Cada 15 de septiembre El Salvador se viste de azul y blanco. Salen las banderas, marchan los estudiantes, retumban los tambores y reaparecen aquellos nombres que aprendimos desde niños: José Matías Delgado, Manuel José Arce, los hermanos Aguilar, José Simeón Cañas y otros personajes vinculados al largo proceso de nuestra emancipación.
Este 15 de septiembre de 2026 se cumplen exactamente 205 años de la proclamación de la Independencia de Centroamérica respecto de España, ocurrida el 15 de septiembre de 1821. Doscientos cinco años son suficientes para celebrar, pero también para hacernos una pregunta que quizá resulte más importante que memorizar una fecha: ¿qué significa realmente ser independientes? Porque independencia no consiste únicamente en dejar de obedecer a una potencia extranjera. Significa tener libertad para decidir, pero también madurez para responder por nuestras decisiones. Y allí comienza la parte interesante: hace dos siglos rompimos una relación política con España, pero el ser humano posee una habilidad casi artística para quitarse una cadena y, poco después, colocarse otra con apariencia más moderna.
La Independencia Centroamericana tampoco ocurrió exactamente como a veces quedó almacenada en nuestra memoria escolar. No fue que amaneció el 15 de septiembre de 1821, alguien tocó una campana y antes del almuerzo ya teníamos cinco repúblicas perfectamente organizadas. El proceso venía gestándose desde años atrás. En San Salvador había ocurrido el movimiento del 5 de noviembre de 1811, y las ideas emancipadoras circulaban por una América sacudida por enormes transformaciones políticas. Finalmente, aquel 15 de septiembre de 1821, autoridades civiles, religiosas y representantes de distintos sectores se reunieron en el Palacio de Gobierno de Guatemala para discutir el futuro político de las provincias centroamericanas. Afuera se congregaron partidarios de la emancipación, y la tradición histórica recuerda especialmente a María Dolores Bedoya, esposa de Pedro Molina, animando a la población en favor de la causa. La escena resulta maravillosa: los señores importantes deliberando adentro y el pueblo esperando afuera para saber qué habían resuelto. Han pasado 205 años y algunas costumbres institucionales parecen gozar de excelente salud: todavía hay reuniones larguísimas adentro y ciudadanos afuera preguntando: “Bueno, ¿y qué decidieron?”
De aquella jornada surgió el Acta de Independencia, redactada por José Cecilio del Valle. Pero aquello no resolvió mágicamente nuestro destino. Después vino la incorporación al Imperio Mexicano de Agustín de Iturbide, frente a la cual San Salvador sostuvo una importante resistencia; cayó posteriormente aquel imperio y, el 1 de julio de 1823, las provincias centroamericanas proclamaron su independencia absoluta de España, México y cualquier otra potencia. Nuestra emancipación fue, entonces, un proceso complejo, lleno de tensiones, decisiones y contradicciones. Si aquellos próceres hubieran tenido WhatsApp, seguramente habrían existido grupos llamados “Independencia 1821”, “Anexión a México”, “No a la anexión”, “Federación Centroamericana” y, por supuesto, uno denominado “INFORMACIÓN CONFIDENCIAL — NO COMPARTIR”, cuyo contenido habría terminado en todos los teléfonos de Guatemala antes del mediodía.
Pero detrás de la anécdota existe una verdad que no ha envejecido: independizarse significaba asumir la responsabilidad de gobernarnos. España dejaba de decidir por nosotros; ahora correspondía construir instituciones, administrar justicia, producir, educar, resolver conflictos y determinar qué clase de sociedad queríamos ser. Allí descubrimos algo que continúa vigente: es mucho más fácil proclamar la libertad que aprender a vivir responsablemente con ella. La independencia no es solamente poder decir “nadie manda sobre mí”; es poder decir “ahora respondo por lo que hago”. Un adolescente sueña con que llegue el día en que nadie le diga a qué hora regresar a casa, hasta que descubre que la verdadera adultez también trae recibos de electricidad, agua, alquiler, impuestos y una serie de documentos que vencen precisamente cuando uno no tiene dinero. Las naciones, guardando las distancias, también descubren que la libertad viene acompañada de responsabilidades.
