En 2019, más de 17,000 billeteras aparentemente extraviadas fueron entregadas a empleados de instituciones públicas y privadas de 40 países. El propósito era medir la honestidad cívica: ¿Intentarían esas personas localizar al propietario o se quedarían con la billetera?
Los resultados situaron en los primeros lugares a países como Suiza, Noruega, Países Bajos y Dinamarca. En el extremo inferior aparecieron China, Marruecos, Perú, Kazajistán y Kenia. México quedó en la parte baja de la clasificación, aunque no entre los últimos cinco.
El experimento fue realizado por Alain Cohn, de la Universidad de Michigan; Michel André Maréchaly Christian Lukas Zünd, de la Universidad de Zúrich; y David Tannenbaum, de la Universidad de Utah. La investigación, titulada Civic honestyaround the globe —La honestidad cívica alrededor del mundo—, fue publicada en 2019 en la prestigiosa revista científica Science.
Los investigadores entregaron 17,303 billeteras en 355 ciudades y observaron si quienes las recibían se comunicaban con sus supuestos propietarios para devolverlas.
Los receptores eran empleados de bancos, teatros, museos y otros establecimientos culturales; oficinas de correos, hoteles, estaciones de policía, tribunales y distintas oficinas públicas. Esos lugares fueron seleccionados porque existen en la mayoría de los países y normalmente cuentan con áreas de recepción en las cuales podía realizarse la entrega.
Las billeteras eran, en realidad, estuches transparentes para tarjetas. De esa manera, quienes las recibían podían observar su contenido sin necesidad de abrirlas. La principal variable que los investigadores modificaron deliberadamente fue la presencia o ausencia de dinero.
En el experimento principal, unas billeteras estaban vacías y otras contenían el equivalente a US$13.45. Se utilizaron monedas locales y las cantidades fueron ajustadas según el poder adquisitivo de cada país, a fin de que tuvieran un valor comparable.
Posteriormente se realizó una prueba adicional en Estados Unidos, Reino Unido y Polonia. Allí se introdujo una tercera condición: billeteras con el equivalente a US$94.15.
Cada billetera contenía también tres tarjetas de presentación idénticas, una lista de compras y una llave. Las tarjetas mostraban el nombre y la dirección de correo electrónico del supuesto propietario. Se utilizaron nombres masculinos ficticios, pero comunes en cada país. Tanto las tarjetas como la lista de compras estaban escritas en el idioma local, para dar a entender que el dueño residía en ese lugar.
Al entrar en la institución, uno de los colaboradores de la investigación se aproximaba al empleado situado detrás del mostrador y le decía:
—Hola. Encontré esto en la calle, a la vuelta de la esquina.
Luego colocaba la billetera sobre el mostrador, la empujaba hacia el empleado y agregaba:
—Alguien debe haberla perdido. Tengo prisa y debo irme. ¿Puede usted encargarse de ella?
Seguidamente abandonaba el edificio sin dejar información de contacto ni solicitar un comprobante de la entrega.
La principal medida del resultado era determinar si la persona que recibía la billetera se comunicaba con su propietario. Previamente se había creado una cuenta de correo electrónico diferente para cada una y los investigadores registraban los mensajes recibidos durante los cien días posteriores a la entrega.
Por consiguiente, es importante hacer una precisión: el experimento midió principalmente el contacto con el supuesto propietario, no la devolución material de las 17,303 billeteras.
Los investigadores parten de una premisa: el comportamiento honesto es esencial para la vida económica y social. Sin honestidad, las promesas se incumplen, los contratos pierden eficacia, los impuestos no se pagan y los gobiernos se corrompen. Estas transgresiones resultan costosas para las personas, las organizaciones y sociedades enteras.
El estudio menciona que el costo de la corrupción y de otros flujos financieros ilícitos en los países en desarrollo se ha calculado en alrededor de US$1.3 billones anuales, cantidad aproximadamente equivalente, en aquel momento, al producto interno bruto de Australia.
Los autores pretendían examinar cómo los incentivos económicos afectan los actos de honestidad cívica, entendida como la decisión voluntaria de abstenerse de aprovecharse de otra persona cuando existe la oportunidad de hacerlo.
La economía clásica permitiría suponer que, cuanto mayor sea la ganancia posible, mayor será también la tentación de actuar deshonestamente. Sin embargo, los resultados del experimento mostraron lo contrario.
