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Una noche de tragos puede terminar ante un juez

Cuántas cosas puede terminar disolviendo el alcohol cuando domina la vida de una persona: el dominio propio, la tranquilidad del hogar, la confianza de una esposa, la relación con los hijos, una amistad, la salud y hasta la libertad

Jaime Ramírez Ortega

Hay gente a la que el alcohol le produce un fenómeno que la ciencia todavía debería estudiar: le quita el equilibrio, pero le aumenta el valor; le disminuye los reflejos, pero le multiplica los enemigos; no puede meter la llave en la puerta de su propia casa, pero está absolutamente convencida de que puede derrotar a cuatro hombres al mismo tiempo. Después de varios tragos ya no camina: navega. No conversa: da discursos. No escucha consejos: imparte órdenes. Y cuando finalmente se levanta la camisa, saca pecho y pregunta: “¿Vos sabés quién soy yo?”, comienza la parte peligrosa, porque normalmente nadie sabe quién es… y a esas alturas probablemente él tampoco.

En El Salvador tenemos una expresión extraordinariamente precisa para describir a ciertas personas: “tiene trago loco”. No es un término científico, pero cualquiera entiende de qué estamos hablando. Son personas perfectamente tranquilas mientras están sobrias, pero después de beber parecen actualizarse a una versión que nadie solicitó. El hombre prudente desaparece y aparece un guerrero. El que normalmente evita problemas ahora los anda buscando con linterna. Y lo más curioso es que al día siguiente insiste: “Yo sé beber”. ¡Vaya manera de saber beber! Si cada vez que toma hay que esconderle las llaves, quitarle el teléfono, impedir que maneje y conseguir dos personas que lo lleven a dormir, quizá no estamos frente a un hombre que controla el licor, sino frente a un licor que ya tiene personal administrativo encargado de controlar al hombre.

No escribo esto porque considere que toda persona que bebe terminará peleando. Sería absurdo. Lo escribo porque hay personas que ya saben perfectamente lo que el alcohol provoca en ellas y, aun así, siguen tomando. Ya conocen la película completa: primero se ponen alegres, después hablan demasiado, luego se sienten importantes, más tarde alguien “los quedó viendo mal” y finalmente aparece la patrulla. Aun con semejante experiencia acumulada continúan diciendo: “Esta vez solamente me voy a tomar dos”. Esas dos cervezas salvadoreñas deben poseer una capacidad reproductiva impresionante, porque algunas veces comienzan siendo dos y a medianoche ya nadie sabe cuántas son.

Los últimos días nos han dejado ejemplos que deberían hacernos pensar. Manuel Edgardo Flores Martell, de 34 años, fue detenido después de un incidente ocurrido en una cervecería del cantón Las Cruces, Ciudad Arce. Según la información originada por la Policía Nacional Civil, Flores Martell se encontraba consumiendo alcohol, acosaba a una joven y otro hombre intervino para pedirle que dejara de molestarla. La situación terminó cuando presuntamente le quebró un envase de vidrio en la cabeza al hombre que intervino. El lesionado terminó en un centro asistencial y Flores Martell, detenido por lesiones.

Piense en eso. Una noche en una cervecería terminó con un hombre en el hospital y otro enfrentando a la justicia. Allí descubrimos que algunas bebidas tienen dos precios: el que aparece en la carta del establecimiento y el que llega después. El primero puede pagarse con efectivo o tarjeta. El segundo puede incluir abogado, proceso penal y consecuencias que duran bastante más que la borrachera.

El otro caso es el de Jonathan Stanley Hernández Orellana, de 37 años, detenido este 27 de septiembre en Chalatenango. Después de una discusión mientras había consumo de alcohol, habría empujado a su compañera de vida y le provocó una lesión en un brazo. Ella necesitó atención médica y él terminó detenido por lesiones.

Y unas semanas antes encontramos una historia que, si no hubiera terminado con una persona golpeada, parecería material para una comedia. Óscar Armando Márquez González, Marvin Marcelino Alvarado Reyes y Kelvin Josué Benítez Núñez estaban consumiendo alcohol con otro hombre en Corinto, Morazán Norte. Uno de ellos botó una botella. Una botella. Aquello desencadenó una discusión, la discusión terminó en agresión y tres hombres fueron detenidos.

¡Por una botella!

Yo no quiero imaginar qué habría sucedido si alguien hubiera botado la hielera completa.

Precisamente allí aparece el famoso “trago loco”. Porque una persona en semejante estado puede convertir cualquier tontería en una cuestión de honor. “Me quedó viendo”. “Me empujó”. “No me saludó”. “Me habló golpeado”. “Me movió la silla”. El hombre sobrio diría: “No vale la pena”. El bolo de trago loco interpreta aquello como una declaración formal de guerra. No puede pronunciar correctamente una oración de cinco palabras, pero está dispuesto a defender el honor familiar desde 1821 hasta la fecha.