Dos siglos después, nuestras cadenas tienen un aspecto bastante diferente. Una de ellas cabe perfectamente en el bolsillo. El salvadoreño puede salir de casa y descubrir que olvidó la cartera: “Después veo cómo resuelvo”. Pero si dejó el teléfono, regresa inmediatamente, aunque ya haya recorrido media ciudad. Puede quedarse el almuerzo, el paraguas y posiblemente hasta algún miembro de la familia; el celular no se abandona. Nos despertamos y, antes de agradecer a Dios por un nuevo día, revisamos quién escribió durante la noche. Nadie escribió. Cinco minutos después volvemos a comprobarlo, no vaya a ser que mientras nos lavábamos los dientes haya ocurrido una crisis internacional que necesite urgentemente nuestro comentario. Cuando se cae el Wi-Fi, la familia comienza a caminar por la casa buscando señal y termina encontrándose entre sí. Algunos se miran sorprendidos como diciendo: “Disculpe… ¿usted también vive aquí?”.
Ahora tenemos además la inteligencia artificial, una herramienta extraordinaria que está transformando profesiones, empresas y formas de acceder al conocimiento. Utilizarla no representa ninguna pérdida de libertad; renunciar al criterio propio, sí. Podemos pedirle ayuda para investigar, escribir, comparar o comprender asuntos complejos, pero no deberíamos llegar al extremo de consultarle si debemos perdonar al vecino, visitar a nuestra madre o comer porque sentimos hambre. La tecnología alcanza su mayor utilidad cuando amplía nuestras capacidades, no cuando las reemplaza. La inteligencia artificial puede procesar una montaña de información en segundos, pero todavía corresponde al ser humano hacer algo mucho más difícil: tener criterio. Y, por cierto, si alguna vez una inteligencia artificial comienza a decirle por quién votar, con quién casarse y a qué iglesia congregarse, apague el teléfono un rato. Probablemente le hará bien hasta a la batería.
Existe otra forma de renunciar silenciosamente a la libertad: entregar la conciencia al poder político. El Estado tiene obligaciones constitucionales que debe cumplir y el ciudadano tiene todo el derecho de exigir carreteras, seguridad, educación, salud, servicios públicos eficientes y correcta administración de los recursos. Para eso existen las instituciones y para eso se pagan impuestos. Pero una democracia saludable necesita ciudadanos, no clientes permanentes del poder. Una comunidad también debe organizarse, trabajar, emprender, cuidar lo suyo, fiscalizar y participar. Cuando alguien llega a creer que un beneficio público se lo debe personalmente al funcionario que aparece entregándolo, comenzamos a confundir el Estado con la persona que temporalmente lo administra. El dinero público no sale del bolsillo del político; sale, entre otros lugares, del bolsillo del ciudadano. Conviene recordarlo especialmente cuando el funcionario entrega algo con tanta solemnidad que uno termina pensando que vendió la casa para comprarlo.
La independencia intelectual se prueba precisamente cuando somos capaces de reconocer lo bueno sin convertir a nadie en ídolo y señalar lo malo sin convertirnos en enemigos de la patria. Si una conducta era corrupción cuando la realizaba mi adversario, no puede convertirse milagrosamente en “estrategia administrativa” cuando la realiza alguien de mi simpatía. Si una decisión beneficia al país, tampoco debería costarnos reconocerla únicamente porque provino de quien no apoyamos. Una sociedad madura necesita ciudadanos capaces de pronunciar dos frases que parecen estar desapareciendo de las redes sociales: “En esto tiene razón” y “En esto se equivocó”. Pensar por cuenta propia tiene un precio: algunas veces uno termina incomodando a los dos bandos al mismo tiempo. Quizá esa sea una excelente señal.
Y los cristianos debemos aplicar exactamente el mismo principio en nuestra vida espiritual. Ningún pastor, sacerdote, predicador o dirigente religioso debe ocupar el lugar que corresponde a Dios. Los bereanos escuchaban al apóstol Pablo y luego examinaban diariamente las Escrituras para comprobar si aquello era así. Si ellos verificaban a Pablo, creo que nuestros hermanos pueden verificar tranquilamente el sermón del domingo sin que ningún pastor tenga necesidad de convocar una reunión de emergencia. La fe bíblica no exige apagar el entendimiento. Cristo nunca llamó a sus discípulos a convertirse en personas incapaces de pensar; los llamó a conocer la verdad.
Y es justamente aquí donde la palabra independencia alcanza una dimensión mucho más profunda. Podemos emanciparnos de un imperio, desarrollar tecnología, construir instituciones, proclamar derechos y defender nuestra soberanía; pero existen cadenas que ningún decreto puede romper. Jesús habló de ellas cuando afirmó: “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34). Hablaba de una esclavitud interior: orgullo, mentira, odio, avaricia, resentimiento, inmoralidad, egoísmo. Ninguna declaración de independencia puede libertar al hombre de eso. Por esa razón, pocos versículos después, Cristo pronunció una frase que trasciende cualquier emancipación política: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36).
Por eso este 15 de septiembre no debería encontrarnos únicamente colocando una bandera en la ventana. Doscientos cinco años después de 1821, El Salvador sigue siendo una obra en construcción. La Ppatria no es solamente el territorio que recibimos; es el país que estamos dejando. Está en el maestro que enseña con responsabilidad, en el empresario que genera trabajo honradamente, en el agricultor que comienza su jornada antes de que salga el sol, en el trabajador que lleva sustento a su casa, en el funcionario que entiende que administrar recursos públicos es una responsabilidad y no un privilegio, en el juez que decide conforme a derecho, en el joven que estudia, en el padre que educa y en el ciudadano que tiene suficiente valor para defender lo correcto aunque hacerlo resulte incómodo. Amar a El Salvador no significa afirmar que todo está bien. Amar la patria también significa tener el coraje de señalar aquello que todavía debemos corregir.
Que ondee entonces nuestra bandera azul y blanco. Que nuestros niños conozcan la historia y no solamente memoricen la fecha para pasar un examen. Que recordemos a quienes soñaron con una tierra capaz de determinar su propio destino. Que nunca entreguemos nuestra soberanía nacional ni nuestra conciencia personal. Y que entendamos, finalmente, que la libertad no consiste en vivir sin principios, sin responsabilidades y sin Dios. Una nación verdaderamente libre necesita hombres y mujeres que puedan pensar sin fanatismo, trabajar sin esperar que todo les sea regalado, disentir sin odiarse, creer sin ser manipulados y hablar con claridad cuando algo no está bien.
Hace 205 años, Centroamérica proclamó que ya no quería seguir sometida políticamente a España. Aquella fue nuestra Independencia histórica. Nuestra generación tiene delante otra tarea: conservar una patria donde la libertad no sea solamente una palabra escrita sobre los símbolos nacionales, sino una manera digna, responsable y valiente de vivir. Y para quienes creemos en Jesucristo existe todavía una verdad superior: podemos ser ciudadanos de una nación soberana y continuar siendo esclavos por dentro. La libertad definitiva no se firma con tinta ni se proclama desde un balcón. Nace cuando Cristo rompe las cadenas que nadie más puede ver.
Así que este 15 de septiembre levantemos con orgullo nuestra Bandera, abracemos nuestra historia y demos gracias a Dios por esta pequeña tierra que llamamos El Salvador. Defendámosla cuando sea necesario, corrijámosla cuando se equivoque, trabajemos por ella todos los días y enseñemos a nuestros hijos que la patria no se ama solamente durante los desfiles. Se ama viviendo con honradez, justicia, responsabilidad y libertad.
Porque España pudo dejar libre a Centroamérica. Pero solamente Jesucristo puede hacer verdaderamente libre al hombre.
Y quizá allí adquiere una profundidad extraordinaria nuestro propio lema nacional: DIOS, UNIÓN, LIBERTAD.
Primero Dios. Porque sin Él nuestra libertad puede terminar convirtiéndose en otra esclavitud.
Unión. Porque ningún país se construye convirtiendo al que piensa diferente en enemigo.
Y libertad. Porque una patria sin libertad podrá conservar territorio, bandera y gobierno, pero habrá perdido el alma.
¡Feliz 205.º aniversario de nuestra Independencia, El Salvador!
Que jamás volvamos a tener cadenas en nuestras manos.
Y que Dios nos libre también de llevarlas en la mente y en el corazón.
Jaime Ramírez Ortega
Abogado y teólogo.