina tiene una característica incómoda para cualquier discurso político: los resultados terminan imponiéndose sobre las palabras.
Una resonancia magnética no sustituye a un especialista. Un edificio nuevo no sustituye a una red de atención funcional. Un equipo de última generación no sustituye una política pública capaz de garantizar acceso oportuno y continuidad de cuidados.
Por eso resulta comprensible que muchos ciudadanos celebren. También resulta comprensible que otros pregunten. Ambas posturas son compatibles. De hecho, deberían coexistir.
Celebrar los avances no obliga a renunciar al pensamiento crítico.
Quizá la mayor amenaza para una sociedad no sea el engaño ocasional. La mayor amenaza aparece cuando dejamos de hacer preguntas porque hemos aprendido a conformarnos con los relatos. Cuando comenzamos a confundir la emoción con la evidencia. Cuando el aplauso sustituye al análisis.
En la fábula, el lobo llegó finalmente.
En la vida real, los lobos rara vez aparecen de repente. Suelen llegar poco a poco, disfrazados de verdades incuestionables, de consignas repetidas o de promesas tan atractivas que nadie se atreve a examinarlas demasiado de cerca.
Y cuando eso ocurre, las víctimas no son quienes construyen los relatos. Las víctimas son quienes necesitan distinguir entre la esperanza y la realidad para tomar decisiones sobre su futuro.
Porque una sociedad que deja de preguntar termina dependiendo de quienes le dicen qué debe creer.
Dr. Danilo Arévalo
Ginecólogo oncólogo
Tesorero del Colegio Médico de El Salvador
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