Y el alcohol produce otro fenómeno curioso: transforma la percepción de la condición física. Sobrio, nuestro amigo tiene cuarenta y tantos años, dolor de rodilla, gastritis y se queda sin aire subiendo las gradas. Después de ocho cervezas cree que es Superman, Rambo y Mike Tyson en una sola persona. De repente considera que puede enfrentarse con cuatro hombres de veinte años. El cuerpo sigue teniendo cuarenta y tantos; lo único que rejuveneció fue la imaginación.

Entonces alguien intenta detenerlo:

—Dejalo, hombre, vámonos.

Y él responde:

—¡Soltame!

Cuando un bolo dice “soltame”, precisamente ese es el momento en que sus amigos saben que no deben soltarlo.

Lo verdaderamente maravilloso ocurre al día siguiente. El gladiador de la madrugada despierta convertido nuevamente en un ciudadano pacífico. Ya no quiere pelear. Ahora quiere agua. Busca el teléfono, pregunta dónde dejó las llaves y comienza lentamente la reconstrucción histórica:

—¿Qué pasó anoche?

Y cuando el amigo responde:

—Mirá… mejor sentate.

Ahí comienza a sospechar que la velada tuvo acontecimientos que no aparecen completamente registrados en su memoria.

Los abogados conocemos la siguiente escena. Llega al despacho muy serio, se sienta y dice:

—Licenciado, fíjese que tuve un problemita.

Uno comienza a preguntar y descubre que el “problemita” incluye una persona lesionada, una captura, reconocimiento médico, Fiscalía y audiencia.

¡Eso dejó de ser un problemita hace como siete cervezas!

Pero detrás de la risa existe una verdad que no debemos perder. El alcohol ha provocado demasiado dolor en hogares donde inicialmente todo comenzó como diversión. Y quiero hablar particularmente a la persona que ya sabe que cuando bebe pierde el dominio propio. Si cuando toma se vuelve agresivo, celoso, ofensivo, imprudente o violento, no siga experimentando con su vida para comprobar algo que usted ya sabe.

Y no me diga: “Yo dejo el guaro cuando quiera”.

Excelente.

Entonces quiera.

Porque si lleva diez años diciendo que puede dejarlo cuando quiera y durante esos mismos diez años el alcohol le ha ocasionado problemas, tal vez llegó el momento de considerar una posibilidad incómoda: usted no controla el trago; el trago lo controla a usted.

Algunas personas necesitan ayuda profesional para abandonar el alcohol y deben buscarla. Eso no tiene nada de vergonzoso. Lo verdaderamente triste sería perder la familia, la libertad, la salud o incluso la vida por negarse a reconocer un problema. Hay quienes deberían entender que para ellos la pregunta ya no es cuánto pueden beber, sino por qué siguen bebiendo algo que repetidamente les hace daño.

Y aquí quiero dejar el humor por un momento.

La Biblia contiene una advertencia extraordinariamente actual: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (Efesios 5:18).

Observe esa palabra: disolución.

Cuántas cosas puede terminar disolviendo el alcohol cuando domina la vida de una persona: el dominio propio, la tranquilidad del hogar, la confianza de una esposa, la relación con los hijos, una amistad, la salud y hasta la libertad. El licor promete alegría, pero algunas veces entrega lágrimas. Promete valor y termina produciendo imprudencia. Promete hacer olvidar los problemas y, después de unas horas, puede dejar problemas nuevos que antes ni siquiera existían.

Por eso mi consejo es sencillo: no tome. Y si ya descubrió que el alcohol lo domina, busque ayuda y aléjese de esos caminos. No espere tener que aprender la lección en un hospital, en una delegación policial o sentado frente a un juez.

Y, sobre todo, busque al Señor Jesucristo. Hay vacíos que ninguna botella puede llenar y tristezas que ningún trago puede curar. Cristo puede darle una alegría que no termina en resaca, una paz que no necesita alcohol y una libertad que no desaparece cuando llega la madrugada.

Porque el bolo puede sentirse Supermán durante unas horas.

Pero Supermán volaba; usted apenas puede caminar derecho.

La botella finalmente queda vacía. La borrachera se termina. Los amigos se van para sus casas. La música se apaga.

Pero las consecuencias se quedan.

Así que antes de levantar nuevamente el vaso recuerde el título de esta reflexión: UNA NOCHE DE TRAGOS PUEDE TERMINAR ANTE UN JUEZ.

Y cuando el lunes tenga que decir: “Licenciado, fíjese que tuve un problemita…”, quizá descubra demasiado tarde que habría sido mucho más barato dejar aquella cerveza sobre la mesa.

Deje el licor. Aléjese de esos malos caminos. Busque a Jesucristo. Porque es infinitamente mejor terminar una noche de rodillas delante de Dios que terminarla esposado delante de la Policía y comenzar la mañana sentado frente a un juez.

Abogado y teólogo.

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