En casi todos los países, las personas se comunicaron con mayor frecuencia con el propietario cuando la billetera contenía dinero que cuando estaba vacía. En promedio, la tasa de comunicación aumentó del 40 % en las billeteras sin dinero al 51 % en aquellas que contenían el equivalente a US$13.45.
En E.U., Reino Unido y Polonia, el efecto fue todavía más sorprendente. Las billeteras con US$94.15 fueron reportadas con mayor frecuencia que las de US$13.45, y estas, a su vez, más que las vacías. Al reunir los resultados de los tres países, las tasas de comunicación fueron del 46 % para las billeteras vacías, del 61 % para las que contenían US$13.45 y del 72 % para las de US$94.15.
¿Por qué una tentación económica mayor no provocó más deshonestidad?
Se identificaron dos posibles motivaciones morales. Una, la preocupación por el perjuicio que sufriría el propietario. Cuanto más valioso era el contenido, mayor parecía su pérdida. Dos, fue el deseo de preservar una imagen moral de uno mismo: quedarse con una billetera vacía podía percibirse como negligencia, pero apropiarse de una billetera llena de dinero se parecía mucho más claramente a un robo.
Los investigadores exploraron otras explicaciones. No encontraron evidencia de que el comportamiento se debiera principalmente al temor de sufrir un castigo ni a la expectativa de recibir una recompensa mayor.
Tampoco comprobaron que las personas contactaran al propietario después de apropiarse del efectivo. Al recuperar una muestra de las billeteras reportadas, constataron que había sido devuelto más del 98 % del dinero.
El público y los economistas profesionales también se equivocaron al predecir el resultado. Ambos grupos esperaban que la honestidad disminuyera al aumentar la cantidad de dinero. Sucedió exactamente lo contrario.
La conclusión más interesante podría resumirse así: cuando aumentó la tentación económica, también aumentó el costo psicológico de ceder ante ella. En muchos casos, el temor de verse a uno mismo como ladrón pesó más que el beneficio de quedarse con el dinero.
La diferencia entre los países estuvo principalmente en el porcentaje total de personas que contactaron al supuesto propietario, no en el efecto producido por la presencia de dinero.
En Suiza, Noruega, Países Bajos, Dinamarca y Suecia se reportó aproximadamente entre el 65 % y el 80 % de las billeteras, dependiendo de si estaban vacías o contenían dinero.
En China, Marruecos, Perú, Kazajistán y Kenia, las tasas se situaron aproximadamente entre el 7 % y el 25 %. E.U. y Reino Unido quedaron cerca de la mitad de la clasificación.
En México se reportó aproximadamente un tercio de las billeteras, una proporción superior a las observadas en China, Marruecos, Perú y Kazajistán. México fue relevante por otro motivo: junto con Perú, fue uno de los dos países donde la tasa disminuyó ligeramente al agregar los US$13.45. Sin embargo, esa reducción fue pequeña y no alcanzó significación estadística.
Lo verdaderamente común fue que, pese a las grandes diferencias entre países, en 38 de los 40 estudiados las billeteras con dinero fueron reportadas con mayor frecuencia que las vacías.
El analista geopolítico Esteban Román ofrece una interpretación interesante de esas diferencias. Según Román, en países como Dinamarca y Suiza las personas tienden a asumir una responsabilidad más activa sobre los asuntos colectivos. Participan en presupuestos participativos, consultas locales y juntas comunitarias, y han internalizado la idea de que el espacio público también les pertenece. Desde esa perspectiva, cuidar la billetera de un desconocido equivale a cuidar a la propia comunidad.
En cambio, Román considera que, en países con menor participación comunitaria, como México o Perú, la relación de los ciudadanos con sus gobiernos suele ser menos vigilante y exigente. Las personas se comportarían más como espectadoras que esperan que el gobierno resuelva los problemas por su cuenta.
Esta explicación de Román constituye una interpretación sugerente y compatible con una de las preguntas que deja abierta el estudio: ¿hasta qué punto la identificación de una persona con su comunidad influye en la responsabilidad que siente hacia un desconocido?
El experimento revela algo esperanzador: frente a una oportunidad concreta de beneficiarse a costa de otro, muchas personas no se preguntaron únicamente cuánto podían ganar. También pensaron en lo que perdería el propietario y en la clase de persona en que ellas mismas se convertirían si decidían quedarse con lo ajeno.
Quizá la pregunta fundamental no sea cuánto dinero contenía la billetera, sino cuánto vale para cada uno de nosotros poder seguir considerándonos personas honestas. ¡Hasta la próxima!
Médica, Nutrióloga y Abogada
mirellawollants2014@gmail